El extraño caso del político Monago
José Antonio Sentís
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directorgeneralelimparciales/15/15/27
jueves 06 de marzo de 2014, 20:17h
En estos tiempos en los que la gran mayoría de los políticos españoles han internalizado su impopularidad social, y por ello se han refugiado en su papel administrativo, son muy pocos los cargos públicos que realmente se atreven a hacer política. Tengo elaborada mi escueta lista, y en ella está el presidente de Extremadura, José Antonio Monago.
“Hacer” política es complejo. Estar en la política, bastante fácil. Y actuar como simple gestor es más que sencillo, pues basta con atenerse a normas escritas por otros.
Este último modelo lo conocerán todos ustedes. Es ese dirigente que ahora se limita a decir: se hace lo que se puede; no hay dinero para nada. Su futuro, pongamos electoral, no depende de ellos, sino de las circunstancias. Los ciudadanos “se darán cuenta” del esfuerzo administrativo realizado, y lo recompensarán espontáneamente. O tal vez no lo hagan, de forma obviamente injusta. Pero, como los ciudadanos están escamados con los políticos, lo mejor para éstos es parecer que no lo son, sino funcionarios de la cosa pública.
El segundo modelo, el de quien “está” en la política, es algo más complicado, porque al menos requiere las cualidades mínimas para prosperar en las estructura de poder, normalmente los partidos. Claro que el objetivo de estos es la política con minúsculas, la batalla endogámica por acceder al puesto para dedicar después todos sus esfuerzos a conservarlo por la gracia de sus superiores. Lo que cuenta para ellos es agradar al jefe, y si alguna decisión política se ha de tomar, lo principal es que sea acordada con éste y con el mínimo riesgo.
Y luego están los escasos españoles que han perdido los complejos y hacen política activa. Con lo que esto significa de pasear por el alambre, arrancar fobias en la lucha por las filias, sufrir recelos o envidia y, por supuesto también, vislumbrar el orgullo si el éxito les acompaña.
Hacer política es tener imaginación y originalidad; capacidad de combate y de pacto; pegarse al terreno electoral y confundirse con sus conciudadanos; tener capacidad de comunicar, pero también solvencia en su formación para ser creíble. Y, lógicamente, muchas más cosas, como tener visión estratégica (es sencillo, saber adónde se quiere llegar) para manejar la táctica (cómo hacerlo).
Pero no pretendo hacer un manual sobre políticos, sino dar unas pinceladas que obligatoriamente tienen que incluir una vocación de servicio que sea percibida, valores de empatía para su entorno ciudadano y, por qué no decirlo, amor a sus colores, como se diría en el deporte.
Si ahora repasamos, no encontraremos demasiados ejemplos en nuestro entorno de crisis o postcrisis. Hay miedo a ser político. Parece como si estuviéramos en una sesión terapéutica de “políticos anónimos” en la que diputados, presidentes, ministros o candidatos arrancan diciendo: me llamo fulaníto de tal, y soy político. Que, como todo el mundo sabe es el primer paso, la aceptación de la realidad de un adicto, para la rehabilitación.
No digo yo que la política no tenga sus miserias, pero alguna grandeza tiene, puesto que las sociedades necesitan ser dirigidas por representantes, y el éxito de estas sociedades depende mucho de la calidad del liderazgo. Y ahí está la cuestión. El liderazgo se construye de forma activa, con carisma entre los propios y respeto de los contrarios, independientemente del amor u odio que se genere. Por ello, no es importante tener amigos o enemigos, sino contar con su atención.
Decía al principio que el presidente extremeño es de los que, a mi juicio, hacen política. Podrá ganar o perder sus batallas, las electorales y las otras, pero, desde luego, no es indiferente a nadie. De todos los presidentes autonómicos que tenemos (algún otro hay relevante, pero eso será otro artículo) es quizá quien consigue más primeras páginas nacionales, si exceptuamos lógicamente a Arturo Mas (que lo tiene mucho más fácil, porque siempre es noticia el desafío a la ley).
¿Por qué es tan conocido Monago; por qué, aun incomodando a propios y extraños en ocasiones, sortea la confrontación y casi nadie se atreve a chistarle?
Seguramente hay una clave fundamental en su discurso. Es de los pocos que no tiene complejos ante los nacionalistas. Porque la mayoría de nuestros políticos tienen metido también en su código una especie de mala conciencia, como si poner pies en pared ante el separatismo fuera cosa de carcas. Pero el carca Monago es justamente el que representa a una región española que no se caracteriza por su conservadurismo ni por su riqueza. Y digo yo que si hay algo progresista es defender a los menos favorecidos frente a los que más tienen, porque es realmente patético ver, como ahora mismo, a antiguos socialistas catalanes abrazándose al independentismo de los privilegiados.
Pero no es sólo el discurso exterior de Monago el que cuenta. Su presidencia se basa en un acuerdo con Izquierda Unida, lo que no es fácil para un dirigente del PP (aunque tampoco fue imposible gracias a la habilidad del PSOE para descoyuntar la izquierda extremaña). Pero muy meritorio, en cualquier caso.
Y hay alguna cosa más. Monago tiene un equipo muy eficaz para su misión. Y no pierde la cara a la opinión pública, detecta aliados y ablanda enemigos reales o potenciales. Y no quiere decir esto que acierte siempre, pero sí significa lo que desde el principio se decía. Monago es de los que hacen política en Mérida, en Madrid y en Barcelona, donde, por cierto, ha logrado que le eleven a peligro público, como aquel que es capaz de agitar el victimismo nacionalista. Quién se lo iba a decir a un presidente extremeño. Él sólo, capaz de movilizar las calles separatistas.
Monago, pues, hace política, guste más o menos. Y tengo la sensación de que hacen falta bastantes como él para salir de este laberinto de desafecciones ciudadanas en que se ha convertido nuestra vida cotidiana, donde todos buscamos culpables porque no tenemos referentes.
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Director general de EL IMPARCIAL.
JOSÉ A. SENTÍS es director Adjunto de EL IMPARCIAL
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