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Bienaventurados los que no piensan

miércoles 19 de febrero de 2014, 20:05h
Bienaventurados los que no piensan demasiado, porque de ellos será el reino de los sueños. Por supuesto, no en el sentido de anhelos más o menos realizables. Al contrario. Sólo circunscribiéndonos al concepto de sueño como reposo nocturno, como género de limbo sin preocupaciones. Sobre todo, sin miedo. La Historia, la de todos nosotros como seres humanos, se encuentra repleta de hechos, épocas y episodios que, en algún momento y de diversas formas, se caracterizaron por la imposición de graves penas a quienes se atrevieran a pensar – al menos, en voz alta – de manera distinta a los que detentaban el poder. Entonces, lo prioritario era, en un principio, escapar a la represión de los correspondientes regímenes dictatoriales. Conservar la integridad física y psíquica; en definitiva, la vida. La suya propia y, tal vez, también la de sus familiares. Porque el castigo impuesto por quien obliga a no pensar, va siempre más allá cuando, de repente, se topa con un sujeto que se cree lo suficientemente libre como para sacrificar su vida, a cambio de alzar, aunque sólo sea en una ocasión, la voz. El opositor se engaña, claro, y así se lo recordarán si alguna vez le empieza a fallar la memoria. Tiene que saber que no será únicamente él, quien vaya a pagar por su osadía. Las torturas, como medio para domar a quien no ha tenido la “suerte” de conseguir que le lavaran el cerebro en condiciones, han existido siempre. Amenazar con hacer daño a los tuyos forma parte del martirio. Las crueles dinastías que se creen amas absolutas de sus súbditos, lo tienen claro. No puede haber libertad, ni siquiera para elegir morirse o pudrirse solo en una celda. Aquellos que quieres, habrán de acompañarte.

Sí, por desgracia, la Historia nos acaba enfrentando siempre con capítulos que nos gustaría haber evitado. Ocurren en las guerras que se suceden, a veces, muy cerca de nuestros mundos privilegiados: podemos pensar diferente sin miedo a que una noche la policía política tire a golpes la puerta de casa para llevarnos a donde nos recordarán cómo y cuándo debemos pensar. Sin necesidad de detenernos durante una manifestación o repartiendo octavillas con críticas al gobierno. Los dictadores prefieren prevenir que curar. Porque son cobardes que se escudan en su fuerza. Se sirven, por otra parte, de los chivatos que les ayudan. A pesar de que, en realidad, los desprecien incluso más que a los opositores. Porque los dictadores y sus cómplices necesarios son cobardes, pero no tontos. En la actualidad, las violaciones de derechos humanos siguen sorprendiéndonos en muchos lugares del mundo, y puede que, en un futuro, los humanos que vengan detrás de nosotros tengan que arrepentirse de no haber movido un dedo, por ejemplo, en Corea del Norte. Puede que se pregunten por qué no se intentó nada y, a continuación, pidan perdón en una pomposa ceremonia, mientras se deposita un ramo de flores a los pies del monumento erigido para recordar – con el objetivo, como siempre, de que no vuelva a repetirse – los crímenes contra la humanidad que, desde hace décadas, se cometen de manera sistemática en el país más aislado del mundo.

No podemos seguir mirando a aquel hermético país únicamente con la fascinación que nos producen las imágenes de cientos de miles de ciudadanos norcoreanos moviéndose en masa, al ritmo que marca la truculenta élite que les somete. Menos aún, desde que la ONU presentó esta semana un extenso informe acerca de las continuadas violaciones de derechos humanos en Corea del Norte, que alcanzan, a su juicio, el grado de crímenes contra la humanidad. El citado documento asegura, además, aportar pruebas más que suficientes para presentar el caso ante la Corte Penal Internacional. Un tribunal que no puede iniciar una investigación de oficio, porque, como es obvio, Corea del Norte no firmó el Tratado de Roma, documento fundacional del mismo. Sólo podrá iniciar dicha investigación cuando sea requerido para ello por el Consejo de Seguridad de la ONU. Y, a juicio de los expertos, esto tampoco tiene visos de llegar a nada, ya que el veto de China parece bastante más que previsible.

Seguirán, por tanto, cometiéndose las atrocidades detalladas en el informe presentado por Michael Kirby, presidente de la comisión de investigación de la ONU para ese país, quien ha declarado: “Hacemos un llamamiento a la comunidad global para que, con estas pruebas sobre la mesa, lleve el caso al Tribunal de La Haya”. Kirby no ha dudado, quizá “a la desesperada”, en comparar las atrocidades del régimen norcoreano con las cometidas por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial, advirtiendo de que, en estos momentos, hay entre 80.000 y 120.000 prisioneros políticos que se encuentran retenidos en cuatro grandes campos de concentración, denominados “kwan li-so”. En ellos, se priva deliberadamente de alimento a los reclusos y se les somete a trabajos forzados desde los trece años. Lo normal es que allí pierdan la terrible vida a la que un día fueron castigados. Por pensar, por tener conciencia, expresarse, asociarse o informarse. Y es que el indudable “éxito” de Kim Jong-Un y sus antecesores está en cerrar cualquier brecha por la que pueda filtrarse información de uno u otro lado. Que sus habitantes no sepan nada del exterior y, únicamente, puedan nutrirse a través del potente aparato propagandístico que asegura un eficaz adoctrinamiento en torno a la obediencia ciega al líder, incitando al odio nacionalista hacia otros Estados, especialmente, Corea del Sur. Imprescindible, asimismo, que fuera de sus fronteras nunca puedan verse imágenes de mujeres obligadas a abortar a base de golpes, de niños sometidos a trabajos forzados, de seres humanos famélicos encerrados en gulags, donde la mayoría de las veces solo pueden alimentarse de cortezas de árbol, raíces o, si hay suerte, carne de serpiente. Y es que, por desgracia, las palabras – aunque sean las contenidas en 372 páginas de un informe de la ONU – nunca remueven tanto como una imagen. Les aseguro que desearía cambiar todas estas por una sola fotografía, capaz de sobrecogernos definitivamente por lo que ya no deberíamos continuar olvidando.

Alicia Huerta

Escritora

ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora

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