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La revolución gobierna en "el Gamonal"

viernes 24 de enero de 2014, 20:02h
Un Ayuntamiento elegido democráticamente por sus vecinos, con mayoría absoluta del PP, toma una decisión en un pleno municipal – esto es una norma legal, un decreto municipal - por amplia mayoría, de instalar un bulevar en un barrio de la ciudad. Recién iniciadas las obras muchos vecinos de ese barrio – si bien no la mayoría -, apoyados por personas forasteras que no conocían el barrio en su inmensa mayoría, deciden protestar contra la medida, y algunos hacen que no se pueda llevar adelante las obras por las bravas, con el uso de la violencia, quemando las casetas de los obreros y destrozando materiales de la obra. El Alcalde, viéndose no defendido ni secundado por la Fuerza Pública Nacional, temeroso de que la violencia callejera se desborde y afecte a la integridad de las personas, toma la decisión de parar la obra. La Revolución ha estallado en Burgos. La sola violencia callejera es capaz de disolver una orden tomada con el procedimiento previsto por las leyes. Como la violencia de la calle no ha sido contrarrestada por la violencia de la ley y el orden, se ha enseñoreado esta violencia de la calle consiguiéndose lo que la fuerza mayor – no la mayoría - quería. No es que los vecinos hayan convencido a los ediles de que la decisión tomada por el Alcalde era incorrecta, no ha habido ningún proceso de convencimiento o conato de persuasión al equivocado Ayuntamiento por parte de la mayoría, no ha existido una presentación de una resma de folios encuadernada con firmas de la mayoría de los vecinos frente a la medida edilicia, no se ha tratado de persuadir a ningún grupo de la Oposición a que presente una moción de censura contra el Proyecto, no se ha recurrido, en fin, a la persuasión cívica para frenar la orden municipal. Sencillamente la violencia, la fuerza bruta, ha hecho imposible la construcción del bulevar. Esto ha sido una revolución sin más, un flagrante quebrantamiento de las normas de juego consensuadas entre todos los partidos políticos españoles a fin de alterar el resultado del partido. Ha sido una revolución, por mucho que nos empeñemos en circunscribir su ámbito de eclosión triunfante a una mediana ciudad de Castilla La Vieja, y decir que por ello no tendrá consecuencias. Fuenteovejuna no fue una revolución real porque pidió el perdón real, y en ese acto de vasallaje acató el sistema. Pero el caso de Gamonal es distinto; la revolución triunfante se justifica en sí misma, en su propia fuerza victriz. Ha sido una revolución en cuanto a que ha convertido a vandálicos tumultuarios en revolucionarios, al solidarizarse estos contra todos aquellos que combatan la autoridad política constituida de forma legítima. Otra cosa es que discutamos aquí si es una revolución pertinente o no, justa o inicua. Eso es otro asunto. Lo que afirmamos es que hemos asistido a una Revolución de baja intensidad. Lo contrario sería pensar en la única posibilidad que nos queda: que el pueblo haya vencido a un alcalde prevaricador contra el que no hacían nada los jueces, y el gobierno lo haya dejado caer para evitarse problemas.

Quienes afirman que la revolución del Gamonal no lo es porque no se sostiene sobre un principio político o propuesta revolucionaria, olvidan que tantos los principios como propuestas sólo se señalan tras la Revolución triunfante. La mayor parte de los que iniciaron la Revolución Francesa eran monárquicos y apoyaban al Rey hasta la mentira, y sólo los impulsos irracionales del pueblo francés los convirtió en republicanos y tiranicidas. Y quienes iniciaron la Revolución Rusa en febrero de 1917 eran también monárquicos constitucionales, como el propio León Trotsky dejó consignado en su magnífica e insoslayable Historia de la Revolución Rusa. Por otro lado, y desde el punto de vista leninista, la Revolución del Gamonal ha sido una revolución en tanto que supone una crisis de Estado, que ha implicado la total falta de respeto a la autoridad y a sus leyes. Quizás la impunidad con la que han actuado los revolucionarios haya sido una estratagema política del gobierno para no dejar subrayado su ímpetu revolucionario.

La Revolución del Gamonal ha provocado una auténtica cadena solidaria entre muchas gentes de España que jamás han estado en Burgos ni conocen el barrio del Gamonal, pero que por el mero hecho de suponer un ataque a la autoridad pública, ha generado una cadena de disturbios similares, cuyo principal motivo político es desfogar la desesperación, el infortunio y el inmenso dolor que han provocado tanto la crisis económica como la ciclópea y repugnante corrupción de este Régimen, la cual pringa con su miasma desde la Corona al último alcaldillo. Si un estallido social más fuerte que el de Gamonal supiera saltar la espoleta del descontento a lo largo y ancho de todo el territorio nacional, la Revolución comenzada en El Gamonal acabaría siendo una Revolución triunfante.

Los desahuciados del mercado de trabajo son hoy la dinamita de la revolución española, y esta revolución está empezando a gozar de mucha popularidad. No se trata de ninguna tontería. Cuando uno lee los panfletos que Lenin o Stalin escribían durante la Revolución Rusa ( y antes los de Marat, “El Amigo del pueblo”, en la Revolución Francesa ) fundamentaban la sublevación en lo mal que lo estaba pasando el pueblo, y no en una alternativa política que señalase con claridad una determinada forma de gobierno y una forma específica de Estado, de lo que el pueblo ruso se enteró después ( lo mismo que el francés anteriormente).

Hace casi un año, en el Martes de Carnaval de 2013, y bajo la estrella trágica y sensitiva de Larra, Luis María Anson pronunció una clarividente conferencia en el Club Siglo XXI en el que dejó claro que si este Régimen no es valientemente modificado y profundamente reformado, en aquellos engranajes que más nos están fallando, por aquellos que ahora mismo están dentro de él será aniquilado por completo y sin piedad por una Revolución que no sólo levantará una nueva máquina de Estado, sino que variará sensiblemente el territorio y los habitantes sobre los que el nuevo Estado se yerga. Aunque vimos numerosos políticos en aquella conferencia, diríase que todavía no la han oído o la olvidaron en seguida.

Ahora bien, el hambre, la pobreza y la corrupción masiva del poder ( imaginémonos que existiese en España una Infanta choriza, que seguro que es una fantasía ) no sólo representan un combustible magnífico para la Revolución desde las “res novae” de los Hermanos Graco, sino que también representan lo mismo para el fascismo desde la Acción Francesa y Benito Mussolini. Y el peligro radica en que un pueblo que ve que sólo van a la cárcel los pobres diablo y los muertos de hambre, mientras que los grandes criminales que dejan los campos y las ciudades de España desolados con sus elefantiásicas rapiñas no sólo no van a la cárcel sino que echan de la judicatura a los jueces honrados, es un pueblo que puede que no moverá un dedo en defensa de esta farsa de Democracia.

Vivimos por ello tiempos de peligro, pero también de fundada esperanza.
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