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Adolfo Suárez o la política como arte

José Manuel Cuenca Toribio
lunes 24 de marzo de 2014, 20:36h
Sin duda, sólo dos o tres generaciones atrás algunos de los centenares de artículos aparecidos tras la desaparición del presidente Suárez -el conocimiento hemerográfico del cronista al respecto no es exhaustivo aunque sí acezante- se hubiesen intitulado así o de forma semejante. Tal es la degradación de las Humanidades en nuestros días y el auge, en verdad pavoroso, hodierno de las matemáticas, la estadística y otras ciencias o disciplinas “duras”.

Por vía paradójica –la más penetrante y esclarecedora, ciertamente, de la siempre azarosa condición humana- su famosa caracterización como “chusquero” de la política aludía, modesta y autocríticamente, a ello. De aljabas culturalmente ligeras, sin reflexiones particulares acerca de la res publica, su saber en punto a los entresijos más ignotos de la dictadura más plural del siglo XX –la franquista- le deparó un conocimiento singular al par que envidiable sobre los móviles y metas más comunes y generalizados de la actividad política. Antes de ser un envidiable experto en ella recorrió, metafóricamente, todos los grados y situaciones de la jerarquía castrense, de cabo a general. Una inteligencia natural envidiable y un talento de primer orden para las relaciones personales, junto a una formidable intuición para calibrar la marcha y dinámica de los grupos sociales dotaron a su figura de notas y rasgos insuperables para la conducción de hombres y mujeres consagrados al servicio público, con asombrosa capacidad de maniobra, administración de los tiempos y dominio del lenguaje –la eubolia, tan ponderada por Azorín, admirable analista político y estudioso incomparable de sus efectos en la biografía de algunos de los máximos prohombres del novecientos hispano.

Con tan asombroso capital político a su disposición, Adolfo Suárez –“el estadista de Cebreros”, para algunos de sus adversarios más sañudos- moviose en el anubarrado panorama del llamado tardo-franquismo con desenvoltura y perspectiva sin iguales. Más táctico que estratega –según lo requería ineludiblemente la difícil, la muy difícil coyuntura del país, su guión principal se atuvo a buscar, con el máximo respaldo colectivo, los caminos más directos para llegar a la meta bendecida y áurea de la democracia. El programa de la empresa –diríase mejor “aventura”, intrépida aventura…- quedaba por entero concernido al hallazgo de la ruta del oro del autoritarismo a la libertad. Por supuesto que con mil implementos más, la estrategia del empeño se reducía, sin embargo, en esencia y primordialmente, a tal diseño, en el que el camino encerraba la clave del éxito final. Nuestro primer presidente de la Transición acertó –imaginación, valentía, sensibilidad y talento- a recorrerlo y apoderare de su talismán. Gracias a ello, su amada patria volvió a colocarse, al menos por una generación, en el candelero de las naciones y los pueblos del planeta, algunos de los cuales procuraron –y todavía se afana parte de entre ellos- en seguir pedisecuamente sus pasos para transitar, sin derramamiento de sangre, de la dictadura a las libertades.

Así, personalidad tan escasa de saberes históricos legó a Clío una de las más formidables herencias de los tiempos modernos y contemporáneos. En su ocaso vital, bien quisiera creer el articulista que las lecciones de historia de las que un día –amititia causa- les proveyera –en calendarios juveniles y, por ende, audaces-, a él y a varios de sus compañeros, para superar la oposición estatal harto humilde que asentó burocrática y económicamente su porvenir en los años de la pre-transición, sirvieran para estimular la entrega de Adolfo Suárez a la más alta misión que, para gozo y robustecimiento de la concordia entre los españoles, conocieron las generaciones contemporáneas de un país sólo concebido por su tremente espíritu en cifra y compendio de unidad y convivencia básica.
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