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entrevista

David Torres, escritor: "Los grandes tragos de la vida hay que pasarlos solo"

miércoles 07 de mayo de 2008, 21:29h
¿Novela negra, histórica, realismo social?
De todo un poco. La novela es negra porque esconde varios crímenes que suceden en tiempos distintos pero que confluyen en el presente. También es histórica, en cierto modo, porque habla de una época desaparecida: la vida en los barrios en los estertores de la dictadura de Franco. Y, aunque no me gusta mucho el término, también es un intento de rescatar la realidad social de aquellos años, un retrato de los niños que nos pasábamos todo el santo día en la calle, los canarios en jaulas, los pollitos de colores, la droga que empezó a agujerear la vida de los jóvenes, los curas rojos que echaban una mano en las barriadas...

¿Es tu primera inmersión en la infancia?
No, pero sí es la más profunda. En "El gran silencio" ya le había prestado parte de mis recuerdos infantiles a Esteban, pero "Niños de tiza" supone un buceo en toda regla en esa época extinguida donde las porterías se dibujaban con tiza y las heridas de la rodilla no curaban nunca.




La novela se inicia con un hecho traumático para el niño Roberto Esteban. ¿Es la infancia ese reducto de bondad esencial corrompido por la sociedad, como afirmaba Rousseau, la medida de toda la vida posterior?
Creo que Rousseau era un tonto al sol, por no decir otra cosa. Los hijos que abandonó en la inclusa podrían hablar mejor de su concepción humanística, tan ingenua y tan errónea. Los niños pueden ser muy crueles, se mofan de las desgracias ajenas, abusan de los débiles y, en más ocasiones de las que nos gustaría, son capaces de convertir un patio de recreo en un pequeño campo de prisioneros, con su carceleros y sus cámaras de tortura. Pero hay algo tremendamente puro incluso en la crueldad infantil, y es su inocencia, su capacidad de asombro, el gusto de hacer las cosas por el simple gusto de hacerlas y no por una recompensa o un propósito espurio.

¿Cualquier tiempo pasado fue mejor?
No, desde luego, pero en cualquier tiempo pasado fuimos más jóvenes y eso presta al pasado una pátina de nobleza que tal vez no tiene. Lo que sí está claro es que el tiempo del que hablo en la novela ya no existe y que las calles de las grandes ciudades, hoy en día, están desiertas de chavales.

¿Por qué revivir al personaje de "El gran silencio"? ¿Fue una decisión consciente o un impulso irrefrenable?
Un poco de ambas cosas. Le cogí cariño a Roberto Esteban y, cuando se me cayó encima una novela que hablaba de mi antiguo barrio, pensé que no había otra máscara mejor tras la que esconderme.

"El gran silencio" concluye con un rotunda declaración de resonancias bíblicas, “No es bueno que un hombre pelee solo”. ¿Encontrará Roberto Esteban algún compañero de lucha?
Sí, en la novela hay mentores, hay aliados y hay enemigos. Al padre, que muere de cirrosis cuando Roberto es un crío, le sucede uno de esos curas de barrio que prestaban la parroquia para las reuniones prohibidas de los sindicatos obreros. Ese cura también es quien inicia a Roberto en los rudimentos del boxeo, una disciplina que lo salvará de la violencia callejera. Hay también amigos, y a uno de ellos, el Chapas, Roberto se lo volverá a encontrar vestido de policía, como si repitieran una vieja partida de policías y ladrones.

¿Una soledad elegida o impuesta por las circunstancias?
La soledad no se elige: todos estamos solos. Solos como perros, aun en medio de las multitudes. Hay gente que lo sabe y gente que prefiere no saberlo, pero Roberto vive con ese conocimiento esencial de que los grandes tragos de la vida (el nacimiento, la enfermedad, la muerte) hay que pasarlos solo.

Leyendas urbanas, marginados, incluso una trama de corrupción en el marco del Madrid olímpico. ¿Es Madrid una ciudad especialmente negra?
Muy, muy negra. Pero precisamente en esa fealdad radica su belleza. Madrid no es una ciudad que pueda presumir de postales. No es una tía buena, como Praga o Cracovia; ni una señorona estirada, como Estambul o Roma, sino una vieja lavandera de barrio con las rodillas escocidas pero que todavía guarda en su mirada el azul de las promesas y los amaneceres.

En "Niños de tiza" incluyes un agradecimiento a Nidal Kubba, “que un día me contó cómo los niños iraníes avanzaban sobre campos de minas con la llave del paraíso colgando del cuello”. ¿No hemos avanzado nada?
Ni avanzado ni aprendido. Ese pasaje sobre la guerra entre Irán e Irak es una de las historias más terribles que he oído nunca sobre esa semilla insobornable de maldad que habita en el corazón humano.




Resulta llamativa la ausencia de personajes escritores en tu última novela. ¿Te aburren las modas?
Mucho. El personaje escritor fue un invento de Henry James santificado (y ridiculizado) por Borges que no ha parado de marear desde entonces. Puede que algún día escriba una novela sobre escritores, un mundillo que conozco bastante bien, pero no creo que les guste el retrato.

Sorprende la popularidad y el ritmo de las traducciones de autores novela negra y el escaso poco interés mostrado en el género por los escritores españoles. ¿Es imposible contar lo real, como afirma Javier Marías, o es que algunos simplemente no pueden?
Creo que hay bastantes ejemplos de escritores de novela negra en la España actual como para hablar ya de un renacimiento del género: Fernando Marías, Rafael Reig, Eugenio Fuentes, Antonio Jiménez Barca. En cuanto a Javier Marías, evidentemente, no, no puede. Es imposible contar algo real si no sales a la calle y me temo que Marías es de los que se pasa la vida mirándose el ombligo. Claro que existen escritores que son capaces de hacer de su ombligo algo muy interesante (Borges, sin ir más lejos), pero el de Marías es francamente insulso. Por otra parte, cualquier cosa que cuentes o imagines es ya la realidad. No hace falta recurrir al "non fiction": basta con abrir cualquier página del Quijote.

Algunas de tus semblanzas publicadas en "El Mundo" han levantado ampollas. Recuerdo tu reciente descripción de Pedro Zerolo como el "sheriff" de Chueca. Sin embargo, tu primera novela, "Nanga Parbat", es una especie de "Brokeback Mountain" hispano ¿Ha llegado la corrección política demasiado lejos?
La corrección política es la lejía con la que algunos cretinos (Zerolo es un buen ejemplo) intentan disfrazar los colores de las cosas. Es el intento de achatar, limar y esconder la realidad a los ojos del público. Porque cualquier libro que merezca ese nombre es siempre una obscenidad, un grito a la cara de los bienpensantes, un picor de ingles y una patada en los huevos. Los grandes libros están ahí para decirnos lo que no queremos oír, lo que preferiríamos olvidar, las verdades del barquero.

Acabas de abrir tu propio blog, "Tropezando con melones", en la página literaria Hotel Kafka. ¿"So far so good" o eres de los que se arrepienten tras recibir un par de comentarios airados de los francotiradores que abundan en la red?
Es curioso que me preguntes eso, porque durante mucho tiempo vacilé en abrir un blog ante la proliferación de imbéciles, cobardes y mendrugos de toda índole que pululan por la red. Internet es una gran herramienta pero, por desgracia, en ella también el anonimato y la estupidez. En mi blog, permito toda clase de comentarios excepto los insultos personales y la mala baba. Hay libertad pero también me reservo el derecho de admisión. Quien no lo acepte, que se largue.




























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