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J.S. Bach en todo su esplendor

sábado 09 de noviembre de 2013, 19:11h
Poco sabía John Eliot Gardiner, uno de los grandes directores de la música de Johann Sebastián Bach (1685-1750), que el genio alemán, cuyo retrato en la casa de sus padres en la Inglaterra de los años 30 del siglo pasado tanto le fascinó cuando era un niño, fuera a influir en su vida. Cada noche Eliot Gardiner subía la escalera y pasaba por debajo de la mirada de Bach antes de dormir.

El retrato realizado por Elias Gottlob Haussman en el año 1748, ahora en Princeton, Estados Unidos, es uno de los dos únicos retratos autentificados (ambos de Haussman) del compositor. Fue traído a un pueblo en el sur de Inglaterra en 1936 por Walter Jenke, un profesor de música judío, huyendo de los nazis. Veit Bach (1550-1619), el fundador del clan de los Bach, fue otro refugiado por razones de religión – en su caso desde el oeste de Europa. Jenke llegó a Inglaterra con dos cosas en su mochila, una guitarra y el retrato. Su bisabuelo lo había comprado en la década de los 30 del siglo XIX a precio de saldo. Los padres de Eliot Gardiner se comprometieron a cuidar el retrato durante la Segunda Guerra Mundial.

Eliot Gardiner es ampliamente conocido en España. Yo asistí a su interpretación de la Misa en si menor de Bach en la Semana de Música Religiosa de Cuenca en el año 2004 (donde tengo una cita anual). Ha dedicado su vida profesional a Bach y a la recuperación de obras renacentistas y barrocas interpretadas con instrumentos originales, y también a compositores como Héctor Berlioz y Robert Schumann. Fundó los English Baroque Soloists y el Monteverdi Choir, ambos, como él, referencias mundiales.

No solo ha llevado la música de Bach por el mundo. La editorial Allen Lane acaba de publicar su magistral biografía de Bach, Music in the Castle of Heaven (“Música en el castillo del cielo”), una muy original obra porque está escrita con un enfoque subjetivo y personal, y desde la perspectiva de alguien que lleva años interpretando la vasta obra: el Clave Bien Temperado Libros I y II; las Variaciones Goldberg; Suites para solo de violonchelo; Suites francesas e inglesas; la Pasión según San Mateo; la Pasión según San Juan; los Conciertos de Brandemburgo; el Oratorio de Navidad, etc. Si a alguien le interesa escuchar toda la obra rescatada de Bach, le haría falta comprar más de 170 CD.

Bach era también prolífico como padre: siete hijos con su primera mujer y trece con la segunda, Ana Magdalena, entre los cuales descollaron como compositores Wilhelm Friedemann, Carl Philipp Emanuel, Johann Christoph Friedrich y Johann Christian. Un total de sesenta y cuatro miembros de la familia Bach fueron músicos profesionales entre 1600 y 1800.

Eliot Gardiner admite en el prefacio del libro que camina sobre arenas movedizas, pero, como dice, “a fin de cuentas todas las verdades en cierto grado son subjetivas, salvo tal vez las de las matemáticas.”

Sin embargo, el libro, bello en sí mismo con unas veinte ilustraciones, la mayoría en color, e ilustraciones dentro del texto, es muchísimo más que un manual técnico. Ayuda a saber algo sobre los fundamentos de la música y a acompañar la lectura del libro escuchando la relevante música de Bach cuando Eliot Gardiner habla de ella. El libro tiene un glosario con los términos que Bach usaba.

Eliot Gardiner estudió historia, y no música, en la Universidad de Cambridge. Cuenta hábilmente el contexto histórico, cultural y hasta científico de la época de Bach, en particular la importancia de la Iglesia Luterana. Según Martín Lutero (1483-1546), "la música gobierna al mundo, endulza las costumbres, consuela al hombre en la aflicción. Es hija del cielo. Es el más bello y glorioso don de Dios”. Muchas de las cantatas de Bach empiezan con un coro introductorio, la mayoría de las veces sobre una de esas corales luteranas.

En un capítulo fascinante, Eliot Gardiner entra en la mente de Bach para describir como compuso su música. Como Dimitri Shostakovich, parece que Bach plasmó sus notas directamente en la partitura general sin pasar por borradores porque no tenía tiempo para cometer errores. En su época el papel era muy caro, no existía papel secante y cuando llegaba al final de una página plegada, en la luz candente de la inspiración, no podía continuar hasta que se secara la tinta, algo que duraba hasta cinco minutos. Su solución para no perder el hilo de su pensamiento era escribir rápidamente en la parte baja de la página una especie de aide-mémoire (mostrado en una foto en el libro de un trozo de un manuscrito).

Me gustaría pensar que Bach, dondequiera que esté, forma parte de un coro angelical.
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