RESEÑA
Isaac Rosa: La habitación oscura
domingo 05 de enero de 2014, 12:22h
Isaac Rosa: La habitación oscura. Seix Barral. Barcelona, 2013. 256 páginas. 18 €. Libro electrónico: 9,99 €
“No te quedes ahí. Vamos, entra, ya estamos todos. Tras la cortina, la puerta: está abierta, solo tienes que empujarla mientras en tu espalda pesa la tela que se cierra dejando atrás la escasa luz del pasillo. La puerta cede sin esfuerzo, y al avanzar un par de pasos sientes que la oscuridad se ha solidificado en tu cara, áspera, pero no: es el segundo cortinaje, que pende de una barra en semicírculo para no entorpecer el recorrido de la puerta. Parece una exageración dos cortinas, pero solo así estamos seguros de que no se filtra ni una aguja de claridad cada vez que alguien entra o sale de la habitación oscura”. Con este arranque, sin duda sugerente, comienza la última novela de Isaac Rosa, en la que nos invita a internarnos en esa habitación oscura que alcanza la categoría de metáfora y microcosmos que va adquiriendo a lo largo del relato diversos significados.
Novela coral, sus protagonistas son doce jóvenes -en absoluta paridad: seis hombres y seis mujeres-, que van camino de dejar de serlo y ante ellos se presenta un futuro no precisamente halagüeño. El pasado, por el contrario, sí fue feliz, aparentemente feliz. Esos jóvenes, que forman un grupo de amigos, decidieron construirse un espacio muy particular y privado donde no existieran normas ni convenciones, donde pudieran dar rienda suelta a sus deseos y mantener allí relaciones sexuales sin saber quién es tu pareja. La búsqueda del placer como manera de rebeldía presidía la vida de estos jóvenes que lo tenían todo, que crecieron en un momento de opulencia que pensaban iba a ser eterna, y a la que creían tener absoluto derecho. Se las prometían muy felices, pero todo estalla en mil pedazos y la fiesta se termina. Los cachorros se hacen mayores y llegan los apremios. Y, sobre todo, una inclemente crisis que golpea sin piedad. La habitación oscura se convierte entonces en un cobijo en el que guarecerse de la muy ingrata y angustiosa realidad -como cuando a Sergio le comunican mediante un frío mensaje en su móvil que está incluido en el despido colectivo de su empresa- o en el que idear posibilidades de resistencia, donde entran en juego incluso actividades de hacker. Pero quizá sea demasiado tarde. En esa habitación, junto a la ausencia de convenciones también anidaba la falta de conciencia. De conciencia a secas y, sobre todo, de conciencia de clase: “El mundo se desmoronaba mientras nosotros follábamos felices”. Ahora son vulnerables personal y socialmente y el presente y el futuro son terriblemente inciertos y desoladores.
Con La habitación oscura, Isaac Rosa avanza un paso más en su concepción de una literatura que no elude el aquí y ahora, combativa y de denuncia -recordemos, por ejemplo, El país del miedo y La mano invisible-, marcada por un gran componente crítico y autocrítico, en este caso con su propia generación y la distancia que se estableció entre lo que pretendía ser y lo que fue. Porque se trata de hacer reflexionar sobre que si bien es verdad que el sistema y los poderosos solo piensan en su propio beneficio, aun a costa de arruinar vidas, no lo es menos que entre quienes sufren ese sistema despiadado domina la escasa, por no decir nula, unión y solidaridad, que permitiría hacerle frente con mayor eficacia. Muy al contrario, como se ve en esta novela, al significativo grupo de amigos no le resultan ajenas traiciones y engaños. Isaac Rosa -colaborador de varios medios, entre ellos eldiario.es y miembro del colectivo Qué hacemos- apuesta claramente por el compromiso del escritor y por una literatura de denuncia, que pueda despertar las conciencias dormidas e incluso ser un instrumento para la transformación social. Sin embargo, su estética no se corresponde con viejos y tópicos moldes de este tipo de propuestas, sino que maneja con soltura exigentes y variados registros, y hace gala de un logrado estilo propio, habiéndose convertido en uno de los escritores más reputados de nuestra actual narrativa.
Por Carmen R. Santos