El arrebato de “la desafección”
Ángel Duarte
x
aduarteelimparciales/8/1/8/20
martes 13 de mayo de 2008, 23:14h
El 2 de octubre de 2006, José Montilla, por aquel entonces candidato a la presidencia de la Generalitat por el PSC, dirigía la palabra en el Foro Nueva Economía de Madrid. Si se entretienen en revisar el texto –fácilmente localizable en Internet- observarán que no hay ni una sola mención -repito, ni una- a la pretendida desafección de Cataluña para con España. Tampoco se da la más mínima referencia a hipotéticos estados de animadversión, enemistad o antipatía entre catalanes y el resto de españoles. Hay, por el contrario, un programa ambicioso y optimista que pone el acento en los proyectos aeroportuarios, en la defensa de los estándares de bienestar de los catalanes -compatibles con el del conjunto de los españoles-, y en la necesidad de elevar el nivel de exigencia en los distintos niveles de la enseñanza. Había sonado la hora de la Cataluña social. La de Montilla era, entonces, una propuesta cooperativa y, en la medida que da de sí el personaje, cordial. La cosa era de por sí notable y refrescante. Veníamos de meses -qué digo meses ¡años!- de discutir un Estatut que nos elevaba al rango de nación de Barataria mientras dejábamos para más adelante la ordinaria administración. El cambio parecía, pues, para bien.
Un año más tarde, el 7 de noviembre de 2007 y ya como presidente, Montilla volvía al mismo escenario para advertir sobre las graves consecuencias políticas de “una desafección emocional” de Cataluña hacia España. Infería, de la existencia de notorios problemas de financiación algo mucho más trascendental: los primeros síntomas de una ruptura afectiva. ¿Qué había pasado en esos doce meses? ¿Tanto había cambiado la situación? ¿Por qué ahora, y no antes, ese arrebato en un hombre tan gris, o tan moderado, o tan poco dado a las expansiones?
Cierto es que habían habido contrariedades graves. Dificultades culturales y lingüísticas a propósito de las cuales quizás tenga una opinión diversa de la compartida por el común de los lectores de EL IMPARCIAL. Complicaciones y deficiencias importantes en materia de infraestructuras. Cuestiones, en suma, de las que se puede discutir civilizadamente sin amenazar con ir al abogado y con empezar a tramitar los papeles de la separación. Todos esos problemas, siendo delicados, no explicaban el frenesí de Montilla.
Se me ocurren para ese ignoto ímpetu patriótico algunas causas hipotéticas. La primera, las alianzas a las que el PSC se vio obligado para evitar que quienes habían ganado las elecciones en las urnas se hicieran con la presidencia del gobierno autónomo. Sería el por qué menos preocupante, por coyuntural. La segunda, los diversos rapapolvos que los diputados catalanes, en especial los de la coalición gobernante, recibieron ya fuese de Manuel Pizarro -el enemigo por antonomasia- con motivo de su comparecencia como presidente de Endesa o el que supuso, indirectamente, la previsible nula receptividad por parte de José Luis Rodríguez Zapatero a la reprobación catalana de la castiza ministra de Fomento. La tercera, que con mando en plaza siempre es más fácil trasladar a Madrid la causa de todos los males que hacerles frente con rigor. Con todo, la más temible de las explicaciones sería que el cargo de Molt Honorable imprimiese carácter. Que fuese capaz de convertir a todo un socialdemócrata de raíces cordobesas en el más fiero Sant Jordi, defensor de la doncella catalana acechada por el malvado dragón español.
Colofón
El problema de todo arrebato es que provoca desatinos y es de fácil contagio. El pasado viernes, día 9, el Govern, por iniciativa de la Direcció General de Participació Ciutadana de la Generalitat, “puso a debate” un documento académico elaborado por excelentes científicos sociales en el que se diagnosticaba una pavorosa desafección de la ciudadanía para con la política. Los desafectos no sólo serían los catalanes respecto de España, sino los ciudadanos respecto de la arena democrática convencional. El tratamiento es de lo más recurrente: transparencia, participación, responsabilidad. Las propuestas a debatir no son tan consabidas. Por ejemplo, reconocer los derechos electorales de los extranjeros -comunitarios y no comunitarios- con el requisito de un tiempo mínimo de residencia o rebajar la edad para disfrutar del derecho al sufragio activo.
Definitivamente, la desafección da para explicar, sin distinguir, las impericias y las irresponsabilidades. Lo mismo sirve para un roto que para un descosido.
|
Catedrático de Universidad de Gerona
|
aduarteelimparciales/8/1/8/20
|