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CRÍTICA

Concha D’Olhaberriague: Vida de María de Maeztu

domingo 02 de febrero de 2014, 12:25h
Concha D’Olhaberriague: Vida de María de Maeztu. EILA Editores /Asociación Matritense de Mujeres Universitarias. Madrid, 2013. 181 págs. 10 €. Libro electrónico: 6,99 €
“Sábete, Sancho, que no es un hombre más que otro si no hace más que otro.” Esta frase de Don Quijote procede de la tradición popular y refleja muy bien uno de los paradigmas peculiares del ser hispano. Ramiro de Maeztu Whitney (1875-1936) la recoge en su libro Defensa de la Hispanidad como una de las características del humanismo español. Su hermana María (1881-1948) la lleva a la práctica con afán liberador y también humanista centrado en la formación social e intelectual de la mujer a comienzos del siglo XX, empezando por ella misma. Pocas residentes universitarias saben hoy que la Vida de María Maeztu les concierne de algún modo por haber creado en 1915 la primera de ellas en el lugar donde se ubica hoy la Fundación Ortega y Gasset-Gregorio Marañón. La profesora Concha D’Olhaberriague nos recuerda su vida y obra en un libro documentado, ameno, que se ha presentado en la propia Fundación Ortega/Marañón, y que continúa la irradiación orteguiana en el mundo femenino.

María de Maeztu nace (1881), como sus cuatro hermanos, en un ambiente liberal acomodado de Vitoria, adonde habían ido a parar sus padres Jane, de familia inglesa, y Manuel, cubano de ascendencia vasca. Tras la muerte de éste en 1898, fecha emblemática para la generación intelectual y política española de tal nombre, la situación cambia notablemente y la familia se traslada a Bilbao, donde Jane Whitney hace valer su conocimiento de inglés y francés y crea la escuela Anglo-Francesa, conocida también como Academia de Maeztu. La experiencia pedagógica vivida aquí y en el barrio de las Cortes de Bilbao activa y desarrolla su inicial tendencia pedagógica tras obtener en 1902 el título de maestra en Vitoria y una breve estancia inicial en Santander. Su inquietud y el celo de la madre y del hermano Ramiro la inclinan a proseguir estudios. Cursa Filosofía y Letras en Salamanca por libre, atraída por la imagen de Unamuno, uno de sus mentores con Ortega y Gasset, quien insta a su hermano para que María se traslade a Madrid. Así lo hace y en 1909 escucha emocionada la primera lección de Ortega en la recién creada Escuela Superior de Magisterio, donde también explica Unamuno, y en la que María se matricula a la vez que prosigue los estudios de Filosofía en la universidad madrileña. Los finaliza en 1915, tres años después de concluir Magisterio.

El círculo de estudios se compagina con una serie de viajes por el extranjero con asistencia a congresos en Londres u otros cursos en Leipzig, Marburgo, donde estudia con P. Natorp y N. Hartmann, por indicación de Ortega. Sus conocimientos de Pedagogía y Filosofía le permiten colaborar en 1913 en el Centro de Estudios Históricos y hasta 1915 en el americano Instituto Internacional. El Smith College de Northhampton (Massachusetts) le otorga en 1919 el Doctorado Honoris Causa.

Sobre este fondo cultural y humanista traza Concha D’Olhaberriague la semblanza vital de María de Maeztu uniendo al protocolo curricular la “biografía cordial”, histórica y humana, que Gregorio Marañón requiere en un documento de esta índole. Resaltan aquí el personaje, su representación histórica y el gesto acorde con el “alma del siglo”, al menos su primer tercio avanzado, hasta la Guerra Civil y el exilio a Argentina en 1936. “El gesto es lo que da a los hombres su valor pedagógico”, dice el médico ensayista. Y el de María fue altamente significativo en la promoción y desarrollo del carácter femenino y su trascendencia social. Están detrás la herencia krausista, la Asociación para la Enseñanza de la Mujer (1870), la Institución Libre de Enseñanza (1872), los salones culturales ingleses y franceses, así como, en paralelo a los estudios de María, la Residencia de Estudiantes (1910), masculina, cuyo ejemplo y función la mueve, tras sus viajes de estudios, y con fines similares, a crear en 1915 la Residencia de Señoritas. Desempeña un papel importante en este impulso su participación en actividades de la Junta de Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas.

La actividad incansable de María, su talante abierto y vocación pedagógica tienen también raíz en el funcionalismo orgánico de Ramiro, quien defendía, frente al valor inherente y subjetivo como base del Derecho, la función que la persona desempeña en el medio social. Los actos y la obra realizada confieren al hombre prestancia y representación pública. “No hay derechos inherentes, todos son adherentes”, dice el hermano en La crisis del humanismo (1919, pero ya en inglés en 1916). Tal será el argumento implícito con que María reclama en 1945, en su primer viaje a España tras el exilio, el fruto de la obra anteriormente realizada, cuyo edificio se denomina ahora colegio Santa Teresa. Ya no lo inspira aquel otro contenido, pero lo regentan una estudiante que la fundadora había conocido allí y la secretaria de entonces. La labor pedagógica emprendida queda emparedada por dos dictaduras, la comunista, que la fuerza al exilio, y la franquista, que la destituye de su obra, a pesar de que sus raíces y convicción eran cristianas..

Influida por el pedagogo suizo Johann H. Pestalozzi, el filósofo ruso N. Berdiaeff, opuesto al autoritarismo, y W. Frank, hispanista norteamericano convencido de una regeneración espiritual ya imposible en Europa, pero factible en América, María de Maeztu insufla en este ambiente la “razón histórica” de Ortega y propone un ideal práctico que, según D’Olhaberriague, amplía la razón vital orteguiana “al ámbito de lo divino”. Prevalece la orientación hermenéutica al situar el problema o tema en su acontecimiento antes que como hecho histórico. La génesis procesual del fenómeno revela el contexto y orienta su explicación. D’Olhaberriague centra el programa de María en los siguientes puntos: autodominio, coeducación masculina y femenina, cultura del esfuerzo mediante una disciplina práctica y racional, resistente al medio y circunstancias. Es el concepto de “escuela heroica” contenido en El problema de la ética. La enseñanza de la moral (1938). Al héroe de sí mismo y el sentimiento del desarrollo personal a través de la grafía que los actos graban en uno lo asocia también Marañón a la biografía, pues sirve de tónico, diría Ramón y Cajal, a la voluntad. Tal objetivo promueve una emoción inconformista y de lucha por modificar las condiciones del entorno. De ahí que el feminismo de María reclame el derecho, por justicia, al trabajo e información cultural de la mujer en proporción análoga y complementaria a la del varón, la igualdad ante la ley, la responsabilidad económica, la división del trabajo por sexos y la excelencia profesional, por ejemplo de las enfermeras, función muy activa tras la Primera Guerra Mundial y la civil española.

Lo que parece elitismo en la obra de María (Historia de la cultura europea, Conferencias Norteamericanas, 1941), al sostener, por ejemplo, que la expansión de la cultura la empobrece, porque pierde intensidad, o idealismo, al concebir una verdad absoluta en la unidad múltiple del hombre en el universo, resulta más bien sentido práctico y biográfico, textual, de la historia. No se opone a que la cultura se expanda, sino a que se debilite masificada. Tampoco convierte la verdad de fondo en autoritarismo, sino en visión convergente de perspectivas y criterios, así como en servicio a los demás. Concilia más bien el pragmatismo inglés con la racionalidad pedagógica suiza y en consonancia con el medio siempre realzado por la intervención -Ortega diría ejecutiva- del hombre, varón o mujer. Prevalece el tesón y la precisión sobre la vulgaridad y generalización del conocimiento. Al decir que “la cultura no puede ser popular”, frase opuesta al programa de popularización social en la República, o al oponer la dificultad intrínseca del conocimiento al carácter débil de quien lo banaliza, la pedagoga está recriminando la desnutrición de lo que se pretende: “vulgarizar la cultura”. D’Olhaberrihague compara estas ideas con la denuncia que Mario Vargas Llosa, siguiendo un eco notable de críticas en Europa y América sobre la devaluación mediática, profesional y académica de la cultura, hizo de este fenómeno en La civilización del espectáculo (2012). Un “pueblo culto”, sí, pero no “una cultura vaga y devaluada”, resume D’Olhaberriague.

No obstante, ciertas expresiones equivocan lo que, sin duda, aciertan. Necesitan una contextualización semántica. El concepto de cultura popular no atiende suficientemente, creemos, y a pesar de haber estado María en el Centro de Estudios Históricos, donde ejercía R. Menéndez Pidal, y de su orientación germánica -Volksgeist-, o americanista -W. Frank-, al hecho, digamos romance, o folk, de la cultura. La tradición popular española nunca vio con buenos ojos la injerencia temática del yo como sujeto de la historia en tiempos de calma y sosiego. Y pocas veces se dio una empatía colectiva del sujeto agente o anónimo. Más bien, una autofagia por carencia de horizonte.

Por Antonio Domínguez Rey

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