El misterio de la Cruz
martes 15 de abril de 2014, 19:08h
Es curioso lo que ocurre en torno a Semana Santa. Parece que el tiempo se detiene, cesa la actividad febril, mientras la contemplación o simplemente el descanso reemplazan las preocupaciones diarias, el exceso de cosas en las que ocuparse, ese ir y venir que parece no detenerse jamás. Pero en estos días todo cambia: se suspenden las actividades escolares, muchos aprovechan de tomarse unos merecidos días de vacaciones, mientras otros viven la muerte y resurrección de Jesús como acontecimientos dignos de recordarse en su dimensión religiosa. Aumentan los retiros espirituales, la asistencia a las iglesias, la renovación de la fe.
Lo curioso, podríamos decirlo así, es que este ambiente traspasa los límites cristianos para informar al conjunto de la sociedad. Es probable que influyan los elementos externos –feriados, descansos o eventos religiosos públicos– pero también debe influir, como no podría ser de otra manera, los momentos cruciales que se conmemoran estos días: la muerte de Jesús en la Cruz, la resurrección y todos los sucesos asociados a esos acontecimientos.
En algunas páginas del Evangelio el propio Jesús había anunciado que “no hay amor más grande que dar la vida por sus amigos”, mientras en otra parte señaló que ha venido “para servir y dar su vida en rescate por muchos”. El momento y la forma de encontrar esa muerte la conocemos: hace casi dos mil años, una tarde dolorosa, tremenda, muriendo en la Cruz. Los acontecimientos están narrados en diferentes lugares: en los mismos Evangelios, en numerosos libros de espiritualidad y estudios alusivos, entre los que se puede mencionar el reciente Jesús de Nazaret. Desde la Entrada en Jerusalén hasta la Resurrección (Madrid, Ediciones Encuentro, 2012), de Joseph Ratzinger, el Papa Benedicto XVI. Siempre aparece una mezcla de admiración y misterio, los intentos de comprensión con la dificultad para llegar a las profundidades de la muerte en la Cruz, la aceptación pasiva por lo ya sucedido mezclada en la rebeldía ante la injusticia, numerosas imágenes alimentadas por cuadros o películas que coexisten con lecturas que hemos hecho o escuchado a lo largo de la vida. Y así cada año volvemos a la Cruz.
Quizá parte del misterio sea que ahí encontramos la radicalidad del amor expresado de manera visible y que en medio del dolor despierta el corazón agradecido de quienes se conmueven a la vista del Crucificado. Por eso quizá la mística cristiana regresa cada cierto tiempo a esa poderosa imagen para prometer un nuevo sentido para propia existencia, como expresa este soneto de autor desconocido:
No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.
Tú me mueves, Señor, muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido,
muéveme ver tu cuerpo tan herido,
muévenme tus afrentas y tu muerte.
Eso en parte es lo que muestra la genialidad de Velázquez en el “Cristo Crucificado”, uno de sus cuadros más famosos y visitados en el Museo El Prado de Madrid, así como lo intentan presentar diferentes artistas del mundo que procuran capturar no sólo la expresión externa de una forma de muerte, sino el significado de fondo que llevó a decir a San Pablo que su tarea era predicar “a Jesucristo, y éste crucificado”.
Sin embargo, el tema de conjunto parece ser más que una mera fecha para recordar en el calendario anual o ciertas imágenes que aparecen a la vista. Algo ha llevado a que la vida de Cristo –incluso para quienes no son creyentes– sea admirable en distintos momentos, diversas enseñanzas y desde muchos puntos de vista. Así se aprecia al niño que crece en gracia y sabiduría delante de Dios y de los hombres, al predicador incansable del amor, la justicia y la verdad, al que comparte con pecadores y gente despreciada en su tiempo, al que anuncia las bienaventuranzas o hace milagros para la muchedumbre. Pero siempre, de una u otra forma, volvemos a la Cruz. De esta manera, no nos quedamos pegados en el Cristo que entra triunfal en Jerusalén con la aprobación y admiración de la gente, sino que volvemos al Crucificado solitario del Calvario. Por donde sea que pasemos, volvemos al milagro de la Cruz.
Cada uno puede tener sus propias convicciones religiosas, o no tenerlas, pero el calendario cristiano y civil que rige en muchas sociedades nos permite cada año volver, una y otra vez, a los misterios de Semana Santa, a recordar los sucesos históricos hoy lejanos, pero siempre presentes. A fijar nuestra vista, una vez más, en un hombre nacido en circunstancias sencillas, en un hogar humilde, que escogió a sus discípulos entre gente modesta, les enseñó a rezar a su Padre, predicó con su doctrina y con su ejemplo y se pudo decir de Él que “todo lo ha hecho bien”, aunque todavía no hubiera completado su existencia con el peso de la Cruz y su propia muerte.
Quizá por eso mismo la Liturgia de las horas proponía regresar de frente ante la Cruz para encontrar a Cristo y ver en Él el sentido a la propia vida y también a la muerte.
Delante de la cruz, los ojos míos
quédenseme, Señor, así mirando
y sin ellos quererlo estén llorando
porque pecaron mucho y están fríos.
Y estos labios que dicen mis desvíos,
quédenseme, Señor, así cantando,
y sin ellos querer estén rezando
porque pecaron mucho y son impíos.
Y así con la mirada en vos prendida
y así con la palabra prisionera,
como a la carne a vuestra cruz asida
quédeseme, Señor, el alma entera
así clavada en vuestra cruz mi vida,
Señor, así cuando queráis me muera.