CRÍTICA
Don DeLillo: La calle Great Jones
domingo 02 de marzo de 2014, 12:01h
Don DeLillo: La calle Great Jones. Traducción de Javier Calvo. Seix Barral. Barcelona, 2014. 296 páginas. 19 €. Libro electrónico: 12,99
Great Jones Street es el nombre de una calle del Noho, del North Houston Street, en Manhattan. Realmente, no es el nombre de una calle, sino de un trozo de calle, la tercera, entre Broadway y Bowery. Es un fragmento de calle mítico. En sus aceras murió Basquiat una madrugada. En Great Jones St. fue desahuciado Charles Mingus del loft en el que vivía y organizaba sus jam sessions. Por esa calle pasea la sombra de Dylan, junto a la estación de bomberos de Beaux Arts, estación que aparece en alguna película de Buster Keaton. Y en Great Jones vivió Buddy Wunderlick, el protagonista y narrador de La calle Great Jones, la tercera novela de Don DeLillo, que se publica ahora en español tras cuarenta años de espera. No me resisto a apuntar que los que debían haberla leído en España en su momento, la generación justo anterior a la Transición española, están física o cerebralmente muertos. O, en el peor de los casos, miran con un ojo el extracto digital de su cuenta en Suiza, mientras con el otro rastrean las pocas cartas que les llegan por si alguna es de Hacienda. La calle Great Jones, una novela para fantasmas.
DeLillo declaró sobre La calle Great Jones que era “uno de los libros que me habría gustado escribir de otra manera. Debería haber sido un libro más cerrado, y más divertido”. Yo añadiría que menos desordenado. DeLillo nos ofrece un repertorio de ingredientes setenteros y ochenteros: una estrella de rock, Bucky Wunderlick, aparentemente inspirado en el propio Dylan, se recluye en un apartamento de la calle Great Jones en busca del olvido. Allí conoce a sus vecinos, un escritor que pasea incesantemente en el piso de arriba persiguiendo la inspiración necesaria para escribir una obra maestra del porno infantil, y una madre que vive con un hijo con deformaciones craneales al que no logró vender a un circo. A Bucky lo visitan representantes del Valle Feliz, una comuna que tiene una superpotente droga que ataca las facultades lingüísticas de quien la toma, mientras que otra organización terrorista que defiende el derecho al anonimato se quiere hacer con la droga. También le visita Opel, su frágil novia, una figura lírico-trágica, que morirá consumida en una bañera. Y Azarian, el guitarrista descerebrado que le sucede como líder de su banda y que sustituye su falta de talento con el meneo de su pelvis.
Así contado, hasta parece que hay cierto orden, cierta coherencia con aromas a la Rolling Stone Magazine. Pero en realidad, la novela es bastante más caótica. El discurso del narrador, Bucky, es sin embargo articulado, a pesar de los fragmentos líricos o fragmentados que recuerdan al primer Tom Wolfe y al primer David Foster Wallace. Pero no así lo que le sucede con la droga, las comunas, los terroristas creadores del desorden, y todos esos juegos muy a lo Pynchon, pero que en este caso crean una niebla evanescente, que nunca llega a ocultar su carácter de artificio. Por si hubiera poco con el paquete de la superdroga, aparecen unas cintas de la montaña (un guiño a las cintas del sótano de Dylan), grabaciones que Bucky hizo con Opel en su estudio de los Adirondacks, y que todos persiguen. Los ogros en este cuento de hadas urbano son capos de la industria cinematográfica, capos de la industria de la droga, capos de las comunas de los valles felices. Los ángeles visten de negro y denim, no comen, hablan seco y siempre con doble intención, y aman a mujeres que salieron de recortables pop-up y que se convierten en polvo al ser tocadas. En la novela, Bucky pierde el lenguaje y luego lo recupera, pero no hay una gran diferencia entre un estado y otro. Todo es poco más que ruidos.
Antes de la aparición de esta novela, en inglés se acuñó el término jonesing. Great Jones Street era un refugio de yonquis. William Safire explica en un artículo del 2003 en el NYTimes que en los sesenta jones era un término usado para referirse a la adicción a la heroína. Hoy en día significa “desear mucho una droga, o algo por efecto de las drogas”. En La calle Great Jones no está claro si Bucky desea la droga. Yo diría que más bien desea el olvido, un olvido budista y total, una desintegración en la nada o en la nieve que cae en las aceras y que observa desde su ventana. En ese deseo hacia la nada desde el vinilo y el skay más chillón están los suicidios de David Foster Wallace o el más reciente de P. S. Hoffman. También el retiro de Pynchon. Todos caminamos de la existencia a la nada. Y ahora, en España, tendremos que resucitar nuestras almas de los estados catatónicos en los que se encuentran para leer esta novela que nos habla de la fama, del éxito, del absurdo, del sinsentido que viene con la libertad, en definitiva, de todo aquello que acabamos de perder.
Por José Pazó Espinosa