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Ni están ni se les espera

José Manuel Cuenca Toribio
sábado 01 de febrero de 2014, 19:23h
Ha unas semanas, en un acto de organización edilicia, esto es, por un municipio arruinado como todos los del país, una triada capitolina de novelistas en las cumbres mediáticas –al menos, en las del Sur- pontificaba, en senda plutarquiana, acerca del carácter adoctrinador y ejemplarizante de la Historia. La naturaleza, incluso la cultural, tiene horror al vacío y es lógico que, en tiempos de milenarismos y en que Casandra es personaje agorero que vuelve a estar de moda, las gentes busquen receta para sus angustias allí donde las encuentren En una santiamén, la crisis ha acabado o puesto un largo y profundo paréntesis al discurso de la modernidad de raíz ilustrada y basado en el progreso indefinido, y ha colmado de incógnitas y temores el en otra época radiante paisaje del futuro, del próximo y del remoto. Ante tal coyuntura, nada nueva por lo de más en el acontecer humano, la adusta Clío semeja ofrecer las enseñanzas más provechosas para ubicarnos individual y colectivamente en el terreno más adecuado, usufructuando en la mayor medida posible la experiencia cabe extraer de la vida de los antepasados.

Sino que los historiadores profesionales, enfrascados, cupido sciendi, en sus investigaciones de largo aliento y, también, en querellas gremiales –enconadas como pocas y tal vez sólo comparables a las poéticas…- no acuden nunca al tajo más solicitado por sus conciudadanos. Su labor, bien se entiende, es generar conocimientos esclarecedores en punto a los extremos más importantes de su oficio: el inicio y construcción de los grandes procesos técnicos, morales y político-sociales de un pretérito al que interrogamos con el fin de despejar la niebla de misterio y confusión que cubre cualquier etapa del ayer.

Empero, tan ardua y trascendente labor no ha de impedir que, a las veces, los sesudos historiadores e historiadoras bajen a la plaza pública -prensa, radio, televisión- para conectar con las preocupaciones inmediatas de sus conciudadanos y ayudarles en sus legítimas aspiraciones de que la Historia, como cualquier otro saber se “socialice” con las debidas garantías y precauciones. Mas por el momento, en España no hay peligro de ello. Empecinada su porción más influyente –por razones, desde luego, no estrictamente científicas- en erigirse en airados fiscales de las zozobras de un siglo especialmente conflictivo, dejan de cumplir con una función acaso no contemplada en su estatuto más riguroso, pero muy demandada por la sociedad, como, entre múltiples ejemplos, lo testa el éxito de la mesa redonda entre afamados novelistas referida al principio de estas líneas. No es, como se decía, lance único. A propósito de la guerra civil del 36, de la naturaleza del franquismo o de los avatares incipientes de la Transición, el hecho se repite. No están ni se les espera. Una historia cuajada de impuntualidades, ausencias y deserciones requeriría cuanto menos que las mujeres y hombres encargados por vocación y ministerio de escribirla y contarla fueran custodios abnegados de su rico e instructivo legado.
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