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¿Elecciones europeas?

Antonio Domínguez Rey
lunes 14 de abril de 2014, 20:03h
En teoría así se titulan. Viendo el panorama español actual sorprende, sin embargo, que haya elecciones europeas en nuestro país. Si pensamos en que un cacho o pico suyo quiere irse no se sabe bien a dónde e independizarse; que otro encarga con dinero oficial un estudio para evaluar cuántos euros supone esto de la independencia; que un tercero intenta paliar la despoblación juvenil y huida a Europa en procura de trabajo promoviendo en las costas gallegas plataformas flotantes a modo de hoteles para recreo de ricos venidos de fuera; que un cuarto…, ¿seguimos?

Observemos tiendas vacías emplazadas en lugares estratégicos, bien abastecidas, con frutos brillantes, enseres de todo tipo, el pan a bajo precio, escaso personal y contadísimos clientes. Un buen día nos percatamos de que la tienda aledaña del pan, chucherías de colegio, ropa de quita y pon, o hasta de boutique, ha desaparecido. Comprobemos que donde antes se almacenaban coches requisados por la grúa del concejo –antigua cochera del célebre Movimiento Nacional-, actúan tractores, perforadoras y grúas industriales que, en pocos días, dejan la superficie plana y los muros dispuestos para una gran renovación, el renuevo de un hipermercado internacional. Dentro de poco tiempo, plantillas de operarios y equipos de abastecimiento, distribución, atención al público, en su mayoría suramericanos, ocuparán los mostradores, servicio de anaqueles, limpieza, cajas de pago.

Comprobemos, si se prefiere, cómo del atrio y puerta de las iglesias han desaparecido los españoles pobres, desahuciados o en paro con escudillas improvisadas, un vaso de café de máquina. Sus puestos los ocupan nuevos pobres venidos del sur de España o del este de Europa. Se sitúan apostados en esquinas y cruces de afluencia a tiendas, quioscos, mercados, estaciones de metro. Los distribuyen jefes con organización y vigilancia mafiosa. Algunos se organizan y actúan como grupos de recogida en carros de la compra de cuanto aluminio, hierro, marcos, vidrio, papel, desecho de consumo encuentran. Los organizadores cambian de ropa cada semana. Toman una cerveza en la puerta o terraza de bares de la zona. Prosperan. Alguno ya viste americana. Conocen el oficio, los vericuetos, rendijas y debilidades del capitalismo consumista y adocenado.

Comparemos, por no alargarnos, la afluencia indiscriminada de emigrantes, el salto de muros y vallas fronterizas con la nueva hégira de jóvenes españoles hacia Europa, Canadá y América fundamentalmente. El Estado canadiense ofrece a los catalanes cincuenta mil puestos de trabajo. Los programan de común acuerdo con la Generalitat. Como antes en Europa, décadas de los cincuenta, sesenta, algo menos en años sucesivos, solo que ahora ya mínima o máximamente cualificados, pues muchos van a puestos ejecutivos que les sirven de experiencia y promoción futura de regreso a su comunidad de origen. El vacío que generan aquí lo ocupan hispanos, magrebíes, polacos, rumanos, albaneses, algún español urgido por la necesidad y la vergüenza de verse socialmente disminuido en su predio familiar

El futuro que estamos creando se ve venir ya de cerca. Una casta política conchabada con el tejido financiero y sectores cada vez más codificados de industria, tecnociencia, comercio, consumo, imagen canalizada. Logias en partidos, sindicatos y grupos financieros. Guetos comunados de emigrantes. Delincuencia programada. Burguesía descendente con capas sociales disminuidas. Privatización de funciones estatales, médicas, educativas, formativas, poco a poco jurídicas, gestoras, de seguridad social y urbana. Y esto con equipos internacionales de dirección, estudio, planificación y ejecución precisa. Quedará un reducto nacional inevitable y condicionado por esa estructura técnica.

Europa y América se nos vienen encima, y no solo de turismo. Esta industria, la de ocio, recreo y viajes gastroculturales, también quedará paulatina y eficazmente en manos de consorcios internacionales económicamente cohesionados. Todo ello se traducirá en una masa de consumo asimismo programada con sectores intermedios y escalonados de ligera bonanza, abastecimiento -catering-, alquileres, servicios varios, negocios menudos y residencias de mayores. En medio, un funcionariado cada vez más dependiente de aquellas logias y equipos, así como proclive a estudiadas corruptelas de mejora.

Europa precisa cabezas adaptadas a este panorama. Cuanto más vacías, mejor. Ofrecerán menos resistencia y más molde plástico. El paradigma de candidatos elegibles se adapta perfectamente. Cada cual más inútil, con ligerísimas excepciones. Y vista la situación de tal modo, podríamos ahorrarnos las elecciones europeas. Basta con designar una comisión mixta en el ministerio de asuntos internacionales para recibir indicaciones, la minuta gubernamental, y distribuir la información según convenga a las sedes o logias de partidos políticos y sindicatos. Hemos obrado así desde el comienzo de la democracia, presidente tras presidente. Podremos ahorrarnos el coste multimillonario de las elecciones y aplicar su importe a las necesidades más urgentes, como reducir, por ejemplo, la enorme deuda externa, que devora cuanto producimos.

Es cierto que a un país importante en el organigrama europeo como el español le corresponde contribuir a la Unión Europea dando ejemplo. Debe dejar constancia de que el pueblo se amotina en torno a las urnas con interés redoblado ante las circunstancias descritas. Y aquí los nombres de Francia, Alemania, Inglaterra, Bélgica, Holanda, suenan a turismo, alquileres, playa, paella, terrazas, desplazamientos masivos motorizados, bullicio, juerga nocturna. El sol es nuestra principal fuente de ingresos. Está ahí arriba y trabaja sin cobrar por todos los españoles juntos y casi todos los meses del año. Las urnas europeas solo les interesan a los políticos y afiliados como termómetro del estado social y orientación de su oportunismo hoy o mañana, sin apenas futuro.

Europa comprendería una decisión de ahorro tan apremiante como fue la presión de Bruselas, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional, sin contar otros adláteres, para intervenir las finanzas de España y prácticamente su Estado. Quienes sufrimos la consecuente reducción de sueldos, consumo, incremento del paro y corrupción política, aplaudiremos una decisión semejante. Europa no logró circuir del todo al Estado español, pero sí obtuvo su dependencia casi soberana y absoluta del consorcio económico y ejecutivo internacional.

Seamos objetivos. España no tiene potencia, capacidad ni personas apropiadas para competir en igualdad de condiciones con el resto de países más importantes de Europa. Envía gente en paro, vende lo producido con los préstamos millonarios que recibe y con intereses que superan el remanente obtenido. Está confiscada, incluso mentalmente. La tasa de paro se consolida. ¿Qué consigue el Gobierno actual después de la trampa que le trazó el precedente? ¿Reducir quizás el tanto por ciento en un millón de parados? ¿Y para esto tanto viaje europeo, congreso, parlamento, sindicato? No hay cabezas con brío capaces de erguirse y mirar más allá, y acá, de este límite y nueva frontera de Estado. Quien lo intenta, queda hasta en ridículo. Y quieren convencernos, encima, con técnicas de imagen y reparto -casting- de guión y filme espagueti.

Antonio Domínguez Rey

Filósofo, Catedrático de Lingüística y escritor.

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