La vida, la mujer y la cuestión del aborto
Ricardo Ruiz de la Serna
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ricardo_ruiz_delasernayahooes /22/22/28
sábado 21 de diciembre de 2013, 20:02h
La sabiduría del Talmud enseña que quien salva una vida salva el mundo entero. Mi amigo Abraham suele recordar que toda vida es valiosa, toda vida es única y tiene su sentido en el ese plan fabuloso que es la Creación y que se renueva cada día. He nacido y me he criado en el seno de una tradición que reconoce ese carácter sagrado de la vida, la dignidad intrínseca de todo ser humano y la maravilla asombrosa del Universo.
Sobre esa creencia inquebrantable en que todo ser humano está dotado de una dignidad y unos derechos inalienables se ha construido todo el edificio de Occidente. Por esa creencia en la vida y la libertad, millones combatieron el nazismo con las armas, con la palabra o con las dos cosas.
Durante la Yezhozvina –el periodo del Terror de Yezhov entre 1937 y1938- Ana Ajmatova salvó la dignidad del ser humano escribiendo y demostrando que en medio del horror es más necesaria que nunca la poesía. Hubo amor en los guetos y hubo amor en los campos y ni los nazis ni sus aliados pudieron evitarlo. En el invierno de 1941, Shostakovich componía su Séptima Sinfonía bajo la artillería nazi que batía Leningrado y, con esa acción, nos salvaba a todos de algún modo. Me resisto a creer que la muerte y la opresión prevalezcan sobre esa dignidad de cada ser humano, que está llamado a la vida y la libertad.
He escrito en esta misma columna contra el aborto. Creo –con la firmeza con que declaramos lo que de verdad importa- que el concebido no nacido es un ser humano y su muerte clama al cielo. Celebro cada nacimiento como si fuese, de alguna manera, mío y sé que al final la vida triunfa sobre la muerte y el ser sobre la nada. Creo que es responsabilidad de todos nosotros velar por que el mundo que las futuras generaciones hereden sea mejor que el que nosotros recibimos. Hasta ahora, me temo que no podemos sentirnos orgullosos de haber estado a la altura; especialmente en lo que se refiere al debate político.
Hemos llegado a un punto en el que quien no está con unos debe estar necesariamente con los otros. Los más radicales son los que más gritan mientras hay una inmensa mayoría silenciosa y razonable que se calla o se retira porque así no se llega a ningún lado. Y así nos va. La protección del concebido no nacido, el aborto y todo lo que lo rodea debería ser uno de los diálogos más serenos, más responsables y más profundos de nuestro discurso público. Sin embargo, se ha convertido en un pretexto para que un montón de radicales se griten entre sí, se insulten entre sí y nos confundan a todos.
Estoy contra el aborto pero también estoy contra los linchamientos, los escraches y las turbas que insultan y agreden amparándose en el número y el grito. ¿Cómo puede alguien llamar “asesina” a una madre que aborta? Lo que he leído en estos días en las redes sociales me espanta. Hay una turba de talibanes que se creen en posesión de la verdad y la administran repartiendo certificados de “provida” o de “abortista” como si una mujer que aborta rindiese culto a la muerte o como si alguien que dice ser “provida” estuviese investido de autoridad divina para juzgar.
Algo en mí se pone de parte del linchado, del insultado, de esa mujer a la que todos juzgan y pocos escuchan, a la que algunos increpan o jalean pero casi nadie ayuda. Algo en mí toma partido por esa mujer a la que casi nadie se dirige con respeto para hablarle del aborto. Creo que si Alguien puede juzgarla no soy yo. Y creo que, desde luego, tampoco es esa turba de gente que dice defender la vida pero calla ante muchas formas de muerte y muchas circunstancias que la propician y hablan a las mujeres embarazadas con conmiseración, paternalismo o compasión pero sin verdadero respeto.
Sí, estoy contra el aborto, contra el racismo, la xenofobia, la homofobia, el antisemitismo. Lucho por la vida como lo hago por los derechos de las minorías cristianas y contra la islamofobia, como creo en la opción preferencial por los pobres y los excluidos. Detesto todas las formas de discriminación. Para mí, el compromiso contra el aborto es una dimensión más de la lucha por la dignidad del ser humano. y, por cierto, en esa lucha es imposible cerrar los ojos ante la opresión que aún hoy, en España y fuera de ella, sufren las mujeres. Me escandaliza el silencio de los que se autodenominan “provida” cuando se trata de denunciar la homofobia o la violencia de género. Bueno, algunos incluso fomentan la primera y niegan la segunda. Así no vamos a ninguna parte.
La lucha por la vida es inescindible de la lucha por la dignidad del ser humano y jamás avanzaremos si pretendemos hacerlo a base de gritos, insultos y escraches tuiteros. El debate que ahora se debe abrir en nuestra sociedad merece algo mejor que piquetes moralistas, justicieros y matones de redes sociales.
Espero abrazar algún día a mi hija o a mi hijo – ¡o a los dos!-y decirles que estuvimos a la altura del debate político que necesitábamos para progresar y que su mundo fuera mejor que el nuestro.
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Analista político
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