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CRÍTICA

José María Guelbenzu: Mentiras aceptadas

domingo 17 de noviembre de 2013, 11:51h
José María Guelbenzu: Mentiras aceptadas. Siruela. Madrid, 2013. 429 páginas. 19,95 €. Libro electrónico: 9,99 €
Sobre Gabriel Cuneo, protagonista de Mentiras aceptadas, se dice en la novela: “Él deseaba sencillez en su vida, una vida demasiado trajinada por vaivenes y desencuentros y rutina y cansancio y medias verdades e ingrata zozobra”. Esta aspiración de sencillez le resulta, sin embargo, tan ansiada como difícil de conseguir. Gabriel, a punto de cumplir la cincuentena, es un guionista de series televisivas que ha alcanzado un notable éxito, sobre todo con su última propuesta, El amo de su casa, que cuenta en clave de humor cómo un parado tiene que hacerse cargo de las tareas hogareñas y del cuidado de sus tres hijos mientras que su mujer sale a trabajar fuera de casa. A Gabriel la idea de la serie se le ocurrió al divorciarse de Isabel y quedarse solo. Al igual que su personaje, se ocupa de buena parte de las labores caseras “porque estaba acostumbrado a una casa donde la pulcritud y el orden eran sagrados y no le apetecía renunciar a ello”, pero el divorcio le ha privado de su hijo, Martín, a quien ve algunas veces, pero no tantas como quisiera.

Esta ausencia de su hijo, y los sentimientos y preocupaciones que le ocasionan, marca, a nuestro juicio, el asunto capital de la obra, sobre el que descansa todo lo demás: la importancia del vínculo paterno-filial que, como se aprecia en la novela, se considera el más potente. No en vano encabeza el libro una muy reveladora cita al respecto, tomada de la Eneida de Virgilio: “Ea, querido padre, monta sobre mi cuello. / Te sostendré en mis hombros. No va a agobiarme / el peso de esta carga. Y pase lo que pase, uno / ha de ser el riesgo, una la salvación para los dos. / Que a mi lado venga el pequeño Julo”. Y ese vínculo lo experimenta también Gabriel en una doble dirección: como progenitor de Martín y como hijo de un padre aquejado de alzhéimer, a quien visita en la residencia donde está internado, y que muchas veces ni siquiera le reconoce, convertido en “un pingajo, arrinconado en una desangelada habitación por él mismo y por la vida injusta”.

Sin duda, la novela atrae en un primer momento por ser un conseguido fresco de una época reciente y precisa de nuestra historia: el 2005. Un año en el que España parecía vivir en una permanente fiesta, en donde el “pelotazo” lo invadía todo y el deseo de medrar a cualquier precio se sitúa en primera línea, cayendo ante él cualquier otra consideración. Como le ocurre a Isabel, quien, tras divorciarse de Gabriel, se casa con un “renombrado sociólogo diez años mayor que ella que había logrado escalar suficientes peldaños de poder como para convertirse en persona de relevancia social” y no será este su última conquista en una ambición que la corroe y que no puede tener fin, pues siempre hay un peldaño más por subir. Es una etapa de enriquecimiento fácil, de turbios negocios especulativos, en la que se venera al becerro de oro y todos los valores éticos se encierran bajo siete llaves en el baúl de los recuerdos. Una época que, no obstante, encerraba ya lo que se avecinaba, una terrorífica crisis que hoy nos sigue golpeando. Por ello, cuando se acerca un nuevo año, Gabriel “sintió miedo; no miedo por él, ni por Martín, ni por nada inmediato, no; sentía miedo por el futuro, como si el día 1 de enero de 2006 fuera a abrirse un abismo a sus pies. Un miedo general e inconcreto, un miedo sin cara. Simplemente miedo”.

Por esa España de 2005 se mueve una serie de figuras que Guelbenzu reúne y retrata con tino, y a los que da significativos nombres. De inmediato nos presenta a algunas de ellas en el segundo capítulo titulado “Personajes a escena”, y que luego se irán entrecruzan en el desarrollo de la novela. Así, un escritor de novela negra, que está en el dique seco, soñando con esa femme fatale que siempre aparece en el género; Antón Patriarca, productor de la serie que ha escrito Gabriel, que, de pronto, ve cómo el programa corre serio peligro de desaparecer, pues el actor protagonista ha muerto en un accidente de coche; Mario Pescador, periodista sin escrúpulos de la prensa rosa o Perfecto Alumbre, alías Millonetis, claro paradigma del momento: “Blanqueador de dinero, industrial, copropietario de una red de gasolineras, una discoteca de moda en el Mediterráneo y que, amén de otros negocios-tapadera menores, también se dedica a la compraventa y alquiler de inmuebles por medio de una compañía constructora de amplio espectro en sociedad con su cuñado y en la que tiene de secretaria a una entretenida que le completa la vida”.

La deshonestidad, el cinismo y la corrupción que presiden la época se nos muestran en un caleidoscopio de trazos irónicos y satíricos como en una revivida “corte de los milagros” enfangada en la degradación y la inmoralidad. Pero Mentiras aceptadas-que se presenta este martes 19 de noviembre en la Librería Rafael Alberti de Madrid-, y creemos que ahí reside su gran acierto, no es un mero y simplista alegato de denuncia. José María Guelbenzu, que tiene en su haber una sólida trayectoria narrativa -recordemos títulos como El río de la luna, Un peso en el mundo o El amor verdadero, junto a sus incursiones en la novela policiaca a través de la serie protagonizada por la juez Mariana de Marco-, ofrece un nuevo y ambicioso ejemplo de su capacidad como auténtico novelista que sabe incardinar cuánto relata en una historia vital, personal y única.

Así, lo que verdaderamente importa no es esa desvergüenza y su denuncia, en abstracto, sino la desazón de Gabriel Cuneo -pensamos que también de nombre elegido a propósito, aunque aquí sin sarcasmo- por trasmitir a su hijo la dignidad que tenía su abuelo, que quizá no supo apreciar a tiempo: “Porque su padre siempre había mantenido una dignidad personal que sobresalía de sus numerosos defectos, lo cual él, Gabriel, lo reconocía cuando era demasiado tarde para enjugar su mala conciencia”, y que Gabriel intenta conservar para que pase de generación a generación en una intensa trabazón paterno-filial. De su angustia nos hace partícipes Gabriel al preguntarse. “¿Cómo hacer, hijo mío, para enseñarte a vivir sin falsedad ni ocultamiento? ¿Cómo explicarte que en este mundo comido por las mentiras aceptadas: la desvergüenza, el engaño, el descaro, el latrocinio y la incivilidad es posible intentar llevar una vida digna? ¿Cómo ayudarte a eludir esta enfermedad de nuestro tiempo que es la inmoralidad pública?” El interrogante de Gabriel Cuneo sigue vigente. ¿La respuesta está en el viento?

Por Carmen R. Santos
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