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De escándalo la clasificación de México a Brasil 2014

Marcos Marín Amezcua
sábado 23 de noviembre de 2013, 17:55h
Cuando el 20 de noviembre de 2013 en Wellington, el equipo de sóccer de México ha conseguido en la repesca derrotar a Nueva Zelandia –campeón de Oceanía y colocado en el lugar 79 del fútbol internacional– obteniendo así su clasificación al Mundial de Brasil 2014, se produjo un alivio mayúsculo en los dueños del negocito. Y en la afición mexicana, igual. En ese orden. Goles de ida (5 a 1) y de vuelta (4 a 2) abrieron el camino definitivo al conjunto mexicano. Al final, los neozelandeses no parecían un rival a temer.

Dado el mediocre desempeño de la selección mexicana (apodada la “decepción nacional”), tomemos en cuenta que de no calificar, peligraban audiencias, patrocinios, ver numerosos viajeros mexicanos a Brasil (una afición cifrada en el 6% de la asistencia, 40 mil personas) que gasta cifras estratosféricas al ir y en estar, y se habrían generado pérdidas también para la FIFA y Brasil, incluso, pues la ausencia mexicana habría causado la caída en las ventas en general aquí y allá en negocios que muy poco tienen que ver con patear el balón. Solo se relacionan con ello y va que chutan. Sume perdidas por 250 millones de dólares ligados completamente a ir al Mundial comprometidos por la Federación Mexicana de Fútbol y la caída en el 10 % de los ingresos del balompié mexicano causados por el desánimo que se desencadenaría. Adidas calculó perdidas por 300 millones de dólares al ser el patrocinador de la camiseta oficial de la selección nacional. Bien se dice que la presencia del equipo mexicano en los mundiales “se ha vuelto obligada, sobre todo en lo económico”. No en lo deportivo, desde luego, cabe destacar. Pero conste: el negocio no es para México. Y esto último que le quede claro a todos.

Ahora bien, hasta ahora hemos hablado solo del negocio. Si se trata solo de organizar fiesta (créame, hay a quien eso el paga suficiente y le conforta) y asegurar ventas, respiremos. Si se tratara de hacer deporte planificado y ganar la Copa del Mundo –¿se asiste a otra cosa a esos torneos?– entonces olvidémoslo. Visto lo visto, la cosa no va por allí, si juzgamos la reciente trayectoria del seleccionado y la consiguiente aceptación de muchos que se conforman solo con una selección mexicana que asista y que esta vez, a punto de quedar fuera, no dio el ancho, ha demostrado muy bajo nivel, vio 4 entrenadores durante el proceso calificador (o sea, cero estrategia sostenida) y de la que nadie en su sano juicio espera que gane nada, o a nadie lo he oído esperarlo. Esto último es bastante sintomático acerca de para qué sí queremos ir a Brasil 2014. Ir por ir, por negocio, por fiesta y pare usted de contar.

Porque no nos engañemos: la actuación del seleccionado mexicano ha sido tan cuestionada y tan anodina que una vez clasificado el equipo, bien que se aplica la anécdota de Napoleón: se acercó su lugarteniente diciéndole: “-Mon general, ganamos la batalla”. El corso respondió: “-otra batalla así y perderemos la guerra”. Pues eso. ¿Ir al Mundial? ¿a qué? ¿solo a ir? no me entusiasma así, porque es plantearlo con absoluta medianía y mediocridad. Considero que la afición mexicana merece más. Pero mientras prevalezca el negocito –que en esta ocasión, casi mata a la gallina de los huevos de oro– en vez de aspirar a un esfuerzo futbolístico sostenido, con proyecto de largo alcance y que forme escuela –aunque comprometa no obtener ganancias rápidas–, trabajando por ganar la Copa del Mundo, seguiremos igual como equipo, como país y como afición mientras no lo asumamos. Y mire que no soy futbolero.

Entonces ¿cuál es mi “pero”, cuál es mi enfado ante tal calificación? Consiste en la muestra del bajo perfil que denota haber caído en la repesca y que alerta del desempeño futuro del seleccionado; en que no parece ser una selección en condiciones, a la que ronda el vergonzoso rotundo fracaso de 2010; por privilegiar el negocio al deporte de altura del que carece un futbol profesional mediocre que merece ser más y que así paga muy poco al desempeño del deporte mexicano en su conjunto, y que carece de aspiraciones evidentes (casi nada, ganar una Copa del Mundo, si le parece poco) por primar el negocito; y porque se ha engatusado otra vez a una afición que irá a Brasil pagando millonadas para ver algún partido de México –conforme con ver el nombre de México allí y en plan ligador con las brasileñas– que ya podemos decir “misión cumplida”; y a que con un equipo que no promete y solo estaría en la primera fase (y quizás, la única) ni soñar con un quinto partido siquiera, ni menos con la Copa del Mundo. Es legítimo desearla pero el negocito lo impide. Frustrante.

Entiendo que se asiste a esos torneos solo cuando hay condiciones para ganar y no solo para la chorcha y el cachondeo, como viene sucediendo, mientras hinchamos los bolsillos de unos cuantos a costa de la buena fe de los aficionados mexicanos poco exigentes y no reclamantes, pero honrados en su pasión y entrega, que pagan lo que no vale. – y cuyo derecho al ocio no está para cuestionarse, aunque prime el negocio al deporte – pagando lo indecible comprando mala calidad, encandilados creyendo que verán avanzar a su equipo. Mientras no se comprenda la situación prevaleciente, seguiremos aplaudiendo. Esta vez otros países de CONCACAF han rebasado al equipo nacional, justamente porque están trabajando –cosa que ya no hace el futbol mexicano, entregado a los dueños del negocito, consistente en ganar dinero rápido a costillas de la calidad deportiva– y luego claman aquí porque nos cambiemos de confederación para jugar con los “grandes”. No se vale.

Tenemos una selección que sin estándares mínimos para jugar en la grande tuvo que oxigenarse al final para sacarse las castañas del fuego, echando mano en gran parte de los jugadores del Club América –campeón del fut mexicano esta temporada– incluyendo a su entrenador. Es el equipo de los dueños del negocito (Grupo Televisa, con fuertes nexos con FIFA, evidenciándose así los intereses en juego). Mientras, se prescindió de los que juegan y han jugado en Europa, que tan poquito hacen defendiendo la camiseta de México, así sean unos ases en el Barcelona ( vgr. Márquez) o en el Manchester United (Chicharito). Decepcionantes, invariablemente.

Por eso considero bochornosa, de escándalo, la clasificación de México –pese a coincidir esta vez otros repechajes como el de Francia– aun sabedor de que todo esto es pan y circo, que lo es en absolutamente todos los países, sin excepción. Lo que no veo en otros es que no se case ir al Mundial con ganar su copa, o que parezca que no la pretenden. Eso sí hacemos en México: desvincular lo uno de lo otro. Inexplicablemente si no es por el puro negocito. ¿Debemos resignarnos y que otros equipos y federaciones sí ganen mejores posiciones? No estoy de acuerdo. Quien me conoce sabe que no tengo empacho en festejar que el nombre de México figure. Para muchos era inadmisible que México no asistiera al Mundial y muchos creemos que su ausencia hubiera sido un magnífico castigo para quienes han primado el negocio al deporte, sin importarles un resultado deportivamente magnífico que abonara a su negocio. México no asistió al mundial de 1990 y perdiendo 8 años, contó con una selección que luchó en 1994 y 1998. Desde 2002 estiran un chicle que no da para más primando el negocito. Un receso no asistiendo nuestra selección y una recomposición trabajando para el futuro, no sobrarían.

Y cabe preguntarnos: ¿hay algo de malo en que esto sea un simple negocio? Dicho así, no. Pero que solo sea negocio llevando lo deportivo por membrete, sí me da repelús. Patético e inmerecido, sin duda. Debemos preguntarnos: ¿y así el fútbol mexicano quiere y podrá ganar esa Copa del Mundo, apostando al dinero rápido y no a proyecto futbolístico? Eso se responde con evasivas, como el niño a la madre que le ha preguntado por sus calificaciones en la escuela, diciéndole airado: “mira mamá, lo importante es que tenemos salud ¿vale?”. Pero es fútbol y en ello cabe tantas opiniones como estrellas hay.

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