Estrellas en serie
Alberto Pérez Castellanos
domingo 26 de enero de 2014, 19:28h
La formación de todo aquel que trabaje en el mundo de la comunicación tiene en el séptimo arte una de sus patas. Años de carrera analizando a Welles, Hitchcock o Wilder crearon en mí, y muchos de mis compañeros, una asociación casi automática entre la belleza y el cine, una relación que no veíamos tan clara con la televisión. Aunque ambas llevan décadas elaborando productos destinados al mero entretenimiento, durante los últimos años asistimos a un progresivo cambio de papeles en unos aspectos y a una mimetización en otros.
Es cierto que seguimos disfrutando en la gran pantalla de buenos productos, incluso dentro de los considerados grandes lanzamientos comerciales, pero hay muchos que ya opinan que la esencia del séptimo arte se disfruta en mayor calidad y cantidad en su hermana pequeña. Algunos productos televisivos de ficción se han convertido en las auténticas piezas de coleccionista de espectadores y cinéfilos. Los grandes guionistas, actores y actrices, directores… disfrutan grabando capítulos y temporadas de series que levantan pasiones y son seguidas por millones de personas.
¿Y por qué asistimos a tal intercambio? ¿Por qué hay cada vez más de entretenimiento y menos de ‘arte’ en el cine? Cierto que esta máxima es aplicable en gran medida a la meca de esta industria. Es Hollywood quien vive con mayor virulencia estos síntomas, pero en otros países acabará ocurriendo lo mismo. Puede que sea por el cambio de modelo de negocio de las salas de cine, cada vez más desligadas de los centros de las ciudades, y casi obsesionadas por ofrecer una “experiencia multimedia completa”. Parece que ver una proyección de una cinta sin 3D, ni espectaculares efectos especiales ni alardes sonoros es una pérdida de tiempo. “Ya la veré en casa” es una frase que muchos dicen antes de decantarse por otro producto de la cartelera más atractivo y puede que menos artístico.
Pero esa migración de los cines a los centros comerciales y esa búsqueda de la espectacularidad no explican esa guerra abierta en el mundo de las series por dotarlas de más calidad. Quizá sea que la pequeña pantalla quiera reivindicarse ante el continuo bombardeo de sagas en los cines que llegan a superar en metraje a los productos televisivos. Parece que están diciendo: “para hacer esto haber hecho como nosotros y haz una serie”. Es una mimetización inconclusa en la que ambas ofrecen horas y horas, pero en la que las películas copan la recaudación y las series cada vez más alabanzas.
Y aquí también me pregunto si estas últimas no están viviendo también otro cambio en su modelo de negocio. Poco a poco se acaba aquello de “a ver que ponen hoy”. El espectador quiere decidir, y si paga por disfrutar en una sala de cine, ¿por qué no hacerlo en casa disfrutando de su serie favorita? Si, hace décadas Ciudadano Kane o Rebecca fueron consideradas obras culmen de la cinematografía, puede que en el siglo XXI estemos ante hitos televisivos como Los Soprano o Breaking Bad. Para averiguar si esto es así tendremos que esperar bastantes capítulos.