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RESEÑA

Joseph Roth: Los cien días

domingo 02 de febrero de 2014, 12:42h
Joseph Roth: Los cien días . Traducción de Carmen Gauger. Pasos Perdidos. Madrid, 2013. 250 páginas. 18,90 €
Esta obra del prolífico escritor Joseph Roth -novelista, gran especialista en temas de contenido histórico europeo- es un texto literario, una novela, pero está situada en un determinado momento histórico fundamental. Las páginas transcurren en los últimos días de Napoleón en el poder.

Con razón se le había llamado el hombre más grande de Europa, cuando logró la supremacía primero en Francia y después en un contexto geográfico más amplio en la primera década del siglo XIX, hasta 1814. Luego de un breve periodo de ostracismo político, del Congreso de Viena y de una desmejorada situación, el emperador volvió al poder en Francia en marzo de 1815, y se mantuvo nuevamente a la cabeza del gobierno por cerca de cien días. Son precisamente los días en los cuales transcurre la obra de Roth.

Primero el emperador se presenta en toda su grandeza, aclamado por los franceses que lo admiraban y le hacían saber su lealtad. En todo su esplendor acomete su última batalla, decisiva y lamentable, ruinosa para su poder y su gloria: Waterloo. Sea por la traición de algún general, porque “la estrella” de Napoleón se había apagado o por la mera mala suerte, lo cierto es que el otrora líder supremo fue derrotado, con miles de muertos y heridos en el campo de batalla, y regresó solitario y derrotado a París. Solo quedaban las ilusiones y los recuerdos, pronto a partir al exilio y finalmente a su muerte.

La narración se cruza con una historia más personal, de Angelina Petri, una mujer que servía en el palacio imperial. Se presenta en la novela como podría ser cualquier otra mujer de su tiempo. Angelina tiene un hijo de un soldado napoleónico que no la quiere y al que ella tampoco ama. Es lógico, porque solo está enamorada del emperador, como “todas las mujeres” de Francia en esa época, según se afirma. Con los años, el hijo pasa a ser parte del ejército del emperador, en calidad de tambor, y se encontró con la muerte, como tantos, precisamente en Waterloo. El propio Napoleón lo ve y le da sepultura, y ya de regreso a París cuenta a su madre lo que había ocurrido.

Cuando el emperador finalmente se marcha solitario, ve como todos sus cercanos han huido y son muy pocos los que se mantienen firmes junto a él. Entre ellos se encuentra la siempre fiel Angelina, quien había rechazado un matrimonio con el polaco Wokurka, soldado veterano de Napoleón y que había perdido una pierna. Si bien en Polonia habría gozado de la tranquilidad que le parecía vedada, lo cierto es que su destino parecía condenado a sufrir la caída de la Francia de Napoleón. Ella misma se negó a jurar lealtad al rey que regresaba al trono y encontró la muerte en una pequeña y postrera manifestación a favor de un Napoleón que se había marchado para no volver.

El objetivo que se propuso Joseph Roth al escribir este libro se va reflejando a través de las páginas de una manera sencilla y natural. El regreso de Napoleón significa vítores y gritos de “Viva el emperador” por todas partes, escenas que van desapareciendo de la vida de Napoleón tras su derrota, abdicación y exilio. “Me interesa ese pobre Napoleón”, había dicho Roth, obsesionado por transformar al “dios” de Francia en un mero hombre, vencido y desgraciado, quizá hasta con rasgos de humildad.

Napoleón, el grande, el sabio, el vencedor y transformador de Europa, poco a poco se ve convertido en un solitario exgobernante. Toda una lección histórica, muy bien transmitida de forma literaria.

Por Alejandro San Francisco
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