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Crítica de cine

Le week-end: la fórmula para reavivar la llama del amor

domingo 08 de diciembre de 2013, 11:09h
La pareja protagonista del último filme del director británico está atravesando un periodo extremadamente crítico. No sólo porque, después de treinta años de matrimonio, ahora lo que más hagan sea estar en desacuerdo y discutir. El momento es también crítico porque sus respectivas carreras profesionales no les han llevado a donde un día soñaron llegar y se dan cuenta de que la vida se ha pasado, a punto de llegar a la edad de jubilación, sin esos éxitos o satisfacciones que anhelaban cuando eran jóvenes. Podría decirse que ambos arrastran una amargura cargada de hastío, de la que la esposa culpabiliza sin miramientos al marido. Él, en cambio, cada vez se siente más dependiente de ella, casi como un niño. El miedo que experimenta a ser abandonado es real, porque ella no se cansa de aludir a su necesidad de empezar de nuevo tanto en lo profesional como en lo personal. Y con todas estas premisas, casi como buscando un trozo de madera al que aferrarse cuando las cosas se hunden más rápido de lo esperado, la pareja formada por Nick y Meg vuelve a París un fin de semana, con ocasión de su aniversario de boda, intentando recrear algo de lo que ambos vivieron en la mágica ciudad a la que viajaron durante su luna de miel.

Nick, a quien da vida el oscarizado Jim Broadbent, es quien ha ideado un viaje con el que su exigente mujer, Meg, interpretada por Lindsay Duncan, al principio no puede estar en más desacuerdo. Ha costado mucho convencerla para que deje su hogar de Birmingham y se aventure a viajar con un marido al que muchas veces no soporta. Por eso, a todo le saca pegas. Empezando por el pequeño hotel de Montmartre del que ya no queda mucho de aquello que ellos recordaban. Y, a pesar de sus 60 años, o puede que precisamente a causa de ellos, Meg no quiere conformarse con cualquier cosa. Quiere mucho más, así que arrastra a su marido, a quien a las primeras de cambio siempre acusa de no tener agallas, hasta el hotel que ella quiere, que no es otro que el mejor. También a los restaurantes más caros, a pesar de que su situación financiera es bastante modesta, otra razón más para estar descontenta con su vida. Y el realizador Roger Michell, que vuelve a colaborar con el escritor británico Hanif Kureishi, coloca a la pareja – a través de las acciones caprichosas e imprevistas de Meg – en algunas situaciones pretendidamente cómicas, pero que acaban resultando patéticas, sin posibilidad de arrancar una verdadera sonrisa. Vergüenza ajena, sí. No hay duda. Se podría decir, incluso, que sobra.

El director maneja la espiral casi destructiva del matrimonio con una ironía que bebe de ese dramatismo vehemente que nace de las decisiones que tomamos cuando creemos que ya no tenemos nada que perder. Aunque siempre lo haya. Y, por desgracia, el recurso del cineasta no termina de funcionar. Desde luego, no como una comedia. De modo que quedan advertidos los espectadores que acudan a la sala estarán esperando encontrarse con el alma que destilaba la magnífica Notting Hill. En Le week-end se respira, por el contrario, una tristeza amarga que apunta más a esa especial mirada con la que Woody Allen reflexiona sin descanso sobre las complicadas relaciones de pareja. Y si en Notting Hill uno de los valores añadidos era la eficaz presencia de un magnífico elenco de secundarios, en el nuevo trabajo de Michell, nos encontramos únicamente con el personaje interpretado por Jeff Goldblum, Morgan, para ofrecernos una perspectiva diversa a la que nos da el matrimonio. Un contrapeso que remarca el aparente fracaso en la vida de Nick. Ambos estudiaron juntos en la universidad y, por aquel entonces, quien apuntaba maneras para hacerse rico y famoso era Nick, no Morgan, quien, sin embargo, acabó siéndolo.

Así que, probablemente, lo último que le hacía falta al pobre Nick para acabar de fastidiar el “infernal” fin de semana en París era encontrarse con el sofisticado Morgan, recién casado en segundas nupcias con una joven parisina con la que va a ser padre de nuevo. Es una cena en su casa parisina la que abrirá en parte los ojos de Meg para que vuelva a ver a su marido sin la sombra de tantos años juntos. Algo así como volver a descubrirle. Y es la ocasión para que Nick diga en voz alta, delante de todos los asistentes, lo que es en realidad su vida, lo que de verdad siente, en una escena que, junto a la que protagoniza con el hijo adolescente de Morgan, es la más lograda de la cinta. Nick confiesa su fracaso como profesor en una universidad de segunda de la que, para colmo, están a punto de jubilarle anticipadamente a causa de una declaración políticamente incorrecta sobre una alumna; su incapacidad para seguir haciendo feliz a su esposa y, por último, la carga de un hijo a quien no le dura ningún trabajo para mantener a su propia familia, a causa de su adicción a las drogas.

La cinta se presentó oficialmente en Europa en la pasada edición del Festival de San Sebastián, donde Jim Broadbent ganó la Concha de Plata al Mejor Actor, y también ha sido nominada a cinco premios en los British Independent Film.
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