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Isabel II perdona a Alan Turing 60 años después

miércoles 25 de diciembre de 2013, 19:49h
Desde el final de la II Guerra Mundial sólo se han otorgado en Gran Bretaña cuatro indultos reales. Ninguno de ellos, en todo caso, había logrado saltar a los medios de comunicación de todo el mundo como el del pasado martes. Y lo hacía, además, para volver a sorprendernos acerca de las injusticias cometidas tantas veces en nombre de la propia “Justicia”, a causa de acciones o modos de ser que años más tarde dejan, por fin, de ser considerados delitos. El 24 de diciembre, la reina Isabel II firmaba una orden de Gracia y Misericordia por la que se concede el perdón a título póstumo al científico Alan Turing sesenta años después de su muerte y gracias a una intensa campaña pidiendo el indulto, encabezada por grandes científicos de hoy como Stephen Hawking, que ha durado varios años. Ya en 2009, el entonces primer ministro británico, Gordon Brown, pidió públicamente disculpas por el proceso judicial que condenó a Turing por “indecencia grave y perversión sexual” cuando salió a la luz la relación homosexual que mantenía con un joven desempleado de 19 años en una época en la que los actos de homosexualidad eran ilegales en el Reino Unido. A pesar de las disculpas de Brown, el gobierno no tramitó entonces el perdón porque los expertos sostenían que se trataba de algo técnicamente imposible, ya que Turing había sido declarado culpable de forma justa por quebrantar la ley que regía en su época. Y ya sabemos que los tecnicismos no entienden de sentido común, sino que tienen que ser superados sin muchos miramientos cuando de verdad se quiere reparar, de algún modo, lo que en esencia es injusto, por mucho que una ley de hace décadas lo condenase.

Nada más conocerse el real perdón para la memoria de Turing, David Cameron realizaba unas declaraciones que, a pesar de su importancia, en realidad se quedan cortas a la hora de definir a un personaje crucial para la historia de todos, no sólo para la de Reino Unido. Cameron describía hace dos días a Turing como “un hombre extraordinario que jugó un papel clave que ahorró sufrimiento a este país en la Segunda Guerra Mundial”, añadiendo que “su acción salvó incontables vidas y, además, dejó un legado nacional extraordinario a través de sus importantes logros científicos por los que a menudo se le reconoce como el padre de la computación moderna”. Un resumen muy impresionante, sí, pero que no recoge ni un diez por ciento de lo que Turing tuvo de especial no ya como ilustre científico, sino como ser humano excepcional. De esos que a menudo nos gusta llamar visionarios o adelantados a su tiempo, sin tener en cuenta las innumerables veces que acaba en tragedia la existencia personal de quien osa superar en méritos y en coraje a sus contemporáneos. Desde que nacen.

Turing, por ejemplo, ya había aparecido en los medios de comunicación mucho antes de convertirse en el eminente matemático y eficaz espía de la Segunda Guerra Mundial que hoy todos conocemos. Había aprendido a leer por sí solo en tres semanas y sus ansias de aprender eran tan poderosas que en 1926, cuando tenía 14 años, se negó a que una huelga general le arruinase su primer día de clase en el internado Sherborne de Dorset. De modo que recorrió en solitario con su bicicleta las más de 60 millas que separaban su lugar de residencia en Southampton y pasó la noche en un Bed & Breakfast, para llegar puntual a su cita con la escuela. Y su hazaña, claro, llegó a la prensa. A Turing también le gustaba correr y era famoso por ganar a los autobuses en los que viajaban sus sesudos colegas a las conferencias científicas. De hecho, fue una lesión lo que impidió que Turing se convirtiese en atleta olímpico.

Era, por otra parte, un hombre comprometido con su país, el mismo que luego le condenó. A pesar de contar con una importante oferta de trabajo en la universidad estadounidense de Princeton, Turing eligió regresar a Inglaterra y participar activamente en el enfrentamiento armado. Descodificó la mítica Enigma con la que la marina alemana enviaba mensajes a sus submarinos que les permitían interceptar los convoyes de abastecimiento que llegaban desde Estados Unidos hasta Inglaterra y su trabajo en la famosa casa rural de Bletchley Park, al norte de Londres, está considerado clave para el final de la guerra. Aunque, por supuesto, una mente privilegiada e inquieta como la suya no se podía quedar “sólo” en descifrar los códigos secretos del enemigo. Ya que estaba, Turing ideó un método de reclutamiento de personal capaz de descifrar patrones, proporcionando a los Servicios Secretos unas pautas matemáticas para elaborar unos crucigramas que se publicarían en los diarios locales ofreciendo jugosos premios para aquellos que lograban terminarlos. Aunque, al final, el premio que recibirían los sagaces aficionados a los crucigramas fuera el de ser reclutados sin excusas para trabajar en Inteligencia. Aunque no quisieran. Por el bien de la patria.

Sus logros científicos y sus incomparables servicios a la nación, no iban, sin embargo, a tenerse en cuenta durante el juicio en el que, aconsejado por su hermano, Turing se declaró culpable de mantener una relación homosexual con el joven Arnold Murray, a quien había conocido en la calle poco antes de Navidad. En el fondo, tanto él como su familia y amigos tenían que estar bastante convencidos de que sus relaciones privadas no podían pesar más que sus importantes méritos en el servicio público. Sin embargo, igual que había ocurrido varias décadas antes con Oscar Wilde - condenado a dos años de trabajos forzados por su condición homosexual cuando se encontraba en la cima de su carrera -, a Turing le tocó comprobar en carne propia que “las cosas de la moral” inclinaban con fanática fuerza cualquier balanza. El científico perdió de inmediato sus credenciales de seguridad y se convirtió en una oveja negra durante una época en la que, para colmo, los homosexuales eran vistos como presa fácil del espionaje soviético. La condena le daba a elegir: ir a la cárcel o someterse a castración química mediante tratamiento hormonal. Se decidió por la segunda opción – si cabe más cruel y definitiva – y durante un año se le suministraron inyecciones de estrógenos que le produjeron las correspondientes alteraciones físicas. Aumentó de peso de forma muy significativa, le crecieron los pechos y, por supuesto, sufrió la disfunción eréctil que se pretendía. Dos años después del juicio, Turing apareció muerto en su laboratorio. A su lado, una manzana impregnada de cianuro con un único mordisco. La leyenda asegura que esa imagen dejada por el padre de la informática moderna inspiró el logo de Apple, como homenaje a Turing.

Ahora, la comunidad científica especialmente se congratula del perdón concedido a Turing, pero, como es lógico, muchos creen que su caso debería de ser sólo la llave que abra la puerta a más “gracias reales”. Como si también en este último “logro”, Turing fuera un “adelantado”. Porque muchos se preguntan estos días en Gran Bretaña si se les ofrecerá el perdón y, sobre todo, una disculpa a los más de 50.000 hombres que fueron condenados, igual que el científico, por tener relaciones homosexuales consentidas en el siglo XX. Sería lo justo.

Alicia Huerta

Escritora

ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora

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