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La cumbre UE-África elude el fondo de la inmigración

viernes 04 de abril de 2014, 00:15h
Es una buena noticia que la cumbre recién concluida entre la Unión Europea (UE) y África haya tomado conciencia del gigantesco reto que supone la masiva inmigración irregular que llama cada día con más insistencia a las puertas europeas. Pero resulta desalentador que la siguiente cumbre entre ambas regiones no se celebre hasta el 2017, y más aún, que los acuerdos más concretos alcanzados se refieran fundamentalmente a la gestión de la línea fronteriza. Sin duda los sucesos que cíclicamente se producen en ella requieren medidas más eficaces por ambas partes, como el combate contra las mafias de tráfico de inmigrantes, el retorno a los países de origen o la readmisión de las personas afectadas, la protección a los refugiados o una mayor eficiencia de la acción policial en la frontera que no entre en colisión con las medidas humanitarias ni lleve a la violación de los Derechos Humanos.

Sin embargo, los dramas que se constatan en puntos calientes como las vallas de Ceuta y Melilla, o las costas de Lampedusa, son solo una parte -pequeña- de la tragedia real que se desarrolla mayoritariamente fuera de los focos mediáticos. La odisea de los colosales y letales trayectos que los inmigrantes africanos deben recorrer es con frecuencia el escenario de dramas mucho más terribles que suceden en el anonimato y quedan lejos de la conciencia de la opinión pública. Algo que también ocurre, obviamente, en los motivos que impulsan en sus países de origen a emprender el éxodo. Resulta decepcionante que la cumbre Europa-África solo haga una mención episódica y superficial a estas cuestiones de fondo, abocando a un futuro choque fronterizo cada vez más ingobernable.

Europa debe asumir que su frontera sur constituye la línea divisoria con un escalón de desigualdad mayor en todo el planeta. Ni crisis económicas ni ninguna medida disuasoria van a impedir una creciente presión migratoria si no se suaviza el brutal desnivel existente a un lado y otro de la línea divisoria. No se trata de mandar financiación a fondo perdido, sino de tomar resoluciones valientes como liberalizar el comercio entre ambos continentes: la simple salida de productos agrícolas africanos produciría un extraordinario arraigo de los hoy emigrantes: los costes serían inmensamente menores que los beneficios obtenidos. Europa también ha de asumir su responsabilidad en frenar las espirales de violencia subsahariana y contribuir a una gradual democratización de la zona, evitando que sanguinarios sátrapas o estructuras paramilitares absorban como un pozo sin fondo la riqueza y las ayudas que allí se envíen. Todo lo que no sea afrontar estas raíces últimas del problema, contribuirá a que en un futuro más o menos lejano la Unión Europea acabe por recibir un éxodo que ni podrá contener ni podrá asimilar. Se necesita otra altura de miras para no llegar a una situación sin salida.
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