El populismo contra la democracia
lunes 11 de noviembre de 2013, 19:58h
Cuando solo falta poco más de medio año para las elecciones al Parlamento Europeo, en casi todos los países de la Unión y en Bruselas, centro de gravedad de la misma, se percibe una cierta preocupación ante la posibilidad –que anticipan los sondeos de opinión- de que los minoritarios partidos populistas que han proliferado en los últimos tiempos consigan alzarse con un número de escaños relativamente significativo, con el resultado de un Parlamento demasiado fragmentado y, en consecuencia, disfuncional por no decir caótico. Un gran parte de los electores europeos desconocen las funciones del Parlamento Europeo, del que emana –sobre todo desde la entrada en vigor del Tratado de Lisboa- una gran parte de la legislación que nos afecta.
Por otra parte, un cierto “populismo mediático” –que utiliza como medio de expresión el tertulianeo audiovisual gritón e irresponsable- ha contribuido, con su permanente campaña de erosión e incluso de descalificación de las instituciones, a la falsa idea de que la Eurocámara es un cementerio de elefantes para el retiro de políticos amortizados. Con ese telón de fondo, un sector del electorado puede caer en la tentación de “castigar” a los partidos gobernantes o que son alternativas reales de gobierno, apostando por opciones populistas que acarician los oídos de los ciudadanos y prometen lo que a éstos les gusta escuchar, aunque carezcan de cualquier posibilidad razonable de convertirlo en políticas aplicables. El sistema de distrito único vigente en España para las elecciones europeas facilitaría las aspiraciones de esos grupos populistas.
Esta preocupación no es gratuita porque en países con larga y consolidada tradición democrática, como Dinamarca, Países Bajos, Reino Unido, Italia, Finlandia, Grecia, Hungría, Austria o la República Checa han surgido este tipo de partidos que inicialmente se sitúan en la extrema derecha pero que ahora también asumen como propios planteamientos típicos de la socialdemocracia como la defensa a ultranza del Estado de Bienestar, sin abordar, por supuesto, el complejo problema de su financiación y sostenibilidad. No pueden prometer, porque están muy lejos de poder llegar a gobernar, pero prometen el oro y el moro. Y no pocos se creen esas falsas promesas.
El antieuropeismo suele ser también uno de los rasgos definitorios de estos partidos, que practican un desaforado nacionalismo y se oponen a la inmigración, así como, por supuesto, a las obligadas políticas de estabilidad presupuestaria y de reducción del déficit y del gasto público, tildadas con la condenatoria etiqueta de austeridad. Aunque, como en el caso de Partido del Pueblo danés, quieran reservar para los daneses de origen los beneficios del Estado de Bienestar en lo que ha sido denominado “chauvinismo de bienestar”. Los otros, que se pudran.
Un caso especial es de Francia donde el lepeniano Frente Nacional aparece en algunas encuestas como el primer partido del país. Su actual líder, Marina Le Pen, hija del fundador, está intentando limar algunas aristas como el antisemitismo y la homofobia, que su padre potenció, y trata de hacerse un hueco como partido responsable y de gobierno. Pero los más avisados saben muy bien aquello de que aunque la mona se vista de seda…etc. Y el caso más preocupante es el de Grecia, donde el partido llamado del Amanecer Dorado es, abiertamente, una formación de carácter nazi, que ya mostrado su carácter violento.
La crisis económica ha producido en las sociedades europeas, estables y basadas en amplias clases medias, brutales desigualdades, haciendo más ricos a los ricos y más pobres a los pobres y a los que no lo eran. Son comprensibles las quejas de que las necesarias reformas siempre hacen sufrir a los mismos y no afectan en absoluto a los privilegiados. Pero también es cierto que el vociferante populismo no posee ningún programa serio para salir cuanto antes de la crisis. Por ejemplo, el Movimiento de las 5 Estrellas del excomediante italiano Beppe Grillo, aparte de otras machadas, propone sus 5 Estrellas que son agua pública de calidad, transporte, desarrollo, conexión gratis a internet y medio ambiente. Como se ve, todo un programa político de alta gama, pero al que han votado muchos millones de italianos. No puede extrañar que Giovanni Sartori, la gran figura de la ciencia política, comentara, tras las elecciones del pasado mes de febrero que “los italianos son imbéciles”, aunque añadiera, “claro, no todos, se entiende”.
Lo más triste es que hay más “grillos” y más “imbéciles” de los que se pueda imaginar. Y los hay en todas partes. También en España. ¿Qué se puede esperar de una IU cuya vuelta al más rancio comunismo es cada vez más evidente? Nadie puede creer que las fórmulas soviéticas o sovietizantes o las genialidades de Maduro y su inspirador de ultratumba, Chávez, puedan ser útiles en un país moderno y desarrollado. Ocupando y robando supermercados, como hacen por aquí, o cadenas de electrodomésticos, como hacen por allá, no van a resolver nada. Generan más problemas y no aportan ninguna solución. La izquierda radical, que nunca va a ganar, se dedica a sembrar huelgas y basuras por doquier para atizar el descontento y promover la inestabilidad. Está en sus genes. Pero tienen sus seguidores, rabiosos unos, tontos útiles otros.
El otro partido al que los sondeos asignan un crecimiento electoral, UPyD, tampoco tiene ni puede tener un programa claro de gobierno porque no es una alternativa sino un partido, en el mejor de los casos, testimonial, de esos que ni gobiernan ni, cuando pueden, dejan gobernar. Aunque el origen de su líder y fundadora es bien conocido, pretende estar por encima de los viejos esquemas de la derecha y la izquierda, en nombre de una “horizontalidad” que aspira a recibir votos de todas partes. Como en la Legión, “nada importa su vida anterior”, ni la de sus dirigentes ni la de sus votantes. El verbo encendido e irresponsable es su única arma. Pero tienen apoyos mediáticos y un buen plantel de ingenuos seguidores.
Si el populismo consiste en engatusar a los electores con mentiras y simplezas, presentadas todas ellas con una agobiante demagogia, parece bastante claro que en España tenemos un peculiar populismo que es el de los nacionalistas/separatistas, cuyo modelo más acabado es el de Cataluña. Su gran consigna de “España nos roba” -por no hablar de la gran sarta de reiteradas mentiras históricas- es un comportamiento político típicamente populista, es decir, irresponsable y engañoso. Solo puede producir frustración, además de haber intoxicado gravemente a varias generaciones de catalanes.
En el catálogo de los populismos habría que incluir lo que, a principios de 2010 denominamos aquí, “la derecha de la derecha”. Decíamos entonces que se trata de un conjunto de gentes que se dicen de derechas pero que disfrutan atacando al PP. Lo hacían ya entonces, cuando el PP estaba en la oposición, y lo siguen haciendo ahora que es el partido en el Gobierno. Antes y ahora parecen obedecer a un lema: Con ocasión y sin ella, nunca escribas nada hoy sin atacar a Rajoy. Ya entonces habían condenado al ahora Presidente del Gobierno por el imperdonable pecado de centrismo. Esta extraparlamentaria derecha de la derecha –también con importantes presencias mediáticas- se mueve más por las vísceras que por las neuronas. En pleno sansonismo político están dispuestos a derribar el templo con todos –incluidos ellos mismos- dentro. La izquierda tiene una neta proclividad a perdonar o disimular los fallos de sus dirigentes. Aquí esa derecha de la derecha disfruta mortificando a los que deberían considerar como suyos. Como todos los otros populismos, solo sirve para erosionar a la democracia, sin que se sepa cuál es su alternativa, más allá de un interesado cambio de nombres. El viejo quítate tú, que me quiero poner yo.
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Catedrático de la UCM
ALEJANDRO MUÑOZ-ALONSO es senador del Partido Popular
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