Azorín y Catalunya
José Manuel Cuenca Toribio
sábado 04 de enero de 2014, 19:15h
Como antepenúltimo orfebre del idioma castellano -tras de él, en la cronología, Cela y M. Vicent-, el escritor alicantino precisaría, llegada la ocasión, todos los sustanciales matices que diferencian los vocablos –hodierno de pródigo uso: las circunstancias mandan- veleidad, versatilidad y volubilidad, adunados y deturpados en su abundante empleo mediático. En su vida política, tan tornasolada, es sabido que agotó sus acepciones, con –queda dicho- sus continuos zigzagueos, altibajos o, más vulgar y expresivamente, “cambios de chaqueta”: de anarquista y republicano a monárquico y franquista, sin excluir algunas variantes de tales creencias y adhesiones.
Empero, conforme también es muy conocido, tan alucinante trayectoria pública se compaginó con un amor casi carnal a España, cuya identidad tradicional se reivindicó por su incesable pluma en sus hombres, hazañas, paisajes físicos y espirituales, monumentos, gentes, ciudades, aldeas, poetas, artistas, santos, soldados, gobernantes, repúblicos, sabios… Probablemente nadie ha descrito como él la distinta fisonomía de las regiones españolas. Antropología e historia de las diferentes teselas del mosaico hispano hallaron en él un cantor insuperable por la hondura del sentimiento y la penetración psicológica y social. Bastante más de la mitad de su inabarcable publicística lo testimonia de modo irrefragable.
Pero, extraño fenómeno, Catalunya no figuró, según están al tanto sus más asiduos lectores, con especial relieve en su geografía sentimental. Para explicarlo no cabe aducir el consabido argumento de la “castellanización” de los integrantes de la generación del 98. Debió haber más, mucho más en el silencio o preterición de la escritura azoriniana acerca de la comunidad proel de los destinos contemporáneos del país –realidad incontestable, claro es, sobradamente percibida por el autor de España (libro antológico en todos los planos, en el que, sorprendentemente, las alusiones al Principado no sobrepasan el dígito…). Al bucear en las raíces del hecho no habrían de desecharse las causas más insólitas, al igual que ocurre en su caleidoscópico itinerario doctrinal que no cabe atribuir en exclusiva al simple oportunismo.
Tema, sin duda, asaz sugestivo, mas de imposible inclusión en un artículo periodístico. Con todo, ha de de recordarse que, en personalidad tan tornadiza, su devoción hispostática hacia D. Francisco Pi i Margall permaneció inalterable desde la más temprana mocedad hasta la vejez. Las varias semblanzas que de él trazara tienen como común denominador, aparte, por supuesto, de la perfección estética, la admiración más rendida al temple moral y la idealidad encendida del patricio catalán. En su recuerdo, sobrevenida, como en cualquier otro régimen democrático o no, la crisis catalana en los días de la Segunda República, afirmaría el autor de Los Pueblos: “El problema de Cataluña es capitalísimo en España. Presten a ese problema toda su atención los políticos republicanos. Nada de vaguedades ni de aplazamientos. Desde el primer instante, la más absoluta lealtad para el amigo y la más completa claridad para los aliados”.
A las veces, la lección de los clásicos no se circunscribe a la literatura.