www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

CRÍTICA

Tom Wolfe: Bloody Miami

domingo 29 de diciembre de 2013, 13:52h
Tom Wolfe: Bloody Miami. Traducción de Benito Gómez Ibáñez. Anagrama. Barcelona, 2013. 624 págs. 24,90 €. Libro electrónico: 16, 99 €
Bloody Miami no solo es un vertiginoso viaje a través del agitado cóctel de etnias en la multicultural Miami de principios del siglo XXI, sino también un no menos vertiginoso recorrido por los principios ideológicos de Tom Wolfe, quizá el novelista norteamericano vivo de mayor entidad, cuyas premisas se van alterando, matizando, en esta novela al compás de las tumultuosas peripecias de sus protagonistas, hasta desembocar en otro punto de vista sobre el choque de civilizaciones en la costa caribeña de los Estados Unidos. El Tom Wolfe que inicia la novela no es el mismo Tom Wolfe que la concluye, o al menos sus puntos de vista cambian sustancialmente al unísono que la experiencia interior de sus dos protagonistas, Nestor Camacho y su novia Magdalena, sometidos a una profunda evolución emocional y aprendizaje ese microcosmos globalizado de Florida.

De ahí el dilema planteado por el propio título de la novela, que en la edición original del año pasado rezaba: Back to Blood, literalmente: “Vuelta a la sangre”, ahora cambiado en la edición española por Bloody Miami. Back to Blood era una referencia explícita a las convicciones naturalistas esgrimidas provocativamente hasta ahora por Tom Wolfe como principio revitalizador de una novela norteamericana aparentemente inclinada, en los últimos tiempos, a perderse en un rompecabezas de asuntos triviales que pierden de vista los retos del conjunto de la nación. Su reivindicación del naturalismo de Émile Zola y su precedente en Honoré de Blazac, no se limita a reclamar una vasta documentación de la realidad nacional, tomando voluminosos apuntes al natural antes de ponerse a escribir -operación que Tom Wolfe perfeccionó extraordinariamente con sus grandes obras dentro del "Nuevo Periodismo”. Su recuperación de Zola fue, en realidad, mucho más drástica, retomando aquellas premisas naturalistas según las cuales se puede predecir el comportamiento de una persona -y, en su caso, de un personaje- si se conoce con exactitud su ambiente social y su naturaleza fisiológica. En Wolfe, la fisiología está íntimamente relacionada con la procedencia étnica, y estos materiales básicos etnográficos de la conducta humana serían más potentes cuando operan en una sociedad materialista que borra las creencias. Así lo formula en el capítulo inaugural de Bloody Miami, el director del Miami Herald, a la vista de una multitud de hispanos enriquecidos dentro de un restaurante estratégicamente bautizado como Balzac. Se dice a sí mismo, el personaje, en un discurso mental: “¡Todo el mundo… todos esos… están unidos por lazos de sangre! La religión agoniza… pero siempre hay que creer en algo. Así que, amigos míos, solo nos queda el linaje, la sangre. ’¡La Raza!’, como gritan los puertorriqueños. ’¡La Raza!’, grita el mundo entero. A todo el mundo, a la gente de todas partes, le queda una última cosa en la cabeza: ¡los lazos de sangre! A todo el mundo, en todas partes, solo le queda una cosa… ¡Volver a la sangre!” Back to Blood.

Desde este supuesto, el autor de La hoguera de las vanidades explora el dédalo de linajes étnicos que entran en confrontación en Miami, desde los anglosajones hasta las comunidades hispanas, prácticamente monopolizadas por los cubanos anticastristas, así como los emigrantes haitianos, los afrodescendientes destronados como primera minoría, o los oligarcas rusos, abocados entre sí a un frenético enfrentamiento que hace añicos todas las buenas intenciones de las doctrinas favorables a las sociedades multiculturales. La cuestión central que plantea Tom Wolfe coincide rigurosamente con el debate propuesto por Samuel P. Huntington en ¿Quiénes somos? Los desafíos a la identidad nacional estadounidense. Ambos se interrogan sobre la verdadera lealtad de los nuevos grupos étnicos a la identidad norteamericana basada en el Credo establecido por los primitivos colonos, con su fe cristiana, su habla angloparlante, su ideología política sustentada en los ideales de libertad, democracia, individualismo, propiedad privada, moralismo público y ética protestante del trabajo, principios que posteriores oleadas de inmigrantes debieron asumir.

¿La gran minoría hispana estadounidense será capaz de amoldarse a ese Credo fundacional, o lo romperá dejándose llevar por un retorno a las creencias que trae consigo el linaje étnico y cultural de donde proceden? ¿Sería así posible una lealtad nacional, una integración auténtica? Nestor y Magdalena, segunda generación de cubanos huidos del régimen castrista, que ya han olvidado gran parte del español hablado en sus hogares sin llegar a dominar en todos sus matices y registros cultos el inglés de la nación a la que ahora pertenecen, se convierten en unos nuevos Hansel y Gretel que deben adentrarse en el peligroso bosque urbano plagado de trampas que es la ciudad de Miami. Los dos han crecido en el distrito de Hialeah, gueto de inmigrantes cubanos, con su estilo de vida estancado y castrador donde las oportunidades de desarrollo vital son prácticamente nulas. Es un fuerte instinto de vida el que les impulsa a salir de ese reducto protector guiados por su exuberante vitalidad. Cuando cierto sector de la crítica norteamericana ha reprochado a Wolfe la gigantesca musculatura que le atribuye a Nestor o la dionisiaca voluptuosidad que acompaña al cuerpo de Magdalena, quizá no han tenido en cuenta su dimensión simbólica. Tom Wolfe está siguiendo a su maestro Zola. Baste recordar novelas como Thèrése Raquin, donde su protagonista experimenta una fogosidad fisiológica heredada de su origen africano y es compartida con la ciclópea corpulencia de su amante y asesino Laurent, lo que explica sus brutales arrebatos ante un entorno exánime. Otro tanto ocurre con Nestor Camacho y su frustrada novia, por más que en este caso la pareja tome direcciones opuestas. Su cargo de policía obliga a Nestor a decidir si será fiel a los lazos de sangre o a principios éticos superiores. El título original de la novela: vuelta a la sangre, era ya un augurio de que ocurrirá lo primero. Sin embargo a cada reto que se le presenta, Nestor reacciona guiándose por fundamentos éticos basados en el valor, la abnegación, el esfuerzo, el instinto de justicia, que van forjando una experiencia interna cada vez más rocosa, por encima de las creencias del gueto y también más elevadas que el Credo fundacional estadounidense que debía servirle de modelo.

El propio Tom Wolfe parece haber seguido en sí mismo esa misma línea de aprendizaje interior de su héroe: milagros de la ficción. Nestor romperá con su comunidad y los lazos de sangre que le unen a ella, pero no se sumará al Credo norteamericano, sino a unos valores universales que están más allá de la identidad nacional norteamericana, y que en las últimas décadas han sido ensalzados en Estados Unidos por teóricos de la moral como John Dewey, Thomas Scanlon o Robert Audi. El fatalismo fisiológico de los naturalistas se ha roto y el Credo forjado por los colonos no es ya la única vía de integración y lealtad a Estados Unidos. Es necesario recordar los estrechos roles raciales que Tom Wolfe venía aplicando a los protagonistas de sus novelas precedentes, como Todo un hombre, Emboscada en Fort Bragg o Yo soy Charlotte Simpson, para percibir la fuerza con la que Nestor Camacho, en su transfiguración, rompe con cualquier estereotipo racial-cultural. Con este personaje, Tom Wolfe ha superado sus más enquistados prejuicios, alcanzando otra perspectiva sobre la confrontación entre grupos culturales-étnicos y vislumbrando una forma de unión que no se sustenta en la simple supremacía de la visión del mundo anglosajona. No es casualidad que le haya bautizado con el nombre de: Nestor, como el capitán de los intrépidos navegantes griegos en busca del “vellocino de oro” mencionados en la Ilíada, y tampoco es un azar que la primera hazaña de Nestor en Bloody Miami sea una peripecia marítima. El nuevo “vellocino de oro” es aquí un conjunto de premisas éticas capaces de integrar comunidades étnicas antagónicas a través de valores universales superiores a cualquier identidad nacional.

Magdalena representa un lance inverso. Deslumbrada por el lujo, la fama y el formidable éxito de la sexualidad, su salida del gueto está asociada a atractivos millonarios cuyas actividades tienen siempre un denominador común: el exceso y la falta de límites. Es reveladoramente curioso que Tom Wolfe cite a un solo teórico en el transcurso de la novela: Veblen, es decir, Thorstein Bunde Veblen, autor de La teoría de la clase ociosa, obra donde analiza el derroche que caracteriza la ostentación de las clases ocupadas únicamente en disfrutar de sus grandes fortunas, lo que preludia su descalabro histórico. Magdalena pasa de mano en mano por cada uno de esos estafadores instalados en la desmesura, la jactancia y el boato -sean anglosajones o mafiosos rusos-, cuya falsedad tarda demasiado en descubrir. También aquí su nombre, Magdalena, no parece casual sino que nos evoca de forma deliberada a ese personaje evangélico que simboliza a la mujer arrepentida después de una vida licenciosa. Bloody Miami se transforma así en una potente fábula moral que reivindica la perentoria utilidad, personal y política, de un puñado valores morales de carácter universal.

El último aspecto que caracterizó al naturalismo, el estilístico, jamás afectó a Tom Wolfe. Ya en los tiempos lejanos en que este movimiento cobró carta de naturaleza en Estados Unidos, un jovencísimo Raymond Chandler sentenciaba que ese estilo nacía de un “ojo mecánico y laborioso. La persona menos imaginativa y menos educada del mundo -señalaba- puede describir chatamente una escena chata.” Esto nunca ha tenido nada que ver con Wolfe. La brillantez de su lenguaje, la armonía imitativa de palabras y frases, los cientos de registros coloquiales entrecruzados, la formidable expresividad de sus rápidas descripciones, la óptica siempre sorprendente para captar cada acción, lo colocan justo en el polo opuesto de un “ojo mecánico”. Cada capítulo, animado por una inaudita movilidad, crea un suspense de la mejor ley que nos arrastra como lectores a la misma velocidad con que se desplazan sus protagonistas y afrontan una sucesión torrencial de imprevisibles percances de los que siempre es un reto salir indemne. Deleite estético, arte dinámico, precisión asombrosa, creatividad inexorable, línea tras línea, deslumbran ininterrumpidamente en una novela donde no hay tiempos muertos. Bienvenido un nuevo Tom Wolfe que se despoja de viejos estereotipos ideológicos y conserva, acrecentada, toda su energía inventiva.


Por Rafael Fuentes
¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (0)    No(0)

+
0 comentarios