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RESEÑA

Ihara Saikaku: El gran espejo del amor entre hombres

domingo 23 de marzo de 2014, 15:15h
Ihara Saikaku: El gran espejo del amor entre hombres. Prólogo de Luis Antonio de Villena. Traducción de Carlos Rubio y Akiko Imoto. Satori. Gijón, 2014. 248 páginas. 19 €
De vez en cuando, uno se encuentra con un libro sorprendente, que le saca del pretencioso tedio de la literatura actual y le lleva a otro mundo posible, a otra forma de existir. Este libro es hoy El gran espejo del amor entre hombres, las historias del camino del amor viril, un tema tan chocante como sabrosamente tratado por Ihara Saikaku.

Ihara Saikaku (1642-1693) fue un choonin, un habitante de las grandes urbes que florecieron en Japón en la época Edo, que va de 1603 a 1867. En esos años de aislamiento del resto del mundo, Japón desarrolló gran parte de sus peculiaridades culturales, de sus exquisitas rarezas. Y, entre ellas, el concepto del “mundo flotante”, que cultivaban por igual la clase samurái y los choonin, los artesanos y comerciantes que gastaban su dinero en diversiones y placeres. La idea del mundo flotante está asociada a la fugacidad de la vida, al paso de las cosas, al inevitable decaimiento de la belleza, al disfrute y la melancolía asociados a todo ello. Es un concepto budista, pero también con grandes consecuencias literarias y artísticas. El escritor, el artista, es en el Japón de Edo el cronista de esa fugacidad, de ese extraño placer siempre abocado a la caída y a la extinción. Porque, en Japón, los seres humanos son como pétalos de flor de cerezo, que nacen, tiemblan unos días al suave viento de la primavera, y caen para destellar un último segundo en el regato por el que corren las lluvias primaverales.

Otro concepto muy japonés es el del do, el camino. En el zen, cualquier actividad es susceptible de ser un do, un camino. Un camino de perfección y de autoconocimiento. Incluso el camino de la lascivia, o el del amor viril. Ihara Saikaku fue uno de los escritores más excéntricos que uno pueda imaginar. Aficionado a la poesía, batió un record Guinness: se dice que en un día escribió 23.000 poemas haikai. A pesar de ello, se convirtió en un comerciante en su Osaka natal. Tras la muerte de su mujer compuso una elegía de 1.000 versos, algo inédito en la poesía japonesa, y poco después, tras la muerte de una hija ciega, decidió abandonar a sus otros hijos y su negocio y dedicarse al oficio de escritor ambulante. Saikaku se entregó a la idea del mundo flotante, y compuso entre otras, Hombre lascivo y sin linaje, Amores de un vividor, Cinco amantes apasionadas y, al final de su vida, El gran espejo del amor entre hombres.

A menudo, se ha comparado la literatura de Saikaku con la novela picaresca, y es cierto que tiene algo en común. Pero mientras que los pícaros luchan con el mundo que les rodea, los personajes de Saikaku se entregan al irresistible cóctel de su pasión y su ética, siempre celebrando el amor carnal y espiritual, en este caso entre hombres. Un amor codificado y aceptado por la sociedad, que incluía un nenja u hombre adulto, un wakashu u hombre joven, y el código de amor, honor y fidelidad propio de los samuráis. Las veinte historias de este libro son anacrónicas, fantásticas como una leyenda china, subyugantes como el Dafnis y Cloe del antiguo griego Longo, escandalosas como la noticia amarilla de un tabloide inglés y, al final, profundamente naturales.


Es lo más extraordinario de este libro, que tras un inicio más o menos abrupto, se acaba comprendiendo y queriendo a estos hombres misóginos que beben el agua en el que otro hombre escupe, o que se arrancan las falanges de un dedo propio a mordiscos para mostrar su fidelidad. Porque el lector, sea hombre o mujer, sea homosexual o no lo sea, no puede más que admirar el mensaje último de este gran espejo: que el amor, sea por quien sea o por lo que sea, nos libera de nosotros mismos y nos pone en contacto con lo eterno.

Todo esto, en esta exquisita versión de Satori, traducida de forma magistral por Carlos Rubio, quien consigue un equilibrio entre lengua clásica y actual que haría las delicias del mismo Saikaku. Un Carlos Rubio, recién condecorado por el emperador del Japón con la “Orden del sol naciente con rayos dorados y cintas colgantes”, que brilla en un prólogo que ayudará al lector a internarse en este jugoso bosque de insólitas escenas. Leer a Saikaku es abandonarse a la prematura primavera para volar quizá como un pétalo de flor de cerezo más.


Por José Pazó Espinosa

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