Se dice que la venganza es un plato que se sirve frío. No piensan así, sin embargo, la detective Ágata Blanc y Gaby, novio de la joven Olalla, muerta en extrañas circunstancias en lo que parece fue un accidente de tráfico. Los dos protagonizan esta novela negra de Jesús Ferrero, en la que el escritor zamorano vuelve a sacar a la palestra a la singular investigadora ideada por él en un título anterior,
El beso de la sirena negra, donde Ágata Blanc se enfrenta a su primer caso. Ágata presenta unas características peculiares y ha entrado por derecho propio en la nómina de detectives que pueblan el rico universo de la novela policiaca. Es medio francesa, medio española, estudió en la Sorbona -que abandonó cuando se suicidó su director de tesis, con quien al parecer había mantenido una tórrida relación-, y vive a caballo entre Francia y España. Está soltera y es bastante solitaria. Aunque su inteligencia destila una cierta frialdad, se implica emocionalmente en los casos, por lo que su amiga Eva le dice: “No debes convertir todos los casos en los que trabajas en experiencias fundamentales. Eso es una locura. Una puede acabar matando”. Tiene una concepción propia de la justicia y de la moral, en la que sin duda estaría muy de acuerdo con la cita de Jean-Paul Sartre que encabeza
La noche se llama Olalla: “Detesto a las víctimas cuando respetan a sus verdugos”.
Ágata y Gaby no solo no respetan a los verdugos de Olalla, sino que no están dispuestos a que su acción quede impune. Unos verdugos a los que pronto conocemos: Víctor, Julio y Bastian, que cometen un crimen que tiene no poco de gratuito. Si rápidamente se revelan sus nombres es porque Ferrero no se propone hacer una novela-enigma, donde solo prácticamente al final se descubre al asesino, sino una novela negra más en la sentido de, por ejemplo, Patricia Highsmith, autora que
Ferrero ha señalado como su predilecta en este género. A Ferrero le interesa adentrarse en las zonas oscuras del ser humano, a la vez que poner de manifiesto que la línea entre el bien y el mal es muy delgada, y explorar aquí el impulso de venganza, una de las pasiones que se abordan en su sugerente trabajo
Las experiencias del deseo, que se alzó con el Premio Anagrama de Ensayo.
Asimismo, no deja de estar presente el gran potencial de la novela negra para resaltar problemas y cuestiones sociales. Ferrero ambienta su novela en 2012, año en el si bien no se acabó el mundo según pronosticaban, sí ocurrieron luctuosos sucesos como el hundimiento del Costa Concordia -y no hace falta señalar el carácter simbólico del naufragio de un barco con ese nombre-, o la matanza en un cine de Denver en el estreno de Batman, hecho que recoge y comenta Olalla en su diario. Y la sitúa en un Madrid marcado por la crisis y en decadencia, donde están a la orden del día los desahucios y los conflictos, apuntando uno de sus personajes sobre la situación española en ese momento: “Se empieza a parecer bastante al infierno. Como sigan así se van a quedar sin clase media, y entonces sí que va a ser el espanto y el rechinar de dientes. Han aumentado las enfermedades mentales”.
Desde que publicó su primera novela, ‘Bélver Yin’ -Premio Ciudad de Barcelona 1982- saludada como pionera de nuevos caminos en la narrativa española, Ferrero ha dado a la imprenta un buen número de novelas -
El efecto Doppler,
El secreto de los dioses,
Balada de las noches bravas,
Las trece rosas…- en los que ha dado cuenta de sus distintos intereses y variedad de registros. Variedad que amplió con éxito en 2009 al
thriller y que ahora retoma con este nuevo caso de la detective Ágata Blanc. Novelas que pueden encuadrarse en el género negro, pero en las que Jesús Ferrero no baja el listón de exigencia narrativa.
Por Carmen R. Santos