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RESEÑA

Paul Bowles: Desafío a la identidad. Viajes 1950-1993

domingo 27 de octubre de 2013, 10:19h
Paul Bowles: Desafío a la identidad. Viajes 1950-1993. Traducción de Nicole de Amonville Alegría y Rodrigo Rey Rosa. Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores. 576 páginas. 24 €
Hay voces que nos gustaría que nos acompañaran siempre. Que en momentos de tribulación, asombro o desconcierto nos reconfortaran con una anécdota en la que la conclusión, siguiendo un perfecto razonamiento inductivo, la pusiéramos nosotros, no la voz que nos habla. Que nos diera espacio para un consuelo en el que nuestra propia imaginación desempeña un papel protagonista. Una voz interesante pero desinteresada, elegante, orientalizada. La voz de Paul Bowles.

Galaxia Gutenberg nos sirve esa voz en Desafío a la identidad. Viajes 1950-1993, un libro que recoge los textos de Bowles sobre los viajes que llevó a cabo durante esos años. Un libro con un orden de textos raro, pero en conjunto muy bien editado, bien traducido por distintos traductores, y diferente pero a la vez uniforme, como una tracería islámica. Paul Bowles es una “rara avis”. Su popularidad en el mundo no anglosajón le vino de la mano de dos hechos accidentales y contrarios: el primero, la adaptación al cine por Bertolucci de El cielo protector, adaptación que no gustó nada al propio Bowles; el segundo, la publicación en 1996 del libro de Mohamed Chukri, Paul Bowles, el recluso de Tánger, abiertamente crítico con Bowles. Pero Bowles es mucho más que esos dos incidentes.

Nacido en Nueva York, su primera vocación fue la de compositor de música. Discípulo de Aaron Copland, compuso sinfonías y puso música a películas y obras de teatro de muchos directores, entre otros de Orson Welles. Pronto sintió la América anglosajona como una cárcel, y siendo estudiante universitario escapó a Europa primero. Vivió en París y viajó por la España anterior a la Guerra Civil. De entre todos los países europeos, siempre consideró que España es el que más puede aportar a un joven estudiante estadounidense. Conoció a Gertrud Stein, y esta le recomendó viajar por el norte de África. Bowles le hizo caso y su vida dio un giro total. Tras casarse con Jane Auer, novelista y pieza fundamental de su compleja vida amatoria, los Bowles se mudaron a Tánger y solo saldrían de allí ocasionalmente. En Tánger, Bowles, hizo dos grandes viajes por Marruecos para grabar música folclórica para la biblioteca del congreso de los EEUU, algunos viajes más a Madeira, Kenia, Ceilán, India, y Tailandia.

Los artículos del libro siguen más o menos estos bloques temáticos, aunque no de forma cronológica. Se abre con unos artículos sobre París y dos particularmente interesantes sobre España, por su vigencia y su fina clarividencia. Luego pasamos a Marruecos y las impresiones de los lugares más remotos. Bowles no era un hombre de grandes ciudades o avenidas. Sus visiones tienen que ver con lo recóndito, lo casi invisible, lo intangible. Bowles es un místico de las percepciones viajeras. Abomina del desfile predefinido al que los países modernos, occidentales u occidentalizados, se han abandonado alegremente, y valora por encima de todo dos cosas: las personas y el cielo que los envuelve, ese cielo protector que él encontró en el desierto. “Bautismo de soledad” es un texto ejemplar en ese sentido: “Aquí, en este paisaje enteramente mineral iluminado por estrellas como llamaradas, hasta la memoria desaparece; no queda más que la propia respiración y el sonido del corazón latiendo”. Soledad y desierto que lo atraparon sin remisión.

El libro es un listado de amores: París, España, Marruecos, Tánger, el kif, el desierto… Y, en una faceta menos conocida, la selva tropical de Ceilán y la India. Desde Madrid, Bowles se compró una isla en Ceilán, Taprobane, en la que pasó dos inviernos. La vendió, por necesidades económicas y porque no le gustaba a Jane, pero los dos textos sobre la isla son divertidos, sorprendentes y aleccionadores. En la vida hay que saber tener todo y saber perderlo, para descubrir lo que uno realmente es. Al lector de este libro, le da la sensación de que Paul Bowles tuvo muchas cosas, cosas singulares entre las que estaba su voz literaria, esa voz esquinada, oblicua, irónica, sincera. Y nosotros, tenemos al menos esa voz.

Por José Pazó Espinosa
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