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Dos lecturas sobre la independencia de Escocia

Juan José Solozábal
martes 11 de marzo de 2014, 20:18h
Me ha interesado extraordinariamente el tratamiento, que ya comenzaba a echar en falta, de la cuestión escocesa en dos medios que frecuento, como sabe el lector, y que por su solvencia, me merecen todo respeto. Me refiero a The Economist y a la New York Review of Books que se acaban de ocupar con atención del tema.

The Economist contiene en un número reciente (22 de febrero) hasta tres artículos referentes a la situación escocesa. El semanario constata un desplazamiento del debate sobre la independencia, principalmente por iniciativa del gobierno británico, desde el plano identitario al económico y considera poco realista la actitud de los nacionalistas escoceses, que insisten en desdramatizar la independencia, como si no tuviera costo alguno el secesionismo. Las perspectivas económicas de la independencia, por el contrario, no son buenas: el mantenimiento de Escocia en la libra sería sin capacidad de decisión en la política monetaria; los bancos escoceses se quedarían sin la cobertura del Banco de Inglaterra si hubiese necesidad de recate, como ya ocurrió recientemente; y sería de prever el traslado de sede a Londres de importantes instituciones de ahorro con sus activos: un mal futuro económico en suma para un país con una población envejecida dependiente de la seguridad social, y cuyas reservas petrolíferas pueden estar agotándose.

La disuasión comunitaria para The Economist no es tan clara, aunque puedan hacer pensar otra cosa las advertencias, que al semanario le parecen algo imprudentes, provenientes de dirigentes de la Unión como Van Rompuy o el Sr. Barroso. Lo cierto es que el derecho europeo no contempla la salida de regiones que formasen parte de los estados miembros como consecuencia de su independencia y que en definitiva la duración de la estancia extramuros de la Union dependerá de la actitud en esa hipótesis de los miembros de la organización. Me parecen de interés dos apuntes sobre la relación de los movimientos independentistas y la UE. El secesionismo desde luego reduce la operatividad de la Unión, imposible de gestionar con un número alto de miembros, como resulta ya de la complejidad de funcionamiento en su actual composición de 28 socios, y además la fragmentación contradice la integración pues no se compadece “con el ethos de unir para crear un todo mayor”. Pero lo cierto es que la Unión, hasta cierto punto, no ha dejado de debilitar a los estados “desde arriba”, haciendo para los separatistas más fácil buscar la independencia dentro del paraguas comunitario.

Algunos tendenciosamente incluso han señalado que la misma viabilidad de los referéndums secesionistas sería imposible sin la Unión, en cuyo marco determinados procedimientos disuasorios no pueden utilizarse para impedirlos, si se estuviera dispuesto a ello, habría que añadir por nuestra cuenta.

El artículo de Jonathan Freedland en la NYRB, número de 20 de Marzo (Will Scotland go independent?) no tiene desperdicio. En primer lugar porque ofrece una explicación de la creciente implicación de la opinión pública inglesa en el debate abandonando su posición letárgica hasta ahora, pues no se dudaba de la derrota segura de los independentistas. Están creciendo las probabilidades del Si. “Una encuesta del ICM de finales de este febrero muestra que la diferencia entre las dos posiciones se ha reducido a ocho puntos , con la delantera para los partidarios del No con el cincuenta y cuatro de los votos respecto al cuarenta y seis por cien del Sí”.

Pero el artículo a mi me ha cautivado por la presentación que se hace de las posiciones del Scot National Party como propias de un nacionalismo cívico, interesado no tanto en la etnicidad y la historia como resortes de la identidad, cuanto en las cuestiones de la “democracia y el gobierno”. Se trata de un nacionalismo preocupado por la gente. En el volumen Scotland´future , el libro blanco publicado por el gobierno nacionalista de más de 649 páginas, no hay mucho sobre autodeterminación sino detalles cotidianos sobre el autogobierno. No abundan las proclamas de orgullo escocés, y en cambio se da información acerca de la suerte futura de los servicios postales o la gestión de las licencias de conducir. El secesionismo no quiere romper con los lazos sociales con Inglaterra, pues 800.000 escoceses viven en otras partes del Reino Unido y 400.000 personas británicas, la mayoría ingleses, viven en Escocia. Por supuesto la Escocia independiente no abandonará los signos británicos consustanciales, esto es, la monarquía, la libra, el Servicio Nacional de la Salud, la BBC y sus series como East Enders, doctor Who y Strictly Come dancing. Se piden cambios constitucionales para afirmar un nuevo modelo social, alejado del “turbo capitalismo” inglés y basado en la compasión y el protagonismo asistencial público (hospitales, becas, urbanismo ecológico, etc). No se insiste en las características genéticas o raciales de los escoceses sino en una diferente cultura política del resto del Reino Unido y específicamente de Inglaterra.
Acertadamente se destaca que el Partido conservador que en 1955 obtuvo más votos que nadie en las elecciones nacionales, tiene en la actualidad solo uno de los cincuenta y cinco parlamentarios que Escocia envía a Westminster.

El artículo, con todo, no es una ingenua confrontación entre una propuesta de continuidad rutinaria (No) y un sugestivo proyecto nacionalista (Sí). A lo mejor el nuevo nacionalismo esconde tras su apariencia amable solo una versión reformada de los prejuicios identitarios nacionalistas, constituyendo en realidad un escalón más alto del viejo chauvinismo escocés del pasado.

Podría ocurrir, como señala Darling el líder de la campaña del No, “que la idea de que la gente que vive en el sur de Inglaterra son menos inteligentes, casi inferiores a nosotros” es la cumbre de la arrogancia. De otro lado si la separación va a cambiar tan poco las cosas, ¿cuál es la verdadera justificación de la independencia?. Puesto que desde 1999 Escocia tiene autonomía política acorde con su identidad reconocida en los ámbitos jurídicos, culturales o deportivos, “ ¿por qué romper una unión que ha conseguido tanto, especialmente si la ruptura no ha de ser completa?”.

La contestación a esta pregunta puede ser que en lo que se piensa realmente es en aumentar la autonomía mas que en alcanzar la independencia, ¿pero nadie responderá por el fiasco?

Juan José Solozábal

Catedrático

Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.

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