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Planes rusos en Ucrania

viernes 28 de febrero de 2014, 23:58h
Desde hace tiempo la Unión Europea (UE) no ha querido acusar recibo del retorno de Vladimir Putin a movimientos estratégicos más propios de la extinta Guerra Fría que del nuevo mundo globalizado del siglo XXI. La posición de Moscú defendiendo a toda costa el régimen sirio para preservar una de sus bases militares en el Mediterráneo, y más cercanas aún sus tácticas ante la crisis de Ucrania deberían abrir los ojos a las autoridades europeas y asegurarse de que no se produzca una deriva bélica a las puertas de la UE. Ha sido una idea universalmente aceptada que la aproximación de Ucrania por una vía exclusivamente económica a las directrices de Bruselas, no provocaría una reacción rusa similar a la invasión de Georgia, bajo el pretexto de proteger a la minoría de habitantes pro-rusos.

Las informaciones que hora tras hora comunican las agencias de noticias ponen en entredicho ese aparente axioma. Moscú trató de dinamitar el tratado de libre comercio de Ucrania con la Unión Europea utilizando primero el poder del dinero. Sobornos al corrupto Gobierno de Viktor Yanukóvich, anzuelos de préstamos multimillonarios y chantaje a costa de los suministros de gas. Pero ahora que la pieza principal de su engranaje ha sido derrocada, la reacción no puede ser más preocupante. Han sido movilizados más de 150.000 efectivos del ejército ruso en las fronteras de la antigua república soviética de Ucrania y unidades establecidas en Crimea han violado sus fronteras. No se dan las condiciones necesarias para una intervención análoga a la de Georgia. Pero sí se reúnen los requisitos para que Moscú fomente una agitación desestabilizadora en la zona este de Ucrania donde la población eslava prorrusa es mayoritaria. También para que use la fuerza en Crimea con la excusa de resguardar sus posiciones estratégicas en Sebastopol desde donde controla el Mar Negro y proyecta su influencia sobre el resto del Mediterráneo. Favorecer y apoyar militarmente una secesión de Crimea -e incluso su absorción en la propia Rusia- no es tan descabellado conociendo la lógica instalada en el Kremlin. El propio depuesto Viktor Yanukóvich acaba de proclamar que este territorio es el único donde se mantiene un poder legítimo y no se descarta que se instale en él.

La diplomacia europea tiene la oportunidad, ante tales evidencias, de abandonar de una vez por todas su fragmentación y debilidad, para trazar un plan que haga frente a lo que puede desembocar en una tragedia. Estabilizar Ucrania y facilitar a los gobernantes que salgan de las urnas los recursos para controlar los minoritarios, pero eficaces, movimientos extremistas es un paso tan necesario como trazar una estrategia decidida para mantener la unidad del país. La colaboración atlántica es de nuevo un factor decisivo para desactivar la coacción brutal puesta en marcha desde Moscú. El movimiento de piezas realizado por el Kremlin es tan patente y descarado que no permite interpretaciones benevolentes de los hechos y Europa cometería un error grave de enormes consecuencias si mirase hacia otro lado.
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