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Órganos humanos a la carta

miércoles 26 de febrero de 2014, 19:57h
Desde que en la década de los sesenta, Christian Barnard, Thomas Starzl y Richard Lillehei nos asombraran con los primeros trasplantes de corazón, hígado y páncreas respectivamente, los medios para hacer posible esta forma de salvar la vida a enfermos en peligro de perderla han experimentado enormes avances. Lo que hace algo más de medio siglo podía parecer ciencia ficción es, en la actualidad, un tratamiento quirúrgico cada vez más accesible para un mayor número de pacientes. Sobre todo, en nuestro país. Porque España lleva 22 años liderando la actividad trasplantadora a nivel mundial y este es, desde luego, un título del que debemos sentirnos orgullosos. Al menos, para variar. Debemos hacerlo, además, todos: el máximo responsable de la Organización Nacional de Trasplantes, Rafael Matesanz, los profesionales sanitarios, los hospitales, así como entidades que, en principio, nada tienen que ver con esta actividad, como, por ejemplo, los aeropuertos. Por supuesto, también la sociedad en general, que muestra una consciente solidaridad que sigue creciendo, y, más en concreto, aquellas familias que no han dudado en donar los órganos de sus allegados para salvar la vida de personas que ni siquiera conocen.

Estos días vuelve a hablarse del denominado “Spanish model”, exportado a otros países que intentan avanzar en esta vital cuestión médica, porque el pasado 20 de febrero nuestro país batió su propio record en número de trasplantes de órganos realizados en un solo día, un total de cuarenta y cinco. De ellos, veintiséis fueron renales, diez hepáticos, cinco cardiacos, tres pulmonares y uno de páncreas. Son cifras que impactan aún más cuando pensamos que, al fin y al cabo, no nos estamos refiriendo “simplemente” a los órganos, sino a personas que, como en el caso de tres de los pacientes que recibieron el corazón de otra persona, se encontraban en “urgencia cero”, es decir, en máximo riesgo de morir si no recibían un órgano de manera inminente. En tan solo 24 horas, cinco equipos de trasplante tuvieron que desplazarse en avión para recoger y entregar unos “cargamentos” tan sensibles y especiales. Y la coordinación entre 22 hospitales de 11 comunidades autónomas distintas funcionó como un reloj para que el “milagro” resultara finalmente posible.
Pero, antes de todo esto, catorce familias de donantes fallecidos y dos donantes vivos habían encendido la mecha. Sin ellos, no habría podido salvarse vida alguna ni mejorar la de cualquier otra persona cuyo último recurso pasara necesariamente por el trance de sustituir su propio órgano enfermo por el de quien ya, desgraciadamente, no lo iba a necesitar. Es esta la paradoja de tan crucial asunto. Para que siga habiendo vida, primero es necesario que alguien nos deje por muerte encefálica. Solo después, dará comienzo una carrera contrarreloj para que la maquinaria dirigida por Rafael Matesanz - admirada en el resto del mundo - sea capaz de llegar al mayor número posible de personas que esperan, quizá desde hace años e, incluso, por segunda vez, a que les llegue su turno. No es fácil, en ningún caso, porque tan solo entre un 1 y un 2% de las personas que fallecen en un hospital, lo hacen de muerte encefálica. A este dato hay que añadir que más del 50% de ellos no podrán convertirse en donantes, a causa de diferentes factores, como su avanzada edad, procesos infecciosos o tumorales. Por eso, desde que saltó a los medios la noticia del nuevo record de trasplantes en España – el anterior correspondió al 26 de julio de 2012, con 36 trasplantes en 24 horas - Matesanz ha querido insistir en recordar que la disponibilidad de órganos de cadáver para trasplante es, por definición, muy inferior a la demanda y que, por lo tanto, no se puede bajar la guardia. Hay que seguir animando a los ciudadanos para que donen.

Los españoles somos los ciudadanos del mundo con más probabilidades de conseguir un trasplante. La labor que realiza la ONT se apoya, por otra parte, en una regulación cuyo objetivo primordial es que ninguno de nosotros se quede fuera del sistema o que el orden de preferencia pueda alterarse de algún modo que no tenga que ver con criterios estrictamente médicos. Por ello, el doctor Matesanz se ha declarado siempre contrario a las campañas que, en ocasiones, se realizan a través de las redes sociales para un paciente en concreto. Sólo con estrictos controles que tengan en cuenta que nadie es distinto, salvo por la gravedad de su patología y lo avanzado de la misma, es decir, por las posibilidades que aún tiene de seguir esperando, se evitará que existan oscuras maniobras que beneficien a alguien, en perjuicio de otro. Sin embargo, resulta evidente que, en ocasiones, cualquiera se prestaría a lo que fuera si de lo que se trata es de salvar su propia vida o la de un ser querido. ¿Qué no harían, por ejemplo, unos padres con tal de conseguir un corazón nuevo que sustituya al de su hijo, enfermo y con las horas contadas?

El tráfico de órganos es, sin duda, un negocio oscuro. Y, por eso mismo, muy rentable. Imposible de erradicar. Porque a la demanda imposible de atender por los cauces legales – y morales – contesta la oferta creciente de donantes vivos que intentan, a su vez, sobrevivir a base de vender trocitos de su cuerpo. Así empezó hace años el llamado “turismo de trasplante”, organizado por los intermediarios que se autodenominan brokers – hay que reconocer que suena mejor que traficantes –, quienes se encargan, especialmente a través de internet, de recibir el “encargo” de encontrar, por ejemplo, un riñón. No escasean los lugares a donde ir a buscarlo. Fue en los años noventa, cuando los tratamientos contra el rechazo mejoraron de manera sustancial, la época en la que se detectaron los primeros casos de este tipo de turismo. Al principio en India, hasta que las autoridades endurecieron las leyes para evitarlo. Posteriormente, Irak se convirtió en el destino favorito, hasta que estalló la Guerra del Golfo, y Pakistán tuvo entonces el tenebroso honor de colocarse en el epicentro de tan inmoral comercio, con amplias regiones, como el Punjab, en las que lo difícil es encontrar a un habitante que no haya vendido un riñón. Ese ha sido el único y desesperado recurso que han encontrado los campesinos que viven en extrema pobreza, ganando sueldos de miseria, obligados a pedir anticipos a los terratenientes. Es decir, a contraer deudas que luego ni siquiera llegarán a saldar totalmente con los 1.300 dólares que reciben de media por vender un riñón. Además, ningún médico u hospital se ocupará de seguir su recuperación, como, en cambio, sí ocurriría con cualquier donante vivo en un país rico, y las secuelas, muchas vces, les impedirán volver a trabajar.

Por su parte, los “turistas” proceden de todo el mundo. Especialmente, de Israel, considerado el principal cliente de este negocio, ya que a su alto poder adquisitivo, se une el hecho de que allí no hay donación de cadáver. Y, a pesar de que algunos rabinos se oponen a la donación, lo cierto es que, incluso, existen pólizas de seguro que sufragan este tipo de intervenciones quirúrgicas en el extranjero. Mientras que, desde el otro lado, hospitales como el de Aaddil, en Pakistán, cuentan con amplios y detallados catálogos, que incluyen los datos y perfiles de donantes, para que elijan cómodamente los pacientes que puedan pagarlo. Y este sería, aunque suene increíble, el que podríamos llamar negocio “más claro” dentro de todo lo oscuro que se mueve en el mundo de los trasplantes a la carta. Porque una de las hipótesis policiales que se manejan a la hora de investigar la desaparición de un niño, es la de que, con anterioridad a su secuestro, los responsables hayan pirateado la base de datos de su hospital para hacerse con los datos del correspondiente historial médico y que, una vez comprobado que ese niño reúne los requisitos solicitados, la organización traficante haya cumplido con su repugnante pedido. A la carta.

Alicia Huerta

Escritora

ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora

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