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Adolfo Suárez, la promesa de España

Santiago López Castillo
lunes 24 de marzo de 2014, 20:41h
Adolfo Suárez González pasó de ser el elegido, mesiánico, para prometer y prometió a la ciudadanía el cambio político de los años setenta y tantos hasta los ochenta y tantos. Muerto Franco, se acabó la rabia. Esa sería, a simple vista, una sentencia frívola y diabólica. Suárez cambió el signo de la historia española contemporánea al abrazar el sistema parlamentario como quedó constituido en la Carta Magna y que S. M. el Rey alentó.

Don Juan Carlos estaba abocado a reconducir la senda constitucional. Y eligió para ese cometido a Adolfo Suárez González. Era el Movimiento Nacional. El haraquiri del régimen. Tal vez por ello, lo eligió el monarca. En la terna estaba, con casi todas las papeletas, José Mª de Areilza, monárquico por los cuatro costados. Quien, en aquellos momentos -tras el nulo aperturismo de Arias Navarro-, me comentaba antes de la decisión: “Es necesaria una evolución interior”.
- ¿En qué idioma me habla, usted que siempre ha sido embajador…?

Y tuvo que ser él. Adolfo Suárez, el de las flechas y pelayos. El del Consejo Nacional del Movimiento. Al que le llamaron traidor y de todo. Director general de RTVE, logré unas cuantas palabras al ser elegido para la presidencia del Gobierno. En su barrio de Puerta de Hierro. Años después, legalizado el Partido Comunista, Carrillo, con aquellos pelos, o sea, la peluca del mal en el retrovisor, Suárez pondría su cargo encima de la mesa en donde aguardaban las pistolas del generalato. Hasta llegar al 23-F. Desde mi puesto de comentarista de TVE, le creí morir por los disparos de la intentona golpista.

- ¡Yo soy el presidente de la Nación! –exclamó ante la turba.
Y Gutiérrez Mellado, zarandeado y humillado por un inferior, el teniente general Gutiérrez Mellado hubo de zafarse de un golpista a brazo partido. Enfrente de mi puesto de comentarista de TVE estaba Santiago Carrillo, el comunista de Paracuellos. No se le movió un músculo. Me dijo horas después:
- Si me iban a dar un tiro, ¿qué más me daba estar de pie, tumbado o de rodillas…?

Una vez presentada la dimisión, sables y pistolas sobre la mesa, tuve la suerte de ser el único periodista en sacarle unas palabras al dimisionario presidente del Gobierno. Fue en la sala de autoridades del aeropuerto de Barajas. La cúpula de UCD iba a Palma de Mallorca para elegir al sucesor del sucedido. Suárez, hasta aquel momento, no había pronunciado palabra. Mandé a un equipo de TVE. Cuando llegamos ante el presidente dimisionario, le dije al cámara. Tú graba cuando me dirija a él. El ex presidente (presidente para toda la vida en lo protocolario hasta el día de su muerte, ayer), al verme me sonrió en un gesto de complicidad. No en balde había sido mi director general de RTVE y tenía toda la confianza en mí, además de que yo fuera el responsable de la información parlamentaria de la televisión pública y única:
“Calvo-Sotelo -sentenció- será mejor presidente que yo…” (fue la portada de los telediarios).

Y del puedo prometer y prometo, y de ser sujeto de chanzas, insultos y capirotes, “Tahúr del Mississippi”, oh, señor Guerra, pasó a perder la memoria por ese alemán cabrón que nos corroe y obnubila. Todos ahora lo lloran, algunos con lágrimas de cocodrilo. Y sobreviven gracias al rimbombante (no era lo suyo) título de marqués de Suárez o de Cebreros, Ávila.
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