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En la muerte de Adolfo Suárez, un recuerdo a lo mejor de nuestra historia

domingo 23 de marzo de 2014, 22:33h
Pocas personas son capaces de concitar en torno a su figura tanta gratitud y respeto como Adolfo Suárez. Su muerte ayer domingo consternaba ayer a España entera, la institucional y la de a pie. Mariano Rajoy anunciaba tres días de luto oficial, y acertaba al definirle como “alguien cuya entrega y cordialidad hizo posible la democracia y la entrada en Europa”.

Es enorme el legado que deja Suárez a España. El recuerdo de su figura irá inexorablemente unido al de la Transición, etapa modélica y un auténtico referente más allá de nuestras fronteras. Sin él, no habría sido lo mismo. Suárez, además, fue la cabeza visible de un grupo de personas que hicieron posible la reconciliación nacional y dotaron al país de una herramienta clave para la convivencia: la Constitución de 1978. Entonces se hizo política con mayúsculas, a diferencia de ahora, cuando el descrédito de la clase política es tan grave como merecido.

Conviene, pues, echar la vista atrás para darse cuenta de lo mucho que España le debe a Adolfo Suárez, y ponerla en el presente para recordar a los políticos actuales qué es una voluntad de servicio público. Hay mucho que aprender de él. Pero sobre todo, los políticos actuales deberían reflexionar sobre su principal legado: tras muchas, muchísimas décadas, la inmensa mayoría de los españoles tenían un relato común, constructivo y positivo. Eso fue la Transición democrática. Como casi todas las democracias estables, la española de 1978 estuvo presidida por la reconciliación en libertad y por una mirada optimista dirigida al futuro. Con razón, los españoles de entonces sintieron una fuerte inyección de autoestima que ayudó, a derecha e izquierda a construir un futuro importante. Quienes, desde 2005, quisieron sustituir ese espíritu de concordia y amistad cívica por rebuscar entre los rescoldos lamentables y sangrientos de la Guerra Civil, en un intento de forjar una miserable arma política de ocasión, deberían reflexionar sobre la enorme responsabilidad que han contraído. Una responsabilidad tan grande, como triste, negativa y deprimente, que, sin explicar la crisis, si nos hecho más penosa la travesía y más ardua su salida
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