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Philip Seymour Hoffman, resucita la heroína

miércoles 05 de febrero de 2014, 20:16h
Fue una dramática imagen de Rock Hudson - demacrado, en los huesos, incapaz de caminar - la que en la década de los 80 puso rostro al fantasma de una cruel enfermedad de la que, a pesar de llevar visos de convertirse en epidemia, nadie quería hablar demasiado. Los primeros casos de Sida en nuestro privilegiado mundo occidental aparecieron en el carismático barrio Castro de San Francisco y, aunque tardó un tiempo en descubrirse al retrovirus responsable de la enfermedad, el hecho de que los afectados fueran, en gran parte, homosexuales y drogadictos llevó, en un principio, a que no se le prestara la debida atención mediática. Médica y científica, por fortuna, sí.

Pero la lucha contra cualquier enemigo requiere, además, una conciencia social clara. De todos. No sólo de aquellos que podrían ser víctimas de la misma o tener amigos o familiares en los grupos de riesgo. El guapo actor de Illinois, consumido por la terrible inmunodeficiencia, puso cara – por supuesto, sin quererlo - a todos aquellos que la padecían, a quienes ya habían perdido la vida por su culpa o a los que, sin todavía saberlo, albergaban en su cuerpo aquella, por entonces, maldita sentencia de muerte. Su óbito en 1985 sirvió para que saltaran por los aires algunos prejuicios – no sólo los promiscuos gays que frecuentaban cutres garitos o quienes se pinchaban heroína estaban en la lista -, antes de que, por fin, se tuvieran claras las vías de transmisión del retrovirus, al que todos – sí, todos - podíamos estar expuestos.

Tres décadas más tarde, ha sido otro actor, Philip Seymour Hoffman, quien con su repentino fallecimiento pone cara a una lacra que se creía erradicada, pero que, en realidad, llevaba meses creando una gran alerta entre la comunidad médica, así como en la policía de Estados Unidos. La heroína, droga asociada a los años 80, ha vuelto con increíble fuerza a Norteamérica – sabemos que ese siempre es el paso para llegar al resto del mundo - y ahora ya es noticia. Desde que trascendió la descripción de la imagen con la que se encontraron en el baño del apartamento neoyorquino de Seymour Hoffman los policías que acudieron a la llamada de un amigo del oscarizado actor, preocupado porque este no contestaba a sus llamadas. Una jeringuilla pendía aún de su inerte brazo. Había papelinas por todos los rincones.

La blanca cocaína y las sofisticadas drogas de diseño, sintetizadas en pastillas de distintas formas y colores, dominaban desde hacía años un mercado que ahora, por diversas razones, ha tenido que ceder parte de su cuota a esa otra droga comúnmente asociada a descampados llenos de agujas. Precisamente, las mismas que comenzaron a desaparecer cuando se descubrió que el Sida podía camuflarse en ellas. Su resurgir, con un incremento del 80% entre 2007 y 2012, no es casual. Nada lo es. Por una parte, la heroína es la alternativa más barata y accesible a los analgésicos con receta derivados del opio, a los que son adictas miles de personas y que causan, según fuentes oficiales de la lucha contra la drogadicción en Estados Unidos, 1.500 muertes al año. Fue el inesperado abuso de este tipo de medicamentos, especialmente a finales de los 90, lo que hizo que las autoridades decidieran ejercer un control mucho más severo a la hora de conseguir una receta para adquirirlas. A este “molesto” control, hay que añadir el inevitable trasfondo económico: un envase de opiáceos como el Vicodin cuesta más de 100 euros, mientras que una dosis de heroína ronda los seis. Por supuesto, sin receta y casi en cualquier esquina. También a domicilio.

De otra parte, el rebrote de la heroína apunta, como es obvio, a quienes la producen y suministran. Mientras la Agencia Antidroga de EEUU (DEA) luchaba con todos sus medios detener a importantes capos del narcotráfico en Colombia, uno de los principales proveedores de cocaína, en el vecino México los diversos cárteles expandían su negocio de heroína, con las correspondientes y sangrientas luchas internas por hacerse con las mejores rutas de paso hacia EEUU. Para colmo de males, algunos traficantes han tratado de adecuar la vieja droga a los nuevos tiempos. En definitiva, hacerla más potente a base de adulterarla con otras sustancias, como el fármaco Fentanyl, normalmente utilizado como anestésico general o recetado para pacientes aquejados de fuertes dolores. Una mezcla, heroína y fentalino, que se conoce como “Ace of Spades”, “Theraflu”, “Bud Ice” y “24K” y que durante el pasado mes de enero provocó, al menos, 22 muertes en Pensilvania, 5 en Long Island y 19 en Rhode Island. Datos que, a diferencia de Seymour Hoffman, no se traducen en los rostros o los nombres de los fallecidos, con sus correspondientes tragedias familiares, pero que, después de la muerte del actor neoyorquino, han salido por fin a la luz.

A las citadas razones, hay que añadir otra fundamental. En realidad, imprescindible. Porque nunca se sabe si surge antes la oferta o la demanda. En 2013, la superficie dedicada al cultivo del opio ha aumentado en Afganistán un 49% en relación al año anterior. Con unos beneficios estimados de mil millones de dólares. Y, aunque en el propio país productor existe un gran número de adictos, es evidente que la mayoría de la producción se envía fuera de sus fronteras. Sirve, además, como vía de financiación para los talibanes; por eso, el 90% de las plantaciones se concentran en las provincias en las que tienen sus bastiones. De modo que el círculo sigue sin romperse: su cosecha de este año seguramente alcance el 90% del suministro mundial. En un país con una agricultura obsoleta y falta de las infraestructuras básicas para llevar a los mercados otros productos como el algodón, resulta imposible convencer a los campesinos de que arriesguen lo poco que tienen para intentarlo con cultivos alternativos. Saben que pueden “asegurar” su existencia con el opio, que precisa menos mano de obra, se adapta a la climatología, es fácil de almacenar y no perecedero. Por no hablar de que su venta se realiza en efectivo y que son otros los que se ocuparán de los canales de distribución.

Dicen que las recaídas son siempre lo más peligroso, que el adicto lo será siempre, aunque consiga no volver a pincharse, a esnifar, a beber o a encenderse un cigarrillo. El polifacético actor había reconocido en más de una entrevista que a los 22 años tuvo que dejar las drogas porque cada vez iba a peor, llegando a temer por su vida. Durante los 24 años siguientes, se mantuvo limpio. Haciendo lo que mejor se le daba hacer, interpretar a carismáticos personajes a las órdenes de los mejores directores de Hollywood. Hasta que en 2012 tuvo una recaída. Después otra, en 2013, que le llevó a ingresar en un centro de desintoxicación y a separarse de su pareja y sus tres hijos. Fue su última oportunidad, a punto de cumplir 47 años. Con una carrera cinematográfica llena de éxitos y galardones, a los que habría tenido que seguir sumando muchos más.

Alicia Huerta

Escritora

ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora

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