Putin, entre el neo-sovietismo y el neo-zarismo
lunes 14 de abril de 2014, 19:45h
Los acontecimientos que se están desarrollando en Ucrania, especialmente en la parte lindante con la Federación de Rusia donde existen amplias minorías rusófonas, demuestran que la ilegal anexión de Crimea es solo un paso más en la reconstrucción del imperio ruso que para Putin es la principal directriz de su política exterior. Antes incluso de que llegara al poder en el año 2000, ya Rusia había acuñado la expresión de “el extranjero próximo”, en la que incluía a los territorios que habían formado parte de la Unión Soviética, respecto de los que Moscú mostraba oficialmente un interés especial, en el sentido de que los consideraba sometidos a su “natural” influencia.
Ucrania ha sido siempre una especie de “joya de la corona” de toda esa zona y, como ya hemos recordado aquí en alguna ocasión, en los estertores de la Unión Soviética, cuando la radical contradicción entre Yeltsin y Gorbachov era un hecho patente, prácticamente en todas las cuestiones, estos dos dirigentes tan opuestos coincidían, sin embargo, en que las otras dos repúblicas eslavas, Ucrania (históricamente denominada “Pequeña Rusia”) y Bielorrusia (Rusia Blanca) no deberían separarse jamás de la Madre Rusia. Pero los ucranianos habían padecido duramente primero bajo la política zarista de rusificación forzosa y después bajo el brutal yugo soviético, que provocó artificialmente una hambruna que causó la muerte a millones, para después sufrir una represión no menos salvaje por las supuestas connivencias de muchos ucranianos con el invasor alemán durante la II Guerra Mundial. Todos estos hechos históricos generaron una profunda animadversión mutua, que está en la raíz de los acontecimientos que ahora se están produciendo.
Putin no ha ocultado nunca sus propósitos, como quedó bien a la vista en su frase, tantas veces repetida, según la cual, “la desintegración de la Unión Soviética ha sido la mayor catástrofe geopolítica del siglo XX”. Y ya con esta revolución ucraniana en marcha, no se cortó un pelo para decir que “Ucrania era un país artificial”. No se trata, por supuesto de reconstruir sin más el viejo imperio, sino de crear unas condiciones que conviertan a estos países vecinos, antiguas dependencias de Moscú, en algo así como unos nuevos satélites, como fueron los países de Europa central y oriental durante la Guerra Fría. Sobre todo y antes que nada se trata de impedir que estos países, que Rusia considera como “naturalmente” suyos, no caigan bajo el influjo occidental. No hay que olvidar que esta crisis empieza en noviembre del 2013 cuando Ucrania incumple su promesa de firmar con la Unión Europea un acuerdo de asociación. Es entonces cuando se levantan los “occidentalistas” ucranianos contra el régimen pro-ruso de Yanukovich y cuando éste huye y es también entonces cuando Putin decide la anexión de Crimea.
Pero el neo-imperialismo ruso ya había mostrado su rostro mucho antes. Transnistria –que oficialmente forma parte de la pequeña república independiente de Moldova (otra antigua república soviética) es una estrecha franja de tierra, por cierto fronteriza con Ucrania, que desde los enfrentamientos de 1990-1992, que produjeron centenares de muertos,está separada y ocupada por tropas rusas, que ya entonces utilizaron el pretexto de proteger a los ruso-hablantes, que allí son mayoría. Un precedente de lo que puede llegar a ocurrir en la provincias del este de Ucrania donde los rusófonos ya han proclamado “la república de Donetsk” y piden la ayuda rusa e incluso la anexión. Exactamente lo mismo que ha sucedido con Georgia que, tras la breve guerra de 2008, ha perdido los territorios de Abjazia y Osetia del Sur, de hecho integrados en Rusia. Ninguna de estas actuaciones neo-imperialistas ha sido reconocida por la comunidad internacional, pero a Putin no parece importarle, al menos de momento.
Esta política de Putin es ampliamente apoyada en Rusia, según datos bastante fiables, por un 70 por ciento de la población, aunque un porcentaje similar se opone al uso de la violencia. Una violencia que nunca se puede descartar pues ya las últimas noticias nos dan cuenta de tiros, parece que por ahora por aire, entre los pro-rusos y las fuerzas oficiales ucranianas. Muchos rusos añoran la época soviética en que la URSS era una gran potencia y se sintieron humillados por su desintegración. Y hay rusos o ruso-hablantes en muchos de los antiguos territorios soviéticos, ahora independientes, no solo en Ucrania. Se explica así que, por ejemplo, en Letonia, que he visitado recientemente, y donde los rusófonos llegan nada menos que al 40 por ciento, exista una seria preocupación, que les ha llevado a negar la ciudadanía letona, incluido el derecho a votar, a quienes no pasen por unos procedimientos de casi “limpieza de sangre”, que tampoco son, desde luego, la respuesta adecuada. Letonia, en todo caso, forma parte de la OTAN y de la Unión Europea (acaba de asumir el euro como moneda nacional) y nunca va a ser objeto de un ataque directo, pero sí ha sufrido ciberataques, que pueden llegar a ser tan peligrosos como una acción militar.
Aparte del despliegue masivo de tropas en las fronteras con Ucrania, que los servicios de información de la OTAN niegan que se estén retirando, como se afirma desde Moscú, Putin está desarrollando una intensa campaña de propaganda, utilizando los medios públicos y disciplinando a los privados. Como señalaba recientemente una crónica del Financial Times, “Rusia ha recurrido a la propaganda para conformar un relato informativo y para influir en los acontecimientos hasta un grado que los críticos dicen que no se había visto desde la época soviética”. Y afirmaba también que, según diversos sondeos, “una mayoría de rusos estima que el Estado tiene el derecho a censurar las noticias y a crear una narrativa nacional ideológica”.
Las banderas y los símbolos soviéticos han vuelto a aparecer y proliferan también en las zonas del este de Ucrania y aunque muchos dicen que se sienten rusos y que quieren integrarse en Rusia, los informadores sobre el terreno afirman que no todos los rusófonos participan en estos movimientos anti-Ucrania y pro- Rusia. Y es que Ucrania es ahora un país dividido, no solo por el Dniéper, que separa el este-sur del oeste, pues, sobre todo en ese primer sector hay profundas divisiones internas, ideológicas o de identidad.
Por otra parte, Putin ha recurrido también, en esta guerra ideológica, a las ideas de los movimientos pan-eslavistas de los siglos XIX y XX y se señala que, en sus discursos, cita a autores de esta tendencia como Nikolai Berdiev, Vladimir Soloviev o Iván Illyin. Estos autores defienden los valores tradicionales y describen a Occidente como una sociedad corrupta y decadente, que ya no sabe distinguir entre el bien y el mal. Se trata de una ideología mesiánica que hunde sus raíces en la vieja idea de Moscú como Tercera Roma, tras la decadencia de la primera (Roma) y la conquista de la segunda (Constantinopla) por los infieles. Todo ello envuelto en el manto del más estricto autoritarismo, por otra parte muy arraigado en la historia de Rusia, tanto en la etapa zarista como en la soviética.
Un destacado historiador de Rusia, el profesor de Oxford Robert Service, escribía recientemente que Putin se parece mucho al zar que es considerado como el perfecto autócrata, Nicolás I, que reinó entre 1825 y 1855, puso fin a los intentos liberalizadores de su hermano Alejandro I, más aparentes que reales, y llevó la autocracia al límite, sumiendo a Rusia en la humillante guerra de Crimea que la enfrentó, no solo contra Turquía, su enemigo tradicional, sino también contra Gran Bretaña y Francia. Conecta así Putin con algunas de las corrientes más profundas de la historia y la tradición rusas y ni los Estados Unidos ni la UE parecen tener una política adecuada que, desde luego, no puede ser la del simplismo del reset, una especie de olvidemos el pasado y hagamos borrón y cuenta nueva, que se aplicó durante el primer mandato de Obama y que Hillary Clinton trató de implementar.
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Catedrático de la UCM
ALEJANDRO MUÑOZ-ALONSO es senador del Partido Popular
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