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A conocer Estambul

Alejandro San Francisco
lunes 10 de febrero de 2014, 20:00h
Viajar es un privilegio enorme, pero también una decisión. Aquellas ciudades y países que hemos leído en libros de colegio y hemos conocido más tarde en las noticias o por comentarios de amigos, son metas que con esfuerzo podemos conquistar. El resultado es amplio y conmovedor: monumentos conservados a pesar del paso del tiempo, recuerdos históricos, atracciones turísticas, alguna obra literaria de referencia, personajes relevantes y, ciertamente, su gente y su cultura.

Estambul es una de esas ciudades polifacéticas, diferentes, llenas de vida y de historia. Con sus más de diez millones de habitantes es una de las más grandes del mundo, con sus miles de años de vida tiene una larga y trascendental historia. En un momento se llamó Constantinopla y formó parte del Imperio Romano y el después llamado Imperio Bizantino. En 1453 se produjo uno de sus momentos decisivos, cuando ocurrió la “caída de Constantinopla” (visión eurocéntrica) o bien la “conquista de Estambul” (desde la perspectiva de los vencedores). La antigua capital del Imperio pasaba a ser uno de esos “Reinos desaparecidos” de los que habla Norman Davies en un libro reciente, subtitulado La historia olvidada de Europa (Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2013).

No es fácil referirse a la ciudad cuando recientemente apenas hemos podido estar unos días en ella, aunque basten para algunas apreciaciones generales como punto de partida y para animar a otros a conocerla.

En primer lugar, desde principio a fin se advierte el carácter cosmopolita y pluricultural de su vida y de su historia. En una calle se escuchan conversaciones en diversos idiomas, y en el mundo del turismo prácticamente todos hablan o entienden inglés. Más importante todavía, un barrio puede sorprendernos a escasa distancia entre una y otra con una mezquita y una iglesia católica o un templo de otro culto. Un caso magnífico de todos es el de Santa Sofía, la más antigua iglesia cristiana de Estambul, varias veces reconstruida (tras el daño de los incendios y terremotos), y después restaurada y convertida en mezquita, para transformarse en museo en pleno siglo XX. Otro caso interesante es el de una de sus calles históricas, la Avenida Istiklal, hoy sede de las grandes tiendas de comida y ropa de marcas internacionales.

El segundo aspecto es complejo y difícil de comprender. Estambul fue una de las ciudades más importantes del mundo en su momento, con una ubicación estratégica de excepcional valor, con un pie en Europa y el otro en Asia. Hoy es un referente importante, lugar turístico de valor y con otras connotaciones relevantes, pero que en ningún caso se acercan a lo que fue su antigua grandeza. Esto genera sentimientos ambivalentes y, en algunos casos, amargura y decepción.

El libro del escritor turco Orhan Pamuk, Estambul. Ciudad y recuerdos (Barcelona, Mondadori, varias ediciones), se convierte en un acompañante valioso a la hora de analizar la ciudad. El Premio Nobel de Literatura de 2006 escribe una suerte de memorias prematuras sobre sus primeros años de vida, a la vez que describe lo que era su ciudad en las décadas de mediados de siglo XX y siguientes. Entre las cosas positivas y negativas que destaca, hay una que cruza todo el libro: es el sentimiento de melancolía y decadencia, la primacía de cierta tristeza ambiental que parece inundarlo todo. En una de sus páginas lo resume de manera certera: “Me iba dando cuenta lentamente de que me gustaba Estambul por sus restos, por su amargura y porque había perdido lo que en tiempos había poseído”.

Es que quizá uno de los problemas más duros que deben enfrentar las grandes civilizaciones del pasado es el condicionamiento de mirar siempre hacia atrás –hacia su historia y momentos de grandeza– dejando en la incertidumbre el presente y la proyección futura. “Nunca volveremos a ser lo que fuimos”, parecen pensar o decir los habitantes de la ciudad, sus líderes políticos, los comerciantes.

Cualquier guía turística nos puede ilustrar sobre los lugares que debemos conocer y cuyo valor cultural aparece a la vista. Sin embargo, cada uno puede hacerse su propio catálogo de visitas e incluso una lista de preferencias. Me parece que hay dos elementos que no deben faltar.

Primero, un paseo por el Bósforo. Es un estrecho con historia, un lugar geográfico privilegiado, fuente de interés de las potencias mundiales durante mucho tiempo. Hoy es un lugar que se puede mirar desde la ciudad así como apreciar desde los inmensos puentes que han ido emergiendo con los años y, sobre todo, es un lugar para recorrer a través de los botes turísticos. Así, a través de ellos podemos mirar la ciudad “al revés”, apreciar sus monumentos a la distancia, ver las casas y hoteles de lujo que miran al Bósforo (y la pobreza que se esconde por detrás), saber de los choques de barcos, algunas epopeyas de amor, los suicidios desde la altura, la vitalidad que todavía permanece con el paso del tiempo, la hermosura general del paisaje.

Lo segundo es un juego al que a veces no estamos acostumbrados, pero que siempre vale la pena, cual es combinar los paseos turísticos con una inmersión, aunque sea breve, en la ciudad y su cultura actual, en su vida y su gente. En palabras de Pamuk, podría ser sustituir por un momento los paisajes y monumentos que le gustan a los turistas y que están impresos en las postales, por esos menos atractivos a primera vista, por ejemplo los callejones sombríos, entre medio de la penumbra, esas calles donde transcurre la vida diaria, con aceras destruidas, “aquellos sitios tristes, sucios y pobres” que a veces no vemos porque no están en la oferta para extranjeros, pero también porque no queremos ver. En alguna medida una conversación y regateo en el Gran Bazar permite mezclar turismo con conocimiento de la gente del lugar.

No se puede contar lo que es Estambul por haber estado apenas unos días ahí. Hay quienes dicen que tampoco se puede explicar lo que es después de haber vivido largos años en la histórica ciudad capital de imperios. Quizá la explicación sea que, cualquiera sea la fórmula, nada reemplaza a conocer en persona la ciudad, vivir Estambul, sumergirse en su historia, conocer los lugares y monumentos que todavía conservan la primitiva grandeza y transitar por sus calles y conocer a la gente que hoy habita la histórica ciudad.
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