www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

El nacionalismo catalán, fábrica de españoles

miércoles 18 de diciembre de 2013, 21:41h
Si hay algo dormido en España es la españolidad o el españolismo. Y no lo digo por quejarme de ello, porque la búsqueda permanente de una identidad produce angustia, mientras que la aceptación racional sobre lo que se es (y parece obvio que los españoles son españoles) resulta confortable. Las preguntas grandilocuentes sobre quiénes somos, de dónde venimos y adónde vamos reflejan un conflicto existencial bastante paralizante, como toda pregunta sin respuesta. Vamos, como las preguntas de un referéndum de Artur Mas.

Pero, naturalmente, eso no es todo. Además de la condición existencial que dice que uno es lo que es, existe la variable política. Es decir, la que supondría que sólo es español quien lo acepta en cada momento de su vida. Y esta aceptación depende de cada instante, porque los sentimientos así lo dictan. Es decir que uno es más políticamente español en las épocas de prosperidad de España, y lo es menos en las de crisis. Lo es más cuando se gana un Mundial que cuando se pierde en octavos. Y, mucho más a lo bestia, se es más español cuando España está en paz que cuando los españoles se enzarzan en guerra civil, que es cuando de verdad duele España.

Pero lo mismo exactamente se puede decir de cualquier otra Nación. ¿O es que no hubo sentimiento antiamericano en las Estados Unidos de la época de la guerra de Vietnam? ¿O es que no guardan todavía los alemanes la vergüenza de parte de su pasado siniestro? O, por banalizar un poco, ¿no es cierto que Depardieu se ha borrado de su "francesidad" por la política fiscal actual de Francia?

Pues bien, los estadounidenses que quemaron banderas de su propia Nación no dejaron de serlo. Y, seguramente, pasados los años "sienten" que nunca dejaron de serlo. Y los alemanes siguieron siéndolo pese a su dolor por las tragedias causadas por sus antepasados. Y hasta Depardieu volverá a sentirse francés... si cambia la fiscalidad. Y, en España, la españolidad se quedó discretamente en el armario porque no todo nuestro pasado como españoles es admirable (aunque mucho sí lo es, por cierto), y no pareció merecer la pena enarbolar banderas que fueron manipuladas también en sentido político excluyente, como en el franquismo.

Sin embargo, el éxito de la España postfranquista es que estableció un marco de progreso en el que la mayoría se aceptó a sí misma, sin necesidad de alharacas, sin tener que hacer permanente autoafirmación de lo que era. Españoles, porque lo fueron sus antepasados, porque nacieron en una Nación muy antigua llamada España, porque esa Nación estaba constituida en un Estado moderno con un sitio indiscutido en el plano de los demás Estados. Todo muy simple, una obviedad. Españoles por ser españoles, y punto.

El único lado débil del statu quo de la Transición fue que determinados grupos encontraron un hueco de poder al enarbolar la diferencia regional. Y vieron que ampliando esa diferencia, ampliaban su capacidad de poder hasta soñarlo como inmutable para el futuro. Es cierto que los primeros que lo intentaron fueron poco sutiles: los terroristas de Eta. Pero posiblemente se sorprendieron de que, por mucho que mataran, en nada avanzaban en su propósito político. Otros (y ahora mismo, los propios etarras), decidieron otro método, que era la cultura, educación y psicología de masas. Y éstos sueñan ahora con el éxito de convencer a los españoles, pongamos de Cataluña, de que no son españoles.

Estos grupos con ambición de poder, y no pocos complejos sobre pasados de derrotas y frustraciones, construyeron una fábrica de independentistas. Es cierto que se les permitió, de acuerdo con la premisa de que nadie sobrara en la España democrática. Pero esa generosidad de la Transición, aceptada con entusiasmo por los nacionalistas que se sumaron al pacto constitucional, fue apagándose con el tiempo, según crecía su ambición y avanzaban en la composición de su criatura, exhumando cementerios de trescientos años.

Ahora, ese nuevo cuerpo independentista está en la camilla del doctor Mas, que le aplica electrodos para ver si vive. Pero como lo hace a la vista de todos, los espectadores empiezan a estar aterrados con el monstruo. Porque los nacionalistas catalanes pueden haber moldeado una sociedad de identidad esquizofrénica, pero también han alertado al resto de sus conciudadanos españoles.

El nacionalismo catalán (igual que el aranismo vasco) ha hurgado tanto en las diferencias que se ha metido en el charco de la superioridad de origen, porque su mensaje implícito es que la virtud reside en ellos y el mal en los demás, que suya es la bondad y la capacidad y el resto es vago, torpe e inferior.
Como es obvio, este mensaje genera una reacción bastante predecible. Que el conjunto de los españoles empiece otra vez a pensarse a sí mismo. Por eso, con muchas dudas aún, hay quien empieza a creer que además de ser españoles porque sí, a lo mejor hay que trabajar para ponerlo en valor.
Decir que la reivindicación española era una fábrica de independentistas, como han sostenido los nacionalistas catalanes, ha sido una de tantas falsedades de su imaginario, porque aquí poco se ha reivindicado España, y ha sido suficiente para la mayoría que simplemente existiera. Sin embargo, estamos a punto de lo contrario. Que la excitación independentista de los ambiciosos dirigentes tribales fabricada en la Transición, empiece a su vez a fabricar nuevos españoles que sepan que a veces hay que defender lo que se es.

La inmensa fortuna que tenemos, todavía, es que los ataques a España y la defensa de España están en el plano de lo político y, como mucho, de lo sentimental. Y nadie, ni los nacionalistas de Mas ni los que deploran el nacionalismo, tienen la más mínima intención de que sea de otra forma. Pero eso no quiere decir que mientras unos paren quimeras, otros no se hayan alertado de su peligro. Y no sólo fuera de Cataluña, sino sobre todo dentro. Porque esta excitación colectiva está preocupando, y mucho, a la sociedad sensata que en el Principado es legión, aunque poco habladora y en exceso discreta.
Con su aventurerismo, Mas está realmente exponiendo la virtud de la estabilidad, aquellos tiempos en los que un representante de comercio de Badalona iba a Soria y no le preguntaban por el mítico referéndum. Es cierto que le queda algún tiempo para que el trabajo de fabricar españoles sea un éxito, pero por fortuna nos queda un año hasta que llegue la no consulta con la no pregunta o no preguntas. Tiempo suficiente para que la gente termine hartándose de Mas (digo los suyos, porque los demás ya están hartos) y añoren épocas en las que uno no se miraba al espejo sin saber quién era, de dónde venía y si quería ser de mayor futbolista o bombero.

En el fondo, Mas es un artesano de la españolidad. Eso sí, un poco llorón, aunque hay que decir en su descargo que no mucho más que el resto de los españoles.
¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (0)    No(0)


Normas de uso

Esta es la opinión de los internautas, no de El Imparcial

No está permitido verter comentarios contrarios a la ley o injuriantes.

La dirección de email solicitada en ningún caso será utilizada con fines comerciales.

Tu dirección de email no será publicada.

Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios que consideremos fuera de tema.