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La revolución del bulevar (De Franco a Gamonal)

lunes 20 de enero de 2014, 20:13h
Hay quien ha explicado con una enorme facilidad los incidentes de Burgos -con “espontáneas” (?) repercusiones en Madrid y otras ciudades españolas- y hasta ha encontrado justificaciones de peso para esa insólita agitación urbana, incluidos los graves estallidos de violencia que, como viene siendo habitual, han acompañado a las “justas” (?) reivindicaciones ciudadanas. La crisis económica estiman que lo justifica todo, a veces parece que incluido el vandalismo más atroz. Todo ello en nombre de esa supuesta “legitimidad de la calle”, que aquí se puso de moda con el llamado 15-M (precisamente en vísperas de las elecciones municipales y autonómicas de 2011), y que ha tenido después diversas manifestaciones, hasta un intento de ocupar el Congreso de los Diputados.

Algunos, sin embargo, no entendemos nada o, quizás, lo entendemos todo demasiado bien. No se entiende que una infraestructura urbana que, además de figurar en los programas electorales de los dos partidos más importantes y que se aprueba por mayoría absoluta, siguiendo todos los trámites reglamentarios de información, participación y consulta ciudadanas, que gozaba en suma de un amplio apoyo de la opinión pública afectada, de pronto se convierte en una inaceptable imposición que exige la protesta más virulenta y continuada. Hasta el punto de que la bárbara destrucción del mobiliario urbano se considera como “peccata minuta” frente a la supuesta racionalidad, justicia y oportunidad de la protesta.

Una protesta en la que, sin duda, han participado muchos de los burgaleses que habían dado su voto a los partidos que proponían la creación del bulevar, que ya no se va a construir. Que se sepa, no se han organizado manifestaciones para que se cumpla lo que había sido democráticamente decidido. ¿Quién va a pagar los destrozos producidos por esos exquisitos demócratas con capucha y cóctel molotov? Algo caerá sobre los ingenuos ciudadanos que, de pronto, se han acordado que no había dinero para la obra, pero sí lo habrá –qué remedio- para reponer las consecuencias de las salvajadas de estos delicados defensores de los intereses de la ciudad, incluidas las indemnizaciones a las empresas cuyos contratos ahora se incumplen.

Ya sabemos que la opinión pública, como “la donna” de la famosa aria de la ópera de Verdi (que hoy sería condenado inmisericordemente por machista/antifeminista) “é mobile qual piuma al vento, muta d’accento, e di pensiero”. La opinión pública es voluble, cambia con bastante facilidad del Domingo de Ramos al Jueves Santo, y es susceptible a cualquier campaña bien organizada. La izquierda maneja muy bien las tácticas de agit/prop, como hemos explicado aquí en diferentes ocasiones. Si quien gobierna es el centro-derecha la praxis leninista, cuya eficacia es indudable, se ha utiliza a menudo con diverso éxito.

Un presidente filipino que, si no recuerdo mal se llamaba Estrada, fue derrocado por una bien organizada campaña con el instrumento de los teléfonos móviles en 2001. El mismo año, en Génova (Italia) una cumbre del G -8, sufrió las arremetidas de un ejército de vándalos llegados de toda Europa. Algunos usaron aquí también los móviles el 13 de marzo de 2004 llamando al acoso de las sedes del PP y acusando de “asesinos” a sus miembros. Y desde que se han popularizado las redes sociales la capacidad de movilización se ha multiplicado.

Una galaxia de grupos antisistema, que han hecho bandera del anticapitalismo, del antiparlamentarismo y de la lucha contra el poder establecido –cuando es de centro-derecha- se han constituido en “ejército de reserva”, dispuesto a trasladarse adónde se les convoque digitalmente para poner en práctica unas bien aprendidas tácticas de guerrilla urbana, que disponen de manuales y de cursos de “formación”, más eficaces que algunos de los que organizan los sindicatos. Ignoro si la policía tiene información de quién y cómo se pagan esa organización y toda su logística.

Seguramente muchos burgaleses se han manifestado porque, desde hace mucho o desde hace poco, no les gusta el bulevar de Gamonal. Están en su derecho. Pero, sin quererlo, se han convertido –y lo digo con el máximo respeto a las personas- en lo que en la era de la Guerra Fría se llamaban “tontos útiles” o “compañeros de viaje” de los grupos radicales que han capitalizado a favor de sus intereses la protesta ciudadana. Porque lo que hemos visto y oído en las televisiones es un flamear de decenas de banderas republicanas que no sé qué tienen que ver con el bulevar. Se ha difundido el lema de que Gamonal era la chispa revolucionaria que iba a incendiar a toda España y sus pancartas clamaban que “la calle es nuestra”, frase que cuando, hace años, se le ocurrió decir a un ministro que quería imponer orden en las calles, le valió todos los vituperios imaginables. “La calle es de todos”, se dijo entonces, lo que no deja de ser una razonable proposición. Hasta ahora –podría decirse- en que la calle ya no es de todos porque se ha convertido en monopolio de esos vándalos organizados que incluso consiguen que un ayuntamiento se trague una resolución tomada en debida forma y con todos los requisitos legales y reglamentarios.

Es una más de esas ironías de la historia -de las que hace más de medio siglo hablaba Reinhold Niebuhr- que Burgos, que fue la primera capital del franquismo y donde se formó el primer gobierno de la dictadura, algunos quieran ahora convertirla en capital de la próxima, inminente revolución española que nos va a llevar a esos paraísos que la izquierda no deja de prometer. Y cuando logra hacerlos realidad generan el “paraíso soviético”, por el que algunos perecen sentir una nostalgia tan irrefrenable como plagada de ignorancia. En una democracia nadie duda de que los ciudadanos tienen derecho a protestar, pero también a no dejarse utilizar por quienes quieren escamotearles sus conquistas democráticas, en nombre de valores que no solo no comparten sino que, muy a menudo, les repugnan.

Pero los incidentes de Burgos tienen una vertiente sombría que no se puede dejar de tener en cuenta. El resultado final es que la llamada “legitimidad de la calle”, inseparable de la violencia que siempre la acompaña, se ha impuesto sobre las instituciones democráticas. La lección aprendida por todos esos grupos anti-sistema es evidente: “Hagamos el bestia, que al final todo puede conseguirse”. La democracia deja de existir si las decisiones tomadas por las mayorías legitimadas por la elección popular, ceden ante una minoría decidida a todo, incluida la violencia. Es una aberración que la mal llamada legitimidad de la calle se imponga a la auténtica legitimidad de las urnas y de las instituciones.

Algunos han intentado justificar los incidentes de Burgos en el derecho de manifestación que, últimamente, ha experimentado en España una especie de sacralización. Pero hay que insistir en que ni el de manifestación si ningún otro son derechos absolutos, porque, kantianamente, hay que recordar que tu libertad termina donde empieza la mía y que cuando se ocupa un espacio público SIEMPRE tiene prioridad el derecho de la mayoría sobre la manifestante minoría. Una democracia no está sana si quienes tienen la legítima autoridad no se atreven a imponerla. Después de Burgos, algunos pueden llegar a la conclusión de que más que votar, lo que hay que hacer es aprender y practicar el arte de la algarada callejera, que al final resulta tan eficaz. Ahí empezaría el fin del Estado de Derecho.
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