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CRÍTICA

David Shields y Shane Salerno: Salinger

domingo 13 de abril de 2014, 14:30h
David Shields y Shane Salerno: Salinger. Traducción de Javier Calvo. Seix Barral. Barcelona, 2014. 734 páginas. 27 €. Libro electrónico: 14,99 €
El enigma vital del mayor rara avis de las letras norteamericanas, el gran maestro moderno del idioma anglosajón, de personalidad humana ciertamente desconcertante –mitificada desde su propia distancia y la de los demás–, se despeja a la luz de los nuevos materiales recopilados sobre su existencia. Tres años después de la última gran biografía del emblemático autor de El guardián entre el centeno y de Franny and Zooey, a cargo de Kenneth Slawenski, J. D. Salinger. Una vida oculta (Galaxia Gutenberg, 2011, traducción de Jesús de Cos), aparece ahora, publicada en español por Seix Barral, Salinger, un monumento enciclopédico de más de setecientas páginas, obra del realizador cinematográfico Shane Salerno (Memphis, 1972), guionista y director del documental del mismo título estrenado en el festival de Toronto el pasado otoño, que acompañó a la aparición del volumen, y de David Shields (Los Ángeles, 1956), un escritor famoso tras la publicación, en 2010, del ensayo Reality Hunger: A Manifesto, compuesto exclusivamente con citas de otros autores. Libro y documental ofrecen un retrato salingeriano poliédrico y discontinuo, sustentado por más de 150 fotografías inéditas, cartas, fragmentos de diarios y más de dos centenares de testimonios directos, muchos de los cuales se habían negado a hablar de su relación con Salinger hasta producirse su fallecimiento, el 28 de enero de 2010, con 91 años de edad; tal vez atenazados por el draconiano carácter de un personaje tan refractario, en vida, a desvelar datos íntimos o familiares.

A todo este material nuevo hay que añadir la reproducción de diversas informaciones y reseñas publicadas en prensa en el momento de aparecer los –escasos– libros de Salinger, así como la glosa de algunas biografías anteriores, como las publicadas por su examante Joyce Maynard y su hija Margaret, polémicas por la imagen sórdida que presentaban del escritor en su cotidianeidad, o la del prestigioso biógrafo inglés Ian Hamilton, con quien Salinger sostuvo un largo pleito por los derechos de autor de la correspondencia incluida en su obra. También, el extenso comentario, quizá desproporcionado, sobre algunos de los más sonados magnicidios de los últimos tiempos -conocidísimo es el caso de John Lenon–, cuyos autores confesaron ser fieles fans de Holden Caulfield y del Guardián. Y desde luego, la asunción de muchas de las conclusiones ya desveladas por la reciente obra de Slawenski, aunque en este caso Salerno y Shields ni siquiera la inserten dentro de la bibliografía general. Se intuye en este hecho la rivalidad y competencia entre dos investigaciones exhaustivas que, prolongadas durante más de una década, han debido transcurrir -y friccionar más de una vez- en paralelo. Ya desde la introducción, los autores declaran como uno de sus principales objetivos el corregir muchas de las imprecisiones existentes en otros trabajos previamente publicados; por ejemplo, en el caso de Slawenski –único momento del volumen donde aparece citado- y los datos que aporta acerca de las actividades desarrolladas por Salinger durante la II Guerra Mundial.

Si bien la presencia de determinados errores -no entramos en esa cuestión- habría de aminorar, no cabe duda, su posible valor historiográfico, no es menos cierto que, en el libro de Slawenski, el relato de la vida de J. D. Salinger resulta apasionante y mucho mejor construido técnicamente que en el presente volumen, además de contener lúcidas y brillantes reflexiones críticas sobre la narrativa salingeriana al combinar, de forma equilibrada, el ensayo meramente biográfico con el detallado análisis literario; algo que nadie se había propuesto aún con seriedad y de lo que adolece el libro de Salerno y Shields, hecho que, como bien apunta Juan Bonilla, hará escapar al volumen de las baldas de crítica literaria.

Y es que, en realidad, la saturación y -a veces- reiteración informativa de la cual hacen gala sus autores a través de los muchos materiales acumulados -indiscutiblemente valiosos, con todo-, que dan a su obra un cierto aire, ya señalado, de enciclopedia, incluso por la propia estructura y disposición de los mismos mediante el registro, la concatenación de múltiples voces originadoras de una larga sucesión de entradas yuxtapuestas, a modo de polifonía coral o de guión documental –algo lógico considerando que Salerno ha escrito y dirigido un filme complementario– no varían, en lo sustancial, el perfil humano burilado por Slawenski y ya bien conocido sobre Salinger: sus orígenes, dentro de una adinerada familia medio judía de Nueva York; su formación académica, como estudiante rebelde que pasó por diversos centros hasta acabar en la escuela militar de Valley Forge, donde adquirió la severidad y disciplina necesarias a su carácter; su aprendizaje literario en la Universidad de Columbia y sus primeras publicaciones en las llamadas revistas generalistas, y su actitud perseverante al ver rechazados muchos de sus relatos iniciales, acerca de jóvenes de clase alta, decadentes y triviales, hasta conseguir su verdadero objetivo: irrumpir en las páginas de The New Yorker; su alistamiento en el ejército y su experiencia traumática de la guerra: el desembarco de Normandía, la cruenta batalla de las Ardenas, la pérdida de la mayoría de sus compañeros y el horror de los campos de exterminio en Dachau; a su retorno a la vida civil, el extrañamiento y el difícil encaje dentro de una sociedad que ignoraba las crueldades que él había conocido, un sentimiento implícitamente trasladado al dilema, tan común en la edad adolescente, de su personaje Holden Caulfield al incorporarse a un mundo adulto que resulta hostil y del que, sin embargo, inexorablemente hay que formar parte, procurando preservar a un tiempo la personalidad, sin volverse falso ni sacrificar ciertos valores; su sed posterior de religiosidad, que le llevó a abrazar la filosofía zen y el hinduismo vedanta como forma –quizá– de superar sus traumas bélicos; y los problemas que, tras el éxito obtenido por su célebre Guardián, comenzó a tener para manejar su fama emergente, lo que se tradujo en una voluntad de “no ser” renunciando –aparentemente- a su ego para encerrarse en una recóndita casa de campo en New Hampshire, desvaneciendo paulatinamente su deseo de seguir publicando hasta que, a la aparición de su último relato en 1965, sucedieron cuarenta largos años de silencio literario, en los que parece que continuó escribiendo, pero no volvió a publicar.

Así, la experiencia de la guerra y las prácticas budistas dejarían, por tanto, huella imperecedera en el hombre y acabarían teniendo un profundo efecto en su obra: “La II Guerra Mundial destruyó al hombre pero lo convirtió en un gran artista. La religión le proporcionó la paz que necesitaba como hombre pero mató su arte”, en palabras de Salerno y Shields. El relato del Día D, el 6 de junio de 1944, es el elegido por los citados autores para dar el pistoletazo de salida a su volumen, cuya estructura se vertebra en cuatro partes conforme a las fases que determina la religión védica: aprendizaje, deberes del dueño de una casa, retirarse del mundo y, finalmente, la renuncia al mismo. Otros aspectos controvertidos de la vida de Salinger que apenas eran mencionados sino de pasada por Slawenski, como –sobre todo– sus relaciones –turbulentas– con un buen número de mujeres, son desarrollados ahora por Salerno y Shields con abundancia de detalles: desde Oona O’Neill a Joyce Maynard a tres extraños matrimonios y un ramillete variopinto de jóvenes amantes.

Entre el material inédito aportado por la biografía, adquiere especial relevancia, además de las fotografías y cartas de su compañero de guerra Paul Fitzgerald, todo el relativo a su relación sentimental con Jean Miller entre 1949 y 1954, quien abrió su archivo de más de cien misivas con el escritor, “la ventana más grande”, según Salerno, para conocer a Salinger. Al parecer, la circunstancia física de poseer un solo testículo visto le sumió en una profunda inseguridad agravada tras la pérdida de su primer gran amor, Oona O’Neill, quien con solo 18 años se casó con Charlie Chaplin. Desde entonces, el autor de Franny and Zooey se obsesionó con flirtear y perseguir a jovencitas entre la infancia y la adolescencia, físicamente parecidas a la mujer del gran cómico y sexualmente sin “experiencia suficiente para juzgarle”, como forma de parar el tiempo y perpetuar una inocencia que nunca recuperaría. Y es en esta cuestión, la sentimental, donde más y mejor se revelan las debilidades y contradicciones que definen el perfil íntimo de Salinger, la dudosa sinceridad de su sentimiento religioso y su solamente relativo aislamiento cuyo misterio sí logró, en cambio, que incrementara la fascinación pública hacia su figura hasta convertirlo en mito, lo que pudiera interpretarse como una magnífica estrategia de publicidad.

Así, Salinger retiró su fotografía de la portada de El guardián entre el centeno porque no creía en la autopromoción, pero cuando vio a Joyce Maynard en una portada del New York Magazine se sintió inmediatamente atraído por ella; se deshizo de su primer matrimonio con una mujer alemana tras saber que trabajó para la Gestapo, pero aseguraba seguir comunicándose telepáticamente con ella; quería ser puro y fiel al dharma, y sin embargo se enamoraba de jóvenes actrices que veía por televisión, como Catherine Oxemberg… Y en definitiva, pese a sus esfuerzos por parecer humilde nunca pudo desprenderse de su ego desmesurado ni fue capaz de renunciar al mundo ni dejar de preocuparse, hasta el extremo, por su reputación como escritor y por todo aquello que se decía o publicaba sobre su figura.

Visto el arsenal de informaciones, fotos, documentos que en Salinger han logrado reunir sus autores, en un futuro pudiera ser que se desvelasen más datos personales o que aparecieran nuevos testimonios; sin embargo, nada sustancial ha de faltar ya por saber acerca de la vida y el mundo privado del escritor norteamericano. Queda, eso sí, lo más fundamental: su obra, despejar al fin la incógnita de si dejó más escritos y la calidad literaria de los mismos; si la influencia religiosa y su reclusión no acabaron, después de todo, con su capacidad creativa. En lo que supondría el logro mayor de las investigaciones realizadas por Salerno y Shields, aun sin aportar pruebas definitivas ni precisar sus fuentes de información -la familia de Salinger, tanto su hijo Matt como su viuda, Colleen O'Neill, herederos de su legado, se negaron a colaborar, tanto en el libro como en el documental-, se habla de cinco obras inéditas que serían publicadas a partir del año que viene: un libro titulado The family Glass, que reuniría sus relatos sobre la celebrada saga de niños prodigio; un manual de religión védica; una novela de amor ambientada en la guerra y en su matrimonio alemán; el diario de un agente de contrainteligencia, basado en los interrogatorios de prisioneros llevados a cabo por Salinger; y, por último, un volumen que reuniría todos los relatos protagonizados por Holden Cauldfield con el precioso título de uno de ellos, El último y mejor de los Peter Pans. Personalmente, desearíamos asimismo ver editados en libro, alguna vez, los escritos iniciales de J. D: Salinger, aquellas veintiún historias breves de ambiente juvenil y disipado publicadas en diversos magazines, entre 1940 y 1948, por un todavía desconocido principiante de Manhattan aspirante a la gloria literaria, tan diferente de aquel que, después de la guerra, lucharía airadamente por desasirse de ella. “Vivo en el mundo, pero no formo parte de él”, fue una de sus últimas confesiones a sus familiares. Qué vida, la de Salinger…

Por José Miguel G. Soriano


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