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La batalla de Kiev

sábado 30 de noviembre de 2013, 19:19h
El Presidente Vladímir Putin está en racha. Ha logrado evitar los bombardeos sobre Siria y proteger de la intervención internacional liderada por Estados Unidos a su mejor aliado árabe: el Presidente Bashar Al Asad. Por otra parte, el contencioso iraní se ha resuelto con un acuerdo que satisface a la diplomacia rusa –uno de los firmantes es Moscú- y a las potencias occidentales implicadas. El descontento de Israel y la preocupación de los legisladores de Washington es menos relevante que la nueva victoria que se apunta el Kremlin: ser amigo de Rusia tiene ventajas. Los iraníes han aguantado el pulso a la comunidad internacional sin sufrir bombardeos –que hubieran tenido el veto ruso en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas- ni renunciar a su controvertido derecho a enriquecer uranio.

El éxito de esta semana ha sido el alejamiento de Ucrania de la Unión Europea y el fracaso de la cumbre de Vilna que pretendía a traer a Kíev a la órbita de la Unión.

Ya habían tenido una primera victoria cuando la República de Armenia –la de menor territorio entre las antiguas repúblicas soviéticas y la primera en independizarse- renunció a firmar el acuerdo de asociación con la Unión Europea, que hubiese restado influencia a Rusia en el Transcáucaso, y que Bruselas consideraba incompatible con el Acuerdo de Unión Aduanera Euro-Asiática impulsado desde Moscú. No se puede estar a bien con los europeos y con los rusos al mismo tiempo, parecían decirles los funcionarios de la Unión a los diplomáticos armenios. Al final, si había que elegir, escogieron la buena relación con Rusia, cuyo compromiso en el área del Transcaúcaso es muy antiguo y con quien Armenia tiene estrechísimos lazos económicos, militares y afectivos. Los armenios no olvidan que viven más armenios en Rusia que en la propia Armenia. Moscú, además, es una de las garantías de que el conflicto de Nagorno Karabaj con Azerbaiyán no empeorará a pesar de que Bakú se está rearmando.

En Bruselas, sin embargo, creyeron que podían ganar la partida a Moscú. La iniciativa del Partenariado Oriental –impulsada por Polonia y Suecia- viene intentando desde 2008 crear un marco para las relaciones entre la Unión Europea y seis Estados postsoviéticos: Armenia, Azerbaiyán, Bielorrusia, Georgia, Moldavia y Ucrania. Este proyecto comprendería acuerdo de libre comercio, exenciones de visado y acuerdos estratégicos sin incluir la incorporación a la unión de los Estados ex -soviéticos. Aunque los europeos se esfuerzan en negar que se trate de un intento de ampliar la esfera de influencia de Bruselas en perjuicio de Moscú, es inevitable que Rusia sienta desconfianza y recelo ante lo que parece una nueva amenaza. Para el Kremlin, cualquier aproximación a las fronteras de Rusia debe hacerse a través de negociaciones, pactos y acuerdos con Moscú. Si no, puede considerarse una acción hostil y Rusia desplegará todos sus recursos para defenderse.

Esto es lo que ha ocurrió con Armenia y ahora ha sucedido con Ucrania.

Algunos europeos creyeron que podrían soslayar la influencia rusa en Ucrania en contra de la Historia, la Economía y el sentido común. No podía funcionar. Desde hace siglos, Ucrania esta dividida en dos grandes zonas. Por un lado, hay una parte del país que, sin duda, se siente europea occidental y que ve a la Unión como el espacio político al que Ucrania debería aproximarse. Ahora bien, hay otra mitad que tiene el ruso como lengua madre o como segunda lengua y la utiliza con normalidad. Más de la mitad del país tiene vínculos familiares con Rusia y los lazos entre los dos países se remontan al propio origen de Rusia. En el origen del Imperio de los Zares, estuvo la Rus de Kiev, cuyo significado espiritual para los rusos no puede ignorarse. Durante siglos, los ucranianos combatieron en los ejércitos del Zar. Al igual que Bielorrusia, Ucrania fue escenario de brutales batallas durante la invasión de la URSS por los nazis y sus aliados. Hubo muchos ucranianos que los vieron como liberadores y otros muchos que combatieron contra ellos por la salvación de la URSS. Sin Rusia, ni la economía ni la historia de Ucrania pueden entenderse. Creer que esta vinculación podría romperse sólo con promesas era equivocado.

Para evitar esta nueva amenaza, Moscú ha presionado con los recursos energéticos, especialmente el gas, cuyo suministro ya se interrumpió en el invierno de 2005 y le costó al Gobierno ucraniano la destitución. Los ucranianos han sufrido las amenazas de unos y de otros. Sobre ellos ha gravitado la sombra de las crisis italiana, española y portuguesa, a quienes Bruselas –recordaban los medios más próximos a Rusia- no ha podido salvar ni proteger, y el miedo a sufrir el mismo desmantelamiento de la industria que padecieron los polacos. En Ucrania, la Unión Europea no ha querido comprometerse económicamente. No ha habido recursos financieros que garantizasen que Kíev saldría fortalecida de ese Acuerdo de Asociación que, al final, no se ha firmado. Rusia ha vencido en la batalla de Kiev.

El Partenariado Oriental no ha muerto pero Presidente Putin ha ganado de nuevo y Europa debe considerar qué ha fallado. Si en el Kremlin se juega a la lotería, traten de saber qué número han comprado y háganse con unas participaciones o incluso con un décimo. Como les decía, están de racha.
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