Exhortaciones papales o la modernidad vieja
Juan José Laborda
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1718lamartingmailcom/12/12/18
viernes 29 de noviembre de 2013, 20:12h
El papa Francisco ha publicado su “Exhortación apostólica Evangelii gaudium” (“El gozo del evangelio”), y en ese texto se han visto las dos líneas básicas de su pontificado: la reforma de la Iglesia Católica y -coherente con ella- un activismo misionero en un mundo económicamente injusto. El documento del papa Bergoglio tiene un gran interés pues significa la actitud con la que se enfrenta a esta época: “La humanidad vive un giro histórico - se lee en ese texto- Son de alabar los avances que contribuyen al bienestar(…) El miedo y la desesperación se apoderan del corazón de numerosas personas, incluso en los llamados países ricos.”
No ha tenido la repercusión esperada. En Italia, la expulsión del Senado de Berlusconi y su grotesco mitin posterior han desplazado el documento papal de la primera línea de la atención informativa. También se ha notado una cierta frialdad en los medios de comunicación de orientación católica en los países europeos; la afirmación papal de que él “nunca he sido de derechas” predisponía a los conservadores confesionales en contra de un texto que ataca su liberalismo económico.
Me parece que las líneas reformistas del papa Bergoglio coinciden con las líneas de la Reforma que Martín Lutero realizó hace casi 500 años. La Iglesia Católica sigue siendo un Estado, mientras no lo son las demás confesiones cristianas, y ese es el principal obstáculo para un posible ecumenismo del signo de la cruz. Sin embargo, en la Iglesia que el papa Francisco propone, la comunidad de creyentes cobra mayor importancia que los clérigos. ¿No fue ésta la tesis de Lutero cuando aún creía que el papado y Roma podían reformar una Iglesia que vendía indulgencias y con avarientas jerarquías clericales?
Estas son frases del documento papal: “Lo mismo sucede cuando se habla más de la ley que de la gracia, más de la Iglesia que de Jesucristo, más del Papa que de la Palabra de Dios”; “No es conveniente que el Papa reemplace a los episcopados locales en el discernimiento de todas las problemáticas que se plantean en sus territorios. En este sentido, percibo la necesidad de avanzar en una saludable ‘descentralización”; “Una excesiva centralización, más que ayudar, complica la vida de la Iglesia y su dinámica misionera”; “Ni el Papa ni la Iglesia tienen el monopolio en la interpretación de la realidad social o en la propuesta de soluciones para los problemas contemporáneos”; "Dado que estoy llamado a vivir lo que pido a los demás, también debo pensar en una conversión del papado”; “Invito a todos a ser audaces y creativos en esta tarea de repensar los objetivos, las estructuras, el estilo y los métodos evangelizadores de las propias comunidades. Exhorto a todos a aplicar con generosidad y valentía las orientaciones de este documento, sin prohibiciones ni miedo”….
Este documento papal contiene un cambio radical con la doctrina que ha definido a la Iglesia Católica contemporánea; me refiero a las encíclicas “Syllabus” y “Cuanta Cura”(1864), por las que el papa y los clérigos declaraban su autoridad incontestable para definir los errores que ponían en peligro la fe de los católicos, y lo más importante, los errores que además ponían en peligro el orden natural y divino del mundo.
¿Por qué los protestantes no sufrieron ese divorcio entre sus creencias cristianas y el mundo moderno, representado por el liberalismo, la ciencia moderna, la libertad de pensamiento, la separación del Estado de la Iglesia, y hasta 80 errores más que la Iglesia Católica condenó en el siglo XIX?
Sencillamente porque sus clérigos no tenían autoridad para hacerlo; con Lutero “el sacerdocio es universal”; todos los miembros de la comunidad o iglesia cristiana reformada se relacionan directamente con Dios, leyendo los Libros Santos donde se encuentra la Revelación, suceso que terminó cuando Cristo anunció los Evangelios; los pastores no tienen estatus sacramental; sus misiones, o son reguladas por los gobernantes civiles, o son confiadas a la comunidad parroquial, presbiterial, etcétera. Aunque Lutero fue un hombre medieval en muchos de sus criterios (por ejemplo, en economía), separó la fe de todo lo demás; así, la fe de cada conciencia se enfrentaba individualmente con la política, la ciencia, el arte, incluso con la teología; entre los católicos, por el contrario, las creencias fueron dictadas por autoridades de una Iglesia que era un Estado más, sólo que sin Derechos Ciudadanos .
El papa Francisco sabe que esa reforma llegará con esta época (que a mí me gusta definir como “la que no tiene aún nombre”). Comparar el tiempo del papa Francisco con el de Lutero resulta sugerente. Las consecuencias sobre la libertad de elegir y pensar que tiene “internet” sólo encuentra en la invención de la imprenta un fenómeno equivalente: “Lutero fue uno de los deslumbrados por la imprenta, “regalo divino”, “el más grande, el último don de Dios”, cita Teófanes Egido, su mejor conocedor español. Si la soberanía estatal se está modificando hoy en Europa, en tiempos de Lutero estaba emergiendo como un hecho radicalmente nuevo; Lutero creará la nación alemana, en sus escritos-“A la nobleza cristiana de la nación alemana (deutscher Nation) sobre la Reforma”-; en sus traducciones de la Biblia al alemán; y en las consecuencias de su obra: la Paz de Augsburgo (1555) será el triunfo de los Estados sobre el Imperio (Carlos V dimite como emperador) y sobre la Iglesia Católica; fue un triunfo de los luteranos (de Felipe Melanchthon, el colaborador de Lutero, que inspiró la fórmula: cada Estado tiene derecho a decidir la religión de sus súbditos). Y por último, el capitalismo de nuestros días, tan escandaloso como el incipiente capitalismo que condenó Martin Lutero.
¿Qué hay de moderno en la exhortación papal? ¿Las innovaciones de Lutero? En todo caso, Alemania vuelve a ser la clave del futuro de la civilización europea.
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Consejero de Estado-Historiador.
JUAN JOSÉ LABORDA MARTIN es senador constituyente por Burgos y fue presidente del Senado.
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