España y los cráneos deformados
Cristobal Villalobos Salas
sábado 15 de febrero de 2014, 20:07h
El diez de marzo de 1948 Agustín de Foxá publicaba un artículo en su periódico de toda la vida, “ABC”, titulado “Los cráneos deformados”, que le valdría el premio Mariano de Cavia, el galardón más prestigioso que un columnista puede obtener en España.
El artículo narraba su visita a un museo americano, en el que el director, amablemente, le hacía de cicerone por las diferentes salas de la institución. De entre la multitud de objetos históricos, una serie de pequeños cráneos deformados llamó sobremanera la atención del escritor. Los cráneos, explicaba el guía, pertenecían a una antigua tribu indígena que acostumbraba a ceñir con una cinta las cabezas de los niños recién nacidos, provocando, debido al propio crecimiento natural de los infantes, importantes malformaciones en sus cabezas. El espectáculo, como se puede uno imaginar, debía de ser aterrador.
Al igual que le pasaba a Camba, otro genio del columnismo, Foxá reconvertía todas sus experiencias vitales en material para sus artículos, así que la terrible estampa del museo americano acabó por convertirse en una metáfora, también terrible, que le valdría el Cavia, retratando, a través de los cráneos, la somnolencia de una España que casi nos recuerda a la de estos días. Mucho ha pasado desde ese franquismo gris teñido de sangre de los años cuarenta y cincuenta pero hoy, tristemente, podría Foxá publicar el mismo artículo, quizás en el mismo medio, y el texto seguiría estando plenamente vigente.
Foxá era gordo, dandi y de derechas, en una caricatura que él mismo se hizo y que le permitía reírse de todos, incluso de Franco, quedando a buen resguardo. A este menester, el del cínico que abate con su ingenio todo lo que se le pone a tiro, contribuyó su pasado. En aquella España pocos podían atreverse a censurar a un hombre que había sido amigo personal de José Antonio hasta el punto de contribuir con unos versos a la letra del “Cara al sol”.
La cosa es que por aquellos tiempos, del ardor juvenil del falangismo primitivo, que como diría Umbral quizás sólo fue un romanticismo, el Conde pasó a ejercitar su propia ideología, que él mismo resumía con mucha guasa: “Todas las revoluciones han tenido como lema una trilogía: libertad, igualdad, fraternidad fue de la Revolución francesa; en mis años mozos yo me adherí a la trilogía falangista que hablaba de patria, pan y justicia. Ahora, instalado en mi madurez, proclamo otra: café, copa y puro.”
Con el habano en la boca y la copa en la mano se permitió el lujo, que no todos podían permitirse, de criticar a la dictadura de Franco, sólo que todos pensaron, incluso después de ser premiado el texto, que se trataba de una crítica a la Rusia comunista. Nadie en su sano juicio podía siquiera imaginarse que alguien pudiera lanzar tan certeros dardos al Régimen. Nadie lo dudó. Rusia era culpable.
Comparaba el aristócrata a la tribu indígena de los cráneos deformados con la sociedad española, en la que se ponía, al igual que hacían los indios, una cinta en las cabezas de todos los ciudadanos para que, desde su más tierna infancia, y con el paso de los años, se fuese adaptando el pensamiento de los individuos al molde impuesto.
“Nuestra humanitaria civilización también deforma los cráneos, pero lo hace desde dentro”, los grandes trusts periodísticos, la radio, el cine… acaban por oprimir nuestras meninges y sofocan “el lóbulo de la fantasía”. Al cuerpo se le ataca con la violencia física, al alma de los ciudadanos, y de los pueblos, con la mentira. Es así como la repetición de una mentira se convierte en una verdad irrefutable si aquellos que la repiten controlan la opinión pública.
Quién posee hoy la fuerza, decía Foxá entonces, es el dueño de la propaganda, el “Señor del Adjetivo”, que es aquel que, al adjetivar, modifica y moldea la realidad con unas simples palabras, imponiendo con su omnímodo poder su propia visión de la realidad y de la Historia.
No importa que un gobernante sea justo, si el “Dueño del Adjetivo” lo califica de tirano. Los crímenes más atroces pasan a ser “justicia”, los guerrilleros pasan a ser bandoleros, y el “Dueño del Adjetivo” determina quién debe ser considerado un héroe, “aunque a sus pies humeen las ciudades”.
Hoy el “Dueño del Adjetivo” no es un dictador, cuya maldad es fácilmente identificable, ahora, por supuesto, sino que reparte sus funciones en múltiples poderes fácticos, a veces reconocibles y, en otras ocasiones, ocultos a la mirada escrutadora de la ciudadanía tras cortinas y oropeles tapizados de pensamiento políticamente correcto.
La España de ahora está tan dormida como la de entonces, si bien el monolitismo franquista se ha transformado en una lucha de banderías, en la que los ciudadanos comulgan con todo aquello que “El Señor del Adjetivo” de cada extremo les indique. Se consume una verdad, intoxicada por unos sucios intereses que ni siquiera alcanzamos a imaginar, mientras apoyamos a unos o a otros, porque, se supone, son los nuestros.
“Los quechuas deformaban el cráneo, es decir, la cáscara del pensamiento. Nuestro gusano corroe la carne, la pulpa jugosa. Este gusano se llama la mentira”, concluía Foxá. Mentiras que hoy nos seguimos tragando, pues los males de España son el producto de una solitaria y sencilla ecuación: nos engañan, juegan con nosotros, porque nuestra incultura nos impide tener un pensamiento crítico y, por tanto, libre.