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crítica

Un exquisito [i]Bufón[/i] inaugura la temporada de ballet en el Real

viernes 25 de octubre de 2013, 09:39h
El Teatro Real ha inaugurado este jueves la temporada de danza con un programa doble, Les Noces y El bufón, que ha traído a Madrid a la compañía de ballet de la Ópera de Perm, brillando especialmente en la segunda de las obras con música de Prokófiev y coreografía de Miroshnichenko.
De Serguéi Diaghilev, uno de los gestores culturales más creativos del siglo XX y por cuyo encargo nacieron los dos ballets que anoche se presentaron en Madrid, escribió Ortega y Gasset en 1927 que era “una de las figuras de más alto rango en la Europa de este cuarto de siglo”. Y de todos los proyectos llevados a efecto gracias a su intervención, fue seguramente la creación de los Ballets Russes, la compañía presentada en París en 1909, el que más notoriedad e influencia le otorgaron y por el que más se le recuerda. Aquella prestigiosa compañía rusa de ballet estuvo en el Teatro Real el 26 de mayo de 1916, con presencia de Igor Stravinsky; y Diaghilev mantuvo siempre, además, estrecha relación con España y, en concreto, con músicos como Falla y Turina o con pintores como Picasso, Juan Gris y Joan Miró. Por eso, el estreno de anoche en Madrid servía, además de para dar comienzo con brillo a la temporada de danza del coliseo madrileño, para homenajear de algún modo el genuino interés que el genio ruso de la cultura mostró por el arte de nuestro país.



Aunque no haya podido quedar definitivamente acreditado que, según algunas voces señalan, el propio Diaghiley fuera el responsable primero de la coreografía de El bufón, lo cierto es que su creatividad característica, original y sincera, se percibe en el conjunto de la obra cuya coreografía ha sido rediseñada ahora por el actual director del Ballet de la Ópera de Perm, Aleksey Miroshnichenko. El resultado, a todas luces, es exquisito: logra una perfección tan exenta de artificios que desarma de prejuicios al espectador para que pueda disfrutar el niño que aún todos llevamos, afortunadamente, dentro. Cierto es que la trama en la que se basó Prokofiev, extraída de un cuento popular ruso, para componer su más que acertada partitura es, como decía hace pocos días en Madrid Teodor Currentzis - director artístico de la Ópera de Perm -, muy propia de Almódovar: irreal, rocambolesca, llena de personajes grotescos y, a pesar de todo ello, tremendamente auténtica a causa de las emociones que despierta. Un bufón engaña a otros siete bufones que, cuando descubren la estafa, van en su busca para matarle. De modo que el primero no tiene más remedio que esconderse disfrazándose de mujer y consigue hacerlo tan bien, que de él, o más bien de ella, se enamora un rico mercader de visita en la aldea para buscar esposa. Aleksandr Taranov, el bailarín ruso que ha interpretado en el estreno al bufón, se muestra tan lleno de matices y de aparente naturalidad en expresiones y movimientos que su actuación ha sido la más aclamada por el público, cosechando merecidamente los únicos bravos de la noche. Junto a él, Lyayasan Gizatullina, en el papel de la mujer cómplice del bufón y Sergei Mershin, encargado de meterse en las mallas del ingenuo mercader enamorado de una mujer que es en realidad un hombre, aunque acabe convertido en una cabra. Pero eso es otra historia.

Al frente de la Orquesta Titular del Teatro Real (Orquesta Sinfónica de Madrid) ha estado Valentín Uryupin, uno de los más reconocidos clarinetistas rusos así como uno de los más prometedores directores de su país, que dirige desde 2011 en el Teatro de la Ópera de Perm. La obra, por otra parte, acierta también a la hora de evocar los figurines y decorados originales que Mikhail Larionov diseñó para su estreno en París en 1923, firmados en esta ocasión por Tatiana Noginova y Sergey Martynov, que juegan claramente con los vivos colores y las sorprendentes formas del arte popular ruso, a la vez que remarcan el acento naif e imposible de la audaz y muy bien llevada trama.



Por lo que se refiere a la otra de las obras representadas, Les noces, mucho menos sugerente y especial que la anterior, supone asimismo una clara evocación a las raíces de la cultura rusa. Aunque en este caso se trate, precisamente, de lo contrario a El bufón si de originalidad hablamos. La pieza, composición de Igor Stravinsky por encargo de Diaghilev, relata algo tan atemporal como una boda, mejor dicho, como un día de boda, porque la acción trascurre a lo largo de un único día – al parecer a Stravinsky le gustaba decir que igual que ocurría en el Ulises de Joyce – y tiene lugar en el campo ruso, donde como parte del ritual de una celebración de un nuevo matrimonio se entonan canciones típicas dedicadas a los novios. Por eso, la obra, que desde el primer momento fue concebida como una cantata-ballet, recoge esos cantos típicos de las nupcias campesinas rusas. Son sus textos, de hecho, el núcleo de atención del compositor, hasta el punto de requerir que sean cantados a la manera tradicional rusa de declamar. Esto significa que no es fácil que la obra pueda ser interpretada por cualquier coro o solista, ya que tiene que tratarse de voces que logren esa entonación tan particular, intérpretes capaces de leer la partitura y realizar los sonidos especiales característicos de los cantos rusos. Y en la actualidad, sólo los integrantes de la formación MusicAeterna (Coro y Orquesta de Perm), que anoche interpretaron la obra desde el foso a las órdenes de su fundador y director, el maestro griego Teodor Currentzis, son capaces de hacerlo.

La prestigiosa compañía de la Ópera de Perm, cuyo director aseguraba que son pocas las ocasiones que tienen los ballets rusos de mostrarse fuera de sus fronteras con propuestas distintas a las convencionales de El lago de los cisnes, El cascanueces o La bella durmiente, ofrecerá en el teatro de la Plaza de Oriente cinco representaciones más, hasta el día 28 de octubre, con dos funciones programadas para el próximo sábado 26, a las 17 y a las 21 horas.
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