Gladston-Disraeli, una rivalidad fructífera
lunes 03 de febrero de 2014, 21:08h
En una inteligente metáfora, en su libro sobre Disraeli y Gladstone el historiador Richard Aldous identificaba a ambos con el león y el unicornio del pasaje de “Alicia a través del Espejo”. Como se recordará, los dos animales (que curiosamente también simbolizan en la heráldica a Inglaterra y Escocia, respectivamente) luchaban eternamente por conseguir la corona, sin que nunca hubiera un vencedor. En el caso de los dos titanes británicos, su enfrentamiento dominó la política de las Islas durante casi toda la segunda mitad del siglo XIX.
Todo empezó en 1846, cuando desde las propias filas tories Disraeli asestó el golpe de gracia al gobierno conservador de Robert Peel, mentor de Gladstone y al que éste siempre permaneció fiel, abandonando con el mismo el partido que otrora los acogiera. Pero, fue el debate del Presupuesto de 1852 el punto de no retorno, cuando Gladstone tomó cumplida venganza al “destrozar” las cuentas del entonces Canciller del Exchequer Disraeli provocando la caída del gobierno tory. Precisamente, Gladstone ocuparía el mismo puesto en el siguiente gobierno, lo que daría lugar a un interesante desencuentro cuando Gladstone se negara a sufragar, como había sido costumbre, el mobiliario pagado por su antecesor, y éste, en revancha, se llevó del Ministerio el traje ceremonial del Canciller, usado en su día por Pitt el Joven. A pesar de ello, aun hubo tiempo para que el político judío intentara posteriormente el acercamiento, ofreciendo a Gladstone volver al redil tory, algo a lo que siempre se negaría, hasta el punto de cofundar más adelante el nuevo Partido Liberal junto a los tradicionales whigs, el resto de peelitas y los radicales. Desde ahí, múltiples enfrentamientos públicos y animadversión privada, que alcanzaron elevadas cotas en los períodos en los que uno y otro ocuparon el cargo de Primer Ministro.
Ambos poseían caracteres muy distintos. Gladstone era serio, muy “físico” (una de sus pasiones era la tala de árboles), religioso en extremo (a pesar de lo cual su relación benefactora con las prostitutas de Londres dista de ser clara), idealista, educado en los Parnasos ingleses (Eton y Christ Church). Disraeli tenía un innegable encanto personal (lo que le granjeó la amistad sincera de la reina Victoria, que siempre detestó a su rival), era ingenioso, algo cínico, extravagante, frágil, práctico hasta el extremo, no excesivamente religioso, más autodidacta (sus aulas fueron más modestas) pero igualmente cultivado que su antagonista… y de origen judío. Todavía hoy llena de admiración cómo Disraeli, venciendo ese casi insalvable obstáculo en dicha época, pudo llegar al 10 de Downing Street (lo cual también dice mucho de un sistema que tuvo la sabiduría de “permitirlo”).
La rivalidad de Gladstone y Disraeli marca la Edad de Oro del Parlamento y, por tanto, del parlamentarismo como modelo de gobierno.Westminster era el centro de la política inglesa y, en consecuencia, el centro del mundo. Sesiones nocturnas, donde lo habitual era marchar a casa caminando desde Westminster a las tres o cuatro de la madrugada, discursos maratonianos, muchos de los cuales sobrepasaban las tres horas, momentos dramáticos en donde el imposible silencio en los Comunes se hacía realidad para que se oyera sin turbulencias la voz de nuestros protagonistas. Ambos amaban el Parlamento, como prueba el hecho de que estuvieran presentes incluso en los debates menores. En este ámbito Disraeli ha sido seguramente el mejor líder de los Comunes. Su maestría, su perfecto entendimiento de las claves del juego parlamentario, su dominio del ambiente, su capacidad para planificar estrategias y urdir alianzas no han sido igualados. Ello no empece para afirmar que Gladstone fue un gran orador parlamentario, especialmente en las materias financieras y religiosas, con una trayectoria de más de 60 años en la Asamblea británica.
Junto a lo acabado de señalar, y, en cierto modo, de manera algo contradictoria con ello, Gladstone y Disraeli marcan el nacimiento de la política moderna. Ciertamente, los dos suponen el cénit de un modelo basado en élites aristocráticas (perfectamente retratado por Bárbara Tuchmann en el primer capítulo de su obra “La Torre del Orgullo”), pero, simultáneamente, su actuación supone el primer signo del inmediato advenimiento de las masas en la vida política (de su entrada en la Historia, podría decirse). Bien puede sostenerse que Gladstone y Disraeli son los fundadores de la política moderna. No en vano, son los primeros en concitar “rallies” multitudinarios en torno a ellos. Ambos entendieron perfectamente que una nueva época llegaba. Gladstone fue apodado el “William del Pueblo”, siendo seguramente el mejor intérprete de las complejas corrientes de opinión populares, con algunos discursos muy radicales para la época (otra cosa fue su actuación política); de otro lado, su célebre “campaña Midlothian” está considerada como la primera campaña electoral nacional en sentido moderno (así, del 24 de noviembre al 8 de diciembre de 1879 recorrió diversas ciudades a bordo de un tren, campaña que repetiría meses más tarde acompañando sus mítines de majorettes y eventos deportivos). Por su parte, Disraeli comprendió sagazmente que el futuro del partido conservador pasaba por conectar con otros segmentos sociales, más allá de la aristocracia tory, y, en consecuencia, llevó a cabo un proyecto modernizador acercando al partido a la población obrera (“conservadurismo de una sola nación” fue su lema, anticipado en una de sus novelas, “Sybil”, en la que denunciaba la existencia de dos naciones en Reino Unido: la de las clases acomodadas y la de la clase obrera). Para finalizar con este aspecto, baste recordar que ambos políticos, conscientes de la nueva realidad, fueron los principales impulsores de las dos ampliaciones del sufragio habidas en la segunda mitad del XIX (1867 y 1884).
Nuestros dos protagonistas también fueron precursores en política exterior, pues su enfrentamiento en este terreno anuncia el debate del siglo XX (y del XXI) entre idealismo y real politik. Gladstone es el antecedente wilsoniano, un criptoneocon, partidario o detractor de la intervención en función de su justificación en términos morales (pues la vida humana es tan valiosa en Reino Unido como en las aldeas de las montañas de Afganistán, llegará a decir), si bien en su segunda etapa como jefe de gobierno rozaría el jingoísmo (Egipto y Sudán son buena prueba de ello). Disraeli es, como afirmara Bismarck, el hombre del momento, frío calculador del interés nacional, conocedor en extremo de las claves de la diplomacia, como atestiguara su rotundo éxito en Berlín (a título anecdótico, su utilización del inglés en la Conferencia, rompiendo la tradición francófona, bien puede considerarse el refrendo de la hegemonía británica sobre el siglo).
Los desafíos a los que ambos dirigentes se enfrentaron fueron formidables. Ambos desde ópticas distintas, algunas de ellas no necesariamente opuestas. Repasar sus vidas es el mejor ejercicio de lo que fue, es y será siempre la política: envidias, miedos, tensiones, fracasos, éxitos, enemistades, nervios, cansancio, aislamiento, sacrificio, intrigas, respeto… y servicio al Estado y a la sociedad. La rivalidad bien entendida no sólo puede ser sana sino también beneficiosa para el conjunto, como demuestran las vidas de Gladstone y Disraeli, inescindiblemente unidas para la eternidad.