No al Estado: ¡Viva la anarquía!
domingo 06 de abril de 2014, 18:21h
Mi compadre Pablo Castellano, socialista profundo, cachondo, expulsado del PSOE por ser un socialista de ley, me dijo en cierta ocasión: “Debemos, Santiago, reinventar la FAI”. Coñas a sabiendas de que sabía y sabe cómo pienso y que mi único partido -club en este caso- es el Real Madrid. Pero sí. Al paso que vamos, la anarquía se está instalando a marchas forzadas. Vuelven los tics de la nefasta II República. La izquierda, radical y trasnochada se enfurece en cuanto se mueve alguien o algo. Lo penúltimo es la decisión de la Comunidad y el Ayuntamiento de Madrid de que se controle el permanente manifestródomo de la Villa y Corte, siempre conducente a la algarada frente a la Casa del Reloj. Un millar de agitaciones al año es dato revelador para que se lo hagan mirar, en expresión eminentemente catalana. Todo empezó con el movimiento 15-M y lo que te rondaré morena a medida de que se aproximen los comicios europeos, autonómicos y municipales y no digamos las generales.
Los que se mofaban de Fraga con la calle es mía han revertido aquella aseveración en la calle es nuestra. Les importa una higa -y eso que son “modélicos trabajadores”- que los comercios de la Puerta del Sol no vendan un pijo. No se puede, aducen, poner puertas al campo, y en esas va la progre delegada del Gobierno, la tal Cristina Cifuentes, alias la motera, dando la razón a la jauría. Una cosa, señora, es el derecho a manifestarse y otra el desorden público. Una cosa es el aborto con plazos legales y otra proclamar muerte a la vida. Y eso otro de que la libertad termina cuando se invade la del prójimo. Mal vamos, señor Rajoy, si este es el centrismo reformista que propugnan algunos de sus dilectos militantes. Siempre con la coletilla de que el PP es un partido plural, según convenga.
En otros países como Francia, aventajados en democracia, a saber y gobierno, ¿cuánto tiempo hubieran durado en los Campos Elíseos las acampadas de Sintel en el Paseo de la Castellana? Ni tres días, y aquí un año por lo menos. En esta España rota -con un Estado garantista y unos jueces que miran para otro lado-, se permite todo y si no te doy dos hostias, ¿vale? (lo macarra se lleva mucho). Se me viene a la memoria aquel episodio de un pobre labrador madrileño al que le metieron en la trena, con una multa de un millón de pesetas, por haber capturado a un lagarto ocelado, especie protegida, para llenar el bandujo. O la señora que cogió alimentos en un supermercado para que comieran sus hijos.
Mientras tanto, unos sindicalistas chaperos se ponen ciegos de marisco y viajan en cruceros de lujo, a sol y playa.
Hasta Bakunin se hubiera sentido abochornado.
Por fortuna, mi compadre Pablo Castellano -y no es una crítica- es capitán de yate en Palma de Mallorca. Rumbo al infinito.