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RESEÑA

Delphine de Vigan: Días sin hambre

domingo 17 de noviembre de 2013, 12:30h
Delphine de Vigan: Días sin hambre. Traducción de Javier Albiñana. Anagrama. Barcelona, 2013. 167 páginas.14,90 €.Libro electrónico: 10,99 €
Estamos frente a un libro breve, pero intenso. Aunque pudiera pensarse que se trata de una narración sobre una joven enferma de anorexia, con el transcurrir de las páginas queda claro que el tema es mucho más complejo e interesante: se refiere a la historia de una mujer con sufrimiento, miedo, temor a la muerte, su capacidad de amar (y amarse) herida, donde la compañía familiar, su pareja o las amistades no logran evitarle esa continua sensación de soledad y abandono.

“Estaba vacía, totalmente vacía… La muerte latía en su vientre, podía tocarla”. Precisamente la razón para que Laure fuera al hospital fue el temor a morir, lo que se convirtió en su primera victoria y en el comienzo de la recuperación. Después de todo, llegar a pesar 36 kilos, con un metro setenta y cinco centímetros de estatura, a los 19 años, era un peligro evidente no solo para su salud, sino para su misma sobrevivencia. Solo podría salir con ayuda médica y con la decisión personal de ayudarse. Así lo hizo finalmente.

Pronto el hospital se convirtió en su hogar; el señor Brunel pasó a ser su doctor, confidente y apoyo principal; el suero su primer alimento; las camillas y las enfermeras se volvieron su paisaje cotidiano. Dejaba atrás una familia con un padre violento, una madre que había estado internada por locura, una hermana que era su amiga y acumulaba otros sufrimientos.

Con el paso de los días se puede apreciar el claroscuro de la recuperación, marcada por signos externos medibles (la recuperación paulatina del peso), cierta conciencia de la necesidad de salir adelante, el cumplimiento de las reglas de la hospitalización a las que se había comprometido. Por otro lado, las dudas, retrocesos, recuerdos tristes y dolorosos (familia, amores) y tantas otras cosas que detenían o retrasaban el proceso.

Necesita comer, pero tiene un problema médico: “Al quedar desnutrido, el cuerpo experimenta cada vez menos la sensación de hambre”, cuestión difícil de comprender para los no iniciados en las dimensiones de la anorexia. Después de algunos meses y de mejorar considerablemente, de pasar de los 40 o incluso los 45 kilos, cuando empieza a hablar más, a jugar e incluso a leer, Laure obtiene permisos de salida y los aprovecha.

Como telón de fondo, el libro está cruzado por la anorexia, la delgadez esquelética, cierto vacío moral y la “enfermedad de la cabeza” y sus secuelas, en un hospital donde están otros enfermos “dietéticos”: una gorda de 130 kilos y otros tantos sufrientes por el exceso o la falta de peso. Unos deben bajar, los otros comenzar la renutrición.

La realidad del hospital adquiere una dimensión especial, con esa cuestión tan curiosa donde la mayor rareza y enfermedad es vista casi con “normalidad” por médicos y enfermeras, mientras todos los cercanos sufren, se lamentan, lloran. Por eso resulta clave la figura del mencionado doctor Brunel, que intenta comprender a la enferma, la recupera en sus momentos de decaimiento y, sutilmente, la mantiene en una posición de recuperación. Ella, por su parte, parece enamorada en silencio de su médico, llega a soñar con él y quizá come y cumple sus compromisos por no traicionarlo.

Es un libro que enfrentamos con pasión y dolor, porque en sus páginas circula la enfermedad y la angustia. Pero, como decíamos, no es una simple historia de anorexia, sino del valor de la vida. No se trata simplemente de una enfermedad, sino de la sobrevivencia misma. No se restringe al temor a la muerte, sino al amor a la vida. Por eso, sin rigideces ni excesos, es un libro valioso, aunque en ocasiones duro y difícil.

Por Alejandro San Francisco
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