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RESEÑA

J. M. Coetzee: La infancia de Jesús

domingo 10 de noviembre de 2013, 02:26h
J. M. Coetzee: La infancia de Jesús Traducción de Miguel Temprano García. Mondadori. Barcelona, 2013. 271 páginas. 17,90 €. Libro electrónico: 10,99 €
Hay quienes han sugerido que este libro es extraño, incluso experimental, críptico, todo lo cual parece verosímil, más todavía si contamos con la conocida reticencia del autor -Premio Nobel de Literatura 2003-a dar entrevistas o explicaciones sobre sus obras. O cuando sus explicaciones parecen igual de curiosas o nos hagan pensar demasiado más de lo que quisiéramos, como ilustra su discurso en Estocolmo cuando recibió el máximo galardón universal de las letras.

La historia comienza con la llegada de Simón (no el padre, sino el tutor) y el pequeño David al curioso pueblo de Novilla, donde se habla español (otra curiosidad en un autor sudafricano, que él mismo aclaró explicando que la gente no debe tener la errónea convicción de que donde vaya se hablará en inglés). Al llegar al lugar a todas las personas, que adoptan un nuevo nombre y condición, se les produce una ausencia total de recuerdos, conformándose una verdadera ciudad amnésica. El único objetivo es encontrar a la madre del niño, de la que no existe información alguna y la escasa que pudo haber, una carta, se perdió en el barco que los condujo al lugar. Todo partía de cero.

Simón obtiene un trabajo como estibador, al que asiste siempre acompañado por el pequeño. Pero su tarea fundamental es encontrar a la mamá, seguro que la reconocerá en tanto la vea, aunque no tenga datos de ella. Así un día conoce a una mujer que estaba jugando al tenis y ve que ella es la madre del niño, le ofrece que se quede con él como corresponde y, tras algún diálogo, Inés acepta. Posteriormente tendrá una compleja historia con el mundo previo de David (su tutor, su profesora de música, sus amigos) y con la sociedad en su conjunto. Un elemento clave es que ella cree en la enseñanza libre, y no en la educación oficial, que ve en David un niño problema, que no sabe leer (a pesar de que siempre anda con un ejemplar del Quijote, y cree sus historias), no atiende a sus profesores ni comprende los números. El niño, por su parte, tampoco quiere ni entiende a su colegio.

Debemos entender que la obra no transcurre de manera lineal o con lógica aparente, sino que tiene su propia estructura interna que le va dando sentido a la historia. Por ello a los personajes hay que comprenderlos tal cual son y no como nos imaginamos en nuestra realidad; la ciudad no es la adaptación de una que conozcamos, sino que es la creada por Coetzee para su obra.

Por ello ahí se da un trabajo que llamaríamos “ineficiente” (transporte de sacos al hombro y no con grúas u otras máquinas), porque lo importante ahí no es la acumulación de las riquezas, muy distinto a lo que conocemos; parece que nadie espera más de la vida que lo que tiene, e incluso no existen los deseos sexuales, quizá también olvidados; los recuerdos fueron rápidamente proscritos. Quizá todo esto ocurra porque se mira todo como si fuera con los ojos de los niños, aunque esta es una interpretación personal, objetable.

Estamos frente a una historia de búsquedas y afectos, del niño por su “padre” y por su “madre”, y de cada uno de ellos por David, un pequeño inteligente, distinto, sin duda especial, que a veces nos cautiva con sus reflexiones y actitudes, mientras en otras nos agota -incluso nos indigna- con sus preguntas y posturas. Aparecen también algunos afectos entre los trabajadores, los amigos y cercanos, aunque sin mayor profundidad. Quizá eso no es posible en una sociedad monótona, en la forma de vivir, en las escuelas monocordes, donde se excluye la diferencia, y las sentencias de la autoridad educativa o judicial pasan sobre los afectos y deseos personales de los niños y sus tutores.

Ahí radica la causa, precisamente, del deseo por iniciar una nueva vida que es a la vez aleatoria y provocada por Simón, Inés y David. Son ellos tres los que, en la práctica, han ido conformando una verdadera familia, aunque el origen de la misma haya estado marcado por los olvidos y la confusión. En la práctica, ellos plantean uno de los temas centrales, enunciado como asunto sin respuestas precisas: la diferencia entre los progenitores (un asunto meramente biológico) y los padres (un tema mayor de afectos, amor, compromiso de vida). También aparecen algunas cuestiones fundamentales de la vida, como el trabajo y, más importante todavía, el sentido del trabajo humano, sobre lo cual se genera un interesante debate. O un irritante conformismo social, que aparece muy claro en un escueto pero fundamental diálogo: “-Tengo hambre -responde el niño con otro susurro. –Lo sé. Yo también. Tenemos que acostumbrarnos”, fue la curiosa respuesta de su tutor. Y cuando le plantea el tema a otra persona, la respuesta va en la misma dirección: “No se preocupe. Los niños se adaptan de prisa” (al hambre, por supuesto).

Quizá el libro tenga algo de alegórico (desde el mismo título en adelante), trasunte alguna crítica social o enuncie enigmas de difícil solución. Tal vez las preguntas repetidas por el niño, las respuestas filosóficas o prácticas de su tutor, la confusión y paradójica decisión de su madre, nos plantean situaciones difíciles de comprender y resolver. Pero probablemente eso ocurra porque buscamos cosas que no vienen al caso, en vez de leer la novela como lo que es, una obra literaria de un mundo creado ad hoc, dentro del cual, por supuesto, también tenemos la posibilidad de intentar comprender nuestro propio mundo.

Por Alejandro San Francisco
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