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Los nacionalismos y la Constitución

Alejandro Muñoz-Alonso
lunes 13 de enero de 2014, 19:59h
Desde los orígenes de la presente etapa democrática aquí se ha distinguido, usualmente, entre distintos tipos de nacionalismos. Se utilizaba mucho la expresión “nacionalismos excluyentes” para denominar a los más radicales, que exhibían abiertamente sus pretensiones separatistas y que, incluso, practicaban la violencia terrorista o, al menos, no la rechazaban de principio. Solía concluirse que tales grupos eran incompatibles con la democracia, aunque nuestro ordenamiento jurídico –a diferencia del de otros países europeos- fue siempre muy tímido y, por mor de un amplísimo y discutible concepto de eso que se llama el “garantismo, tuvo siempre muchas dudas a la hora de excluir a tales grupos del juego político y de las instituciones.

Hubo un fiscal general del Estado que acuñó la expresión “Guantánamo electoral”, con la que pretendía defender la tesis según la cual, incluso esos grupos que no descartaban totalmente la violencia y que se colocaban en posiciones clara y netamente “antisistema”, debían gozar de las mismas oportunidades políticas que aquellos otros que acataban estrictamente la Constitución y las instituciones que de ella derivan. Aquel fiscal llegó a decir que las togas de quienes encarnan el Poder Judicial “tenían que mancharse con el polvo del camino”, que era una manera de invitar a comportamientos dudosamente amparados por las leyes vigentes. Todo ello para intentar adaptarse a los vientos políticos imperantes, aunque la letra y el espíritu de la ley lo rechazasen categóricamente.

Cuando el Tribunal Constitucional, en neta contradicción con lo que había decretado el Tribunal Supremo y, muy probablemente, excediéndose en sus atribuciones, legalizó a una de las ramas de la llamada “izquierda abertzale” –cobertura inequívoca de la banda terrorista ETA- esta concepción jurídica, que algunos han bautizado como “uso alternativo del derecho” y que, para mí, no es más que una variante de la tesis soviética de la “oportunidad revolucionaria”, llegó a su clímax y adquirió todas las cualidades del precedente jurídico, es decir, creó jurisprudencia. De ahí a convertir el Estado de derecho en una quimera no había más que un paso.

De la doctrina de los “nacionalismos excluyentes” se derivaba implícitamente que los otros nacionalismos -¿los llamamos “incluyentes”?- serían perfectamente compatibles con la Constitución y, en ningún caso, podrían catalogarse como antisistema. Así se ha aceptado en estas tres últimas décadas de democracia. Más aún, estos nacionalismos “no excluyentes” se han considerado como un elemento fundamental del sistema a cuya “gobernabilidad” habrían contribuido decisivamente, como sus dirigentes se han encargado de airear, con ocasión y sin ella. Ahí está el caso de Pujol que hasta llegó a ser etiquetado como “hombre de Estado” (aunque nunca nos explicaron a qué Estado se referían).

En esa línea se les permitió que esos nacionalismos, supuestamente aceptables y constitucionales, elevasen a sus comunidades autónomas a la categoría de “nación”, en contra de la letra de la Constitución y de la misma historia; que calificasen, falsamente, al Estado español como “plurinacional” y hasta que se apropiasen en exclusiva del adjetivo “nacional”, que siempre se había utilizado para denominar a lo que se refería a toda la Nación española, la única que existe –repetimos- en la Constitución y en la historia. Zapatero lo aceptó dócilmente y así vimos como, por ejemplo, la Agencia Nacional de Meteorología, se transformó en “Agencia Estatal”. Hasta a un vulgar concurso particular o privado de cualquier cosa o una asociación de cualquier tipo se le denomina ahora “estatal”, aunque nada tenga que ver con él ningún organismo del Estado. No me digan que no es divertido oír hablar de un concurso de poesía estatal. Pero todo era muy coherente; al fin y al cabo, ¿no había dicho Pujol que España no era una nación sino un artilugio jurídico tan artificial que podía desmontarse a capricho? En contraposición, claro está, a una Cataluña que sería tan eterna, por lo menos, como el sistema solar.

Lo ocurrido en los últimos tiempos en España -en Cataluña y en el País Vasco, especialmente- creo que echa por tierra esa tesis de los diferentes nacionalismos y nos permite llegar a la conclusión de que todos los nacionalismos son iguales, todos son antisistema porque, aunque utilicen el sistema constitucional y se acomoden a él –siempre en beneficio propio y obteniendo ventajas abusivas- cada vez es más evidente su voluntad de dinamitar la Constitución, en su letra y en su espíritu. Y lo de dinamitar, tómese en sentido figurado –aunque a algunos les resulta difícil ocultar que les encantaría el sentido literal- porque es cierto que estos otros nacionalismos no practican la violencia pero, muy a menudo, no pueden evitar la simpatía o proclividad con que contemplan a aquellos otros grupos –por ejemplo, el PNV respecto de la llamada “izquierda abertzale”, cobertura de ETA- que ni han hecho una renuncia definitiva a la violencia, ni han entregado las armas, tan mortíferamente utilizadas en tiempos pasados.

El espectáculo del PNV de la mano de Sortu, apadrinando un acto a favor de los presos de ETA, que están en la cárcel porque son criminales, no hermanas de la caridad, es bien significativo. Vuelven a Estella porque, en definitiva, tienen más en común con todo ese aparataje “político” de ETA, que con los partidos que defienden la Constitución y cuanto significa. Comparten fines y estrategias y se diferencian solamente en las tácticas empleadas. Es lo mismo que ha hecho CiU en Cataluña entregándose a ERC, la cual a su vez, por medio de Carod Rovira, ya había cerrado el círculo pactando con ETA en Perpiñán. Lo que no parecen entender ni Urkullu ni Mas es que si hay una regla fija en la historia de los movimientos políticos y sociales es la de que siempre los más radicales acaban imponiéndose a los falsamente llamados moderados, porque yo creo que en ese mundo la moderación no existe por ningún lado.
Por poner solo algunos ejemplos, los jacobinos se “merendaron” a los girondinos, los bolcheviques a los mencheviques y, aquí en España, en el año 1937, los stalinistas aniquilaron físicamente a los trotskistas. ERC está en vías de quitarle la primacía a CiU y los amigos de ETA pueden acabar con el PNV. Y ya parece tarde para poner remedio porque desde el PNV se ha nutrido abiertamente “a los chicos de la bomba”, que al fin y al cabo nacieron de sus entrañas y en CiU hay una secreta admiración por una ERC, más antigua y más coherente en sus fines y objetivos que el batiburrillo interesado que dio origen al pujolismo. Los tiempos han cambiado, dicen en el País Vasco. Y tanto; los “derrotados” pro-etarras están en las instituciones y los “moderados” del PNV simpatizan con ellos y les protegen. Lo que no dicen es adónde llevan esos cambios, si no se recupera la sensatez y la decencia.

Lo curioso y hasta risible es la extraña admiración de Mas por “las bayonetas” de 1714, sin aclararse de que, en aquel momento, en Cataluña, hubo tantos catalanes con “bayonetas” borbónicas como habsbúrguicas, si no más. ¿Creen que con Carlos VI de Austria les hubiera ido mejor? Que estudien la actuación de este monarca cuando fue emperador y podrán sacar conclusiones. Pero es demasiado pedir a los nacionalistas excluyentes o incluyentes. Son unos genios utilizando la historia, pero sin leerla en serio. Trescientos años después de aquello, ¿pretenden engañar a alguien haciéndoles creer que aquella de guerra de Sucesión fue una guerra de Secesión? Y si lo hubiera sido, ¿no les da vergüenza celebrar un fracaso –que sería el enésimo- y utilizar como héroe “nacional” a un probo funcionario del Estado…español, como Casanova? Aquí he citado muy a menudo a Churchill. Hoy vuelvo a hacerlo. Al Churchill que advertía al Gobierno de Chamberlain que ceder ante Hitler –como ellos ceden ante los radicales- conducía al desastre: “Si un Gobierno no tiene escrúpulos morales, parece a menudo que obtiene grandes ventajas y libertad de acción, pero todo se hace visible al final del día y todo se hará aún más visible cuando llegue el final de todos los días”. Y no creo que Churchill se refiriera al Juicio Final.

Alejandro Muñoz-Alonso

Catedrático de la UCM

ALEJANDRO MUÑOZ-ALONSO es senador del Partido Popular

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