Ecos de la Guerra Fría
lunes 02 de diciembre de 2013, 20:05h
Por más que se quiera disimular, lo ocurrido la semana pasada en Vilnius –donde tuve la oportunidad de presenciar personalmente el desenlace- ha sido un triunfo para Putin y una derrota para la Unión Europea. La llamada Asociación Oriental (Eastern Partnership), por medio de la cual la UE trata de llegar a acuerdos de asociación y comerciales con seis países europeos, incluidos los tres del Cáucaso, que formaron parte de la Unión Soviética, tenía como pieza fundamental a Ucrania, cuyo presidente, Yanukovich, ha hecho proclamas permanentes de europeísmo, tan reiteradas como poco creíbles. En efecto, su primera visita exterior, tras asumir la presidencia en 2010, fue a Bruselas e inmediatamente después se iniciaron las negociaciones con la UE, que ahora han naufragado. Política de gestos hacia Occidente, mientras se plegaba a las presiones de Putin, al que, significativamente, ha visitado dos veces en Moscú durante el último mes.
Lo que no ha sido el fracaso de Vilnius, desde luego, es una sorpresa, porque ese decepcionante resultado se esperaba desde hace días cuando el Parlamento ucraniano, la Rada Suprema, primero aplazó y después votó en contra de seis proyectos que habrían hecho posible que Yulia Tymoshenko, rival política de Yanukovich y que anteriormente ocupó el cargo de primer ministro, saliera de la cárcel y pudiera trasladarse a Alemania para recibir cuidados médicos. La UE no había ocultado que las negociaciones con Ucrania no podrían culminar si no se liberaba a Tymoshenko, víctima de la llamada “justicia selectiva”, motivada políticamente y al servicio de Yanukovich, al que The New York Times acaba de calificar como corrupto y cínico.
De nada han servido las 27 visitas que los dos enviados especiales de la UE, el antiguo presidente del Parlamento Europeo, Pat Cox, y el expresidente de Polonia Kwasnieski han hecho a Kiev en los últimos tiempos. Aunque la UE no puede eludir su parte de responsabilidad en el fracaso, que pone de relieve la escasa eficacia de su Política Exterior y de Seguridad Común. Las ofertas que se han hecho a Ucrania no tenían en cuenta, dicen los expertos, su desesperada situación económica, agravada por el permanente chantaje de Moscú. Y aunque a largo plazo la opción europeísta, apoyada por la parte más joven y dinámica de la sociedad, es mucho más atractiva y prometedora, Yanukovich se ha rendido ante las amenazas de Putin que afectarían gravemente al comercio ucraniano y, muy especialmente a la parte este y sur del país, la más industrializada, y donde Yanukovich tiene su base electoral. No hay que olvidar que trata de presentarse a la reelección en el 2015.
Putin dijo durante su primer mandato presidencial que “la desintegración de la URSS había sido la mayor catástrofe geopolítica del siglo XX” y toda su política exterior ha estado regida por esa idea nostálgica. Su prioridad ha sido la creación de un gran conjunto euroasiático, que vendría a ser una nueva versión de la que fue segunda gran potencia durante la época de la Guerra Fría. En Rusia muchos añoran aquellos tiempos en los que los rusos -entonces oficialmente “los soviéticos”- pisaban fuerte en el escenario internacional y eran cabeza de un enorme imperio regido desde Moscú con mano de hierro. La ideología ha quedado atrás, pero la expansiva voluntad de poder permanece incólume. Todo ello exuda los añejos aromas de la Guerra Fría.
La animadversión por Occidente viene de muy atrás y tuvo una importante ilustración durante el siglo XIX en la polémica entre eslavistas y occidentalistas, los primeros mirando al este, a Asia, mientras los segundos miraban a Occidente, a Europa. Aquellas viejas ideas imperiales –se ha dicho que Rusia fue imperio antes de ser Estado- se concretaron, en la nueva Rusia postcomunista, en el interés prioritario por lo que llamaron “el extranjero próximo”. Era un modo un tanto tímido de referirse al antiguo imperio zarista primero, comunista después. Con Putin esa timidez inicial ha desaparecido como muestra, por ejemplo, la guerra con Georgia. Más recientemente, su posición en la guerra de Siria y el caso Snowden están en la misma línea de fuerza e imposición. El instrumento que ahora maneja Putin es una unión aduanera con las antiguas repúblicas soviéticas a las que amenaza con represalias económicas, incluida su arma maestra: el corte de los suministros de gas, vitales para estos países sin recursos energéticos.
Además, los rusos no han aceptado nunca en el fondo la separación de las otras dos “repúblicas socialista soviéticas” eslavas, Ucrania y Bielorrusia que, no lo olvidemos, Stalin consiguió que fueran miembros fundadores de Naciones Unidas, lo que le daba tres votos en la Asamblea General de la ONU. A Estados Unidos no se les ocurrió pedir la condición de miembros para, por ejemplo, California o Texas, aunque alguien llegó a decir que por qué unos sí y otros no. Había que mantener la Gran Alianza que derrotó al nazismo, aunque el otro totalitarismo, el comunista, quedaba vivo, coleando y triunfante. Entonces se evaporó la idea de una ONU formada exclusivamente por naciones democráticas.
Sobre la importancia de Ucrania para los rusos, recuerdo un expresivo hecho que viví personalmente. En la última semana de 1991 –faltaban quince días para que desapareciera la Unión Soviética- estuve en Moscú y tuve oportunidad de hablar con los dos personajes más importantes del momento: Gorbachov, presidente teórico de una URSS en pleno declive, y Yeltsin, orgulloso y arrogante presidente de la Federación Rusa, elegido por los ciudadanos. El contraste entre ambos no podía ser más evidente. El primero todavía aspiraba a un nuevo Tratado que creara lo que él llamaba una Unión de Estados Soberanos, especie de confederación sucesora de la URSS y teóricamente liberada de la coacción comunista. Al segundo solo le interesaba Rusia y cuando yo le pregunté por el supuestamente “importante Tratado” me contestó: “Eso se lo habrá dicho Gorbachov”. Era cierto y mostraba que para él solo Rusia tenía interés. Pero, como veremos, Rusia no era para él solo Rusia. Tampoco para Gorbachov.
En efecto, aquellos dos personajes tan distintos, después del golpe de Estado de agosto de aquel año de 1991, que había marcado la derrota de Gorbachov y el triunfo de Yeltsin, tenían un punto en común. Ninguno de los dos admitía la separación de Ucrania y de Bielorrusia, las otras dos repúblicas eslavas. La Gran Rusia, la Pequeña Rusia, como se denominó durante mucho tiempo a Ucrania y la Rusia Blanca (“Belo” significa en ruso “blanco”) no podían separarse. ¿Cómo iba a separarse Ucrania cuya capital, Kiev, era con Moscú y San Petersburgo una de las tres grandes ciudades y capitales históricas de Rusia? ¿No nació Rusia en la llamada “Rus de Kiev”, cuyo príncipe el Gran Vladimiro, San Vladimiro, convirtió a los rusos al cristianismo ortodoxo hace algo más de mil años? Por cierto que poco antes, en 1990, Aleksandr Solzhenitsyn, había publicado un librito titulado en su edición francesa Comment réaménager notre Russie? donde decía exactamente lo mismo: Las tres Rusia debían seguir estando juntas. Las otras doce repúblicas “están destinadas de manera absoluta e irreversible a la secesión”.
A esos argumentos históricos los neo-eslavistas añaden que toda la parte oriental del Ucrania, con Kharkov como ciudad más importante, y el sur con Crimea y la costa del mar Negro eran rusos y sus habitantes hablan ruso. Y todo ese territorio –conquistado en su mayor parte por Catalina II, la Grande, a finales del siglo XVIII- se le “regaló” por Kruschev a Ucrania en 1954. No han encajado muchos rusos ni aquella cesión de la época comunista ni que su flota del mar Negro tenga que estar anclada en “puertos extranjeros”, como Sebastopol u Odesa.
Pero los ucranianos se sienten ahora parte de un mismo y único país como muestran las encuestas. Según una muy reciente de la firma GfK, el 45 % de los ucranianos apoya la integración con Europa y solo un 15 % favorece la integración con Rusia. Las manifestaciones, primero pacíficas, pero cada vez más tensas y violentas, que casi a diario ocupan las calles de Kiev y otras ciudades ucranianas revelan la decepción, tras el fracaso de Vilnius, sobre todo de los jóvenes. Ciertamente, hay también manifestaciones pro-rusas nutridas por la corriente euroasiática que siempre ha considerado a Occidente como decadente y que rechazan los llamados “valores europeos”. No les convence la democracia y sienten una incurable proclividad por el autoritarismo que encarna Putin y es tradicional en esos países.
De los seis países de la Asociación Oriental (Ucrania, Moldova, Bielorrusia, Georgia, Armenia y Azerbaiyán), solo han firmado el acuerdo con la UE la pequeña Moldova, también sometida a brutales presiones rusas, y Georgia. Bielorrusia y Armenia ya se han asociado con la unión aduanera promovida por Putin. De momento, en Vilnius se ha registrado un teórico empate, UE 2-Rusia 2. Pero el rechazo a firmar de Ucrania, el más importante de esos países con sus 46-48 millones de habitantes (las fuentes no coinciden; ha llegado a tener 52 millones) y sus más de 600.000 kilómetros cuadrados de territorio suponen un fracaso para la UE que, a pesar de todo, declara que sigue con las puertas abiertas. Aunque algunos piensan que esta oportunidad perdida va a ser difícil que se repita en un futuro previsible. Salvo que Yanukovich sea derrotado en 2015 y con él termine su régimen corrupto y clientelar, conocido por haber enriquecido a sus parientes y amigos. Los ucranianos se merecen algo mejor.
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Catedrático de la UCM
ALEJANDRO MUÑOZ-ALONSO es senador del Partido Popular
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