La Transición: lecciones para el futuro
Juan José Laborda
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jueves 10 de abril de 2014, 19:57h
Esta semana he participado en unas jornadas que organizó el Centro de Estudios Políticos y Constitucionales sobre la “Transición”. Se subtitularon “lecciones para el futuro”.
Intervine en una mesa redonda que, bajo el apartado “Protagonistas”, nos reunió a diputados y senadores de las primeras Cortes democráticas: Enrique Múgica, Soledad Becerril, Gabriel Elorriaga, Carmela García Moreno y yo mismo. Le pedí a Benigno Pendás, director del Centro de Estudios, que me dijera qué les interesaría a los asistentes conocer de mi experiencia durante aquellos años. Me contestó: “tu experiencia personal en tu partido”. Teniendo presente la finalidad de las jornadas, y la sensación dominante de que la crisis afecta también al concepto de la “Transición”, éste fue relato sintético y crítico de mis recuerdos de aquel tiempo.
Yo ingresé en el PSOE en 1974. Hasta entonces no había pertenecido a ningún partido, pero mi actividad política comenzó en 1965, cuando empecé a militar en el Sindicato Democrático de Estudiantes Universitarios. Estuve encuadrado en aquella evanescente y medio tolerada organización durante los años que cursé, en Pamplona y Valladolid, mis dos carreras. Participé intensamente en las actividades sindicales, que en su mayor parte eran actividades contrarias al Régimen franquista, hasta que el Sindicato Democrático, al menos en Valladolid, entró en crisis en el año 1970.
Esa crisis, además de por efecto de la represión policial (en Enero de 1969 se declaró el estado de excepción contra la agitación universitaria), se produjo por otro factor: el Sindicato Democrático se fracturó por la ley de autonomía universitaria del ministro Villar Palasí. Una parte de los representantes elegidos en los cursos (entre los que me encontraba), estábamos en contra de la estrategia huelguista que intentaron imponer los otros delegados, aquéllos que estaban de acuerdo con estrategias exclusivamente políticas. Nosotros no es que estuviésemos en contra de la huelga, sino que rechazábamos los argumentos falsos contra la ley Villar (por ejemplo, que las matrículas aumentarían muchísimo), con los que se pretendía crear un clima favorable a la huelga.
En junio de 1970 dejé de ser delegado de curso, elegido dentro de un Sindicato estudiantil que estaba en las últimas. Creo que ese año marcó un cambio de rumbo en mis concepciones políticas.
Después de mi experiencia en el Sindicato Democrático, con sus luchas internas, en un ambiente político de mucha dureza personal, me convencí de que yo era incompatible con proyectos políticos basados en la acción de unas vanguardias partidarias. En otras palabras, no me gustaba el leninismo como método de lograr el socialismo. Rechazaba el leninismo, pero intelectualmente todavía apreciaba la revolución.
Todas esas consideraciones me llevaron a la conclusión, aparentemente contradictoria con mi aspiración a la unidad del antifranquismo, de que era imposible hacer política sin estar militando en un partido democrático.
Esa es la explicación a mi ingreso en el PSOE en 1974.
Viví con intensidad aquellos años decisivos. Estoy seguro de que tuve una verdadera vocación política, y por eso me empapé de lecturas referentes a los problemas de la sociedad española, así como de la ideología del partido en el que militaba.
Con la perspectiva de cuarenta años he llegado a una interpretación de la evolución de mi Partido, y en consecuencia, de mi propia evolución.
Decía antes que en aquellos años aprecié la idea de la revolución. De hecho, cuando participé como delegado en el 27 Congreso del PSOE -fue en diciembre de 1976 y aún éramos un partido ilegal- me encontré intelectualmente cómodo con la definición “de partido revolucionario”, cuyo “ideal es la completa emancipación de la clase trabajadora; es decir, la abolición de todas las clases sociales y su conversión en una sola de trabajadores, dueños del fruto de su trabajo, libres, iguales, honrados e inteligentes”. Esa semántica, que aparecía en el carnet del partido, tenía casi un siglo de edad.
La Revolución que imaginábamos no era la de las vanguardias leninistas, sino un tipo de revolución que estaba dentro de la tradición revolucionaria liberal. Tardé tiempo en comprender que en el siglo XX la revolución, indefectiblemente, conduce al Totalitarismo y al Terror.
De ese descubrimiento hable muchas veces con tres socialistas con los que conviví en el Senado durante años. Dos fueron revolucionarios auténticos en los años 30: Ramón Rubial, el presidente de mi partido, y Josep Subirats, un socialista catalán que llegó en nuestro tiempo a presidente del Tribunal de Cuentas de la UE. El tercero nunca fue revolucionario: me refiero a don José Prat, senador por Madrid entre 1979 y 1989, y que durante la Guerra Civil coordinó la presidencia del Gobierno de la República con don Juan Negrín.
La aprobación de la Constitución el 6 de diciembre de 1978 transforma al PSOE. Abandonó su segunda alma revolucionaria para convertirse en un partido que asume el Estado democrático por sus propios valores, y no como instrumento de unos fines socialistas superiores. En mayo de 1979, el PSOE celebra su 28 Congreso, y entonces fracasan los que proponen una declaración ideológica congruente con la Constitución. Unos meses después, en un Congreso extraordinario, el PSOE se declara reformista dentro de la legalidad constitucional.
Creo que el revisionismo actual de la Transición busca también cambiar el sistema de partidos políticos, y en concreto, que la socialdemocracia siga siendo, en España, la alternativa al centro-derecha.
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Consejero de Estado-Historiador.
JUAN JOSÉ LABORDA MARTIN es senador constituyente por Burgos y fue presidente del Senado.
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