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De campeones e imbéciles

sábado 29 de marzo de 2014, 19:47h
Según De Gaulle, “patriotismo es cuando el amor por tu pueblo es lo primero; nacionalismo, cuando el odio por los demás es lo primero”. Muchos nacionalistas le han dado la razón, como el diputado del PNV Javier Maqueda, para quien “todo aquel que no sea nacionalista ni quiera lo suyo no tiene derecho a vivir”. Mira qué bien. El tema viene a colación con el doctorado honoris causa que la Universidad de las Islas Baleares -UIB- iba a conceder a Rafa Nadal, pero que finalmente no ha podido llevarse a efecto por presiones nacionalistas. De hecho, ha sido el propio Nadal quien ha enviado una carta al rector de la UIB agradeciendo la posibilidad del galardón pero declinándolo para no suscitar polémicas. Campeón dentro y fuera de la pista.

Pocas personas habrá tan ejemplares como Rafa Nadal. Y pocos ámbitos tan plagados de imbéciles como el nacionalismo. Si se quedara aquí, no pasaría de ser una muestra más de estulticia provinciana. Ocurre que, a veces, mata. De hecho, en nombre del nacionalismo vasco se ha asesinado a casi un millar de personas. Y la semana pasada moría una niña de tres años porque el hospital de Vitoria le negó una ambulancia. Fallecía en el coche de su padre, mientras éste, desesperado, intentaba trasladarla a un centro sanitario. Todo ello por las trabas que el nacionalismo pone para que Osakidetza -el servicio público de salud vasco- atienda a gentes que no sean de allí, como la pequeña de Treviño -Burgos-.

No es nada nuevo; el nacionalismo siempre ha sido así. Pero de unos años a esta parte, si resulta novedosa la atracción fatal que ha suscitado hacia la izquierda. Socialistas vascos y catalanes han sucumbido a los cantos de sirena de un nacionalismo que jamás los considerará “de los suyos”, sino, en todo caso, tontos útiles al servicio de la confrontación. De hecho, el salvajismo de los radicales de izquierda que la madrugada del pasado sábado dejaron heridos a 67 policías y provocaron importantes destrozos es similar al de sus “correligionarios” de Barcelona en el barrio de Gracia o al de los de la kale borroka en Euskadi.

Quién lo diría, izquierda y nacionalistas, de la mano hacia el radicalismo. Y eso que, según Marx, “el nacionalismo es un invento de la progresía para dividir al proletariado”. Lenin, por su parte, pedía “no pintar de rojo el nacionalismo, aunque a la vista está que no le han hecho mucho caso. Me quedo con Rafa Nadal, todo un campeón. Me quedo también con todas aquellas familias de auténticos campeones que han tenido que irse de Cataluña o Euskadi por la presión del nacionalismo, en muchas ocasiones dejando atrás a algún ser querido en el cementerio tras un atentado. Y me quedo, por último, con un antiguo miembro de ETA que posteriormente engrosó las filas del PSE, Mario Onaindía, quien escribió que “la patria no es el lugar donde uno nace, sino donde es libre”. Esa misma patria que defienden Policía y Guardia Civil, atacados en las calles de Madrid o en el vallado de Melilla. Pocos campeones y muchos imbéciles. Qué pena.
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